Los otros son, por definición, lo completamente externo. Como tales, no podemos interactuar con ellos salvo a través de una esquematización que se los apropie como objetos ubicados o agentes de acciones potenciales, que son lo que los liga a nosotros. Sin esta mediación, el otro permanece en su exterioridad silente, que podemos percibir pero nunca apropiarnos. Objetos, lugares y personas permanecen como circunstancias de una contemplación no esquemática, no diferida, que excluye cualquier intervención activa. Ese es su sitio ideal, aunque "la realidad" difícilmente aceptará ese rol secundario, a menos que vivamos en pobreza y soledad.

Sin embargo, uno mismo, a uno mismo, se le aparece como el principio activo, aquel a través del cual se da el espejismo de la intervención en el mundo. Esa continua ebullición lo coloca en el punto de mira: mientras que no existe una introspección posible del otro, pues nunca trasciende este su condición fenoménica, el yo induce la sospecha de un noúmenos, una cosa-en-sí tras la actividad creadora de fenómenos internos. Mientras que el mundo puede ser en su totalidad una imperfecta ilusión, una imagen coloreada, un telón de fondo, el yo es un personaje móvil, que continuamente recibe -quizás  genera- ese mundo y sus paralelos (los del sueño, la imaginación, la locura…).

Muchos poetas, pensadores y religiosos intuyeron que la vía de exploración que conducía a lo trascendente era, paradójicamente, introspectiva.

Los ejercicios tradicionales de “introspección”, formalizados y tecnificados, pecan de ladear y esquivar el fondo. El rezo, la contemplación, la meditación siempre requieren volcarse hacia un objeto externo, aunque sean las sensaciones corporales. Las tradiciones, cual ciegos guiando a ciegos, los adornan con experiencias, los desvían hacia la exterioridad. Puede que los temperamentos más aptos sean capaces, al final del ejercicio o en su punto álgido, de zambullirse en el misterio concéntrico, pero la mayoría terminan desparramados tras otra clase de centrifugación: quisieron llegar a algún sitio y acabaron tan a mitad de camino como antes.

El ejercicio contemplativo puede ser muy sutil, pero pareciera que no sabe despegar, no acierta a escapar por sí solo de lo fenoménico; al menos no hay forma de representarse, por ejemplo, cómo desde la concentración en la respiración uno trasciende a la contemplación del noúmenos, como defienden los yoguis, o a cualquier otra facultad extrasensorial (puede que el salto sea simplemente irracionalizable, o autosugestión). Y cuando se trata de reflexionar y diseccionar lo vivido, que es en esencia narrativo, el libro de instrucciones se queda en blanco.

Las cosas mundanas, los “pequeños” placeres y dolores, corren el riesgo de saltar de rama en rama sin nunca tocar el suelo. Pero en la distancia que se abre desde ellas se divisa el suelo. Su virtud radica en poner la introspección en perspectiva, en iluminar con luz biográfica la telaraña en la que se está prendido, y en ese sentido tienen todo el valor del mundo; cosa que los grandes poetas alcanzaron a comprender, a diferencia de los bárbaros místicos.

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