Rajoy, en su último acto como presidente del Gobierno en Jerez, el pasado mayo. FOTO: JUAN CARLOS TORO.
Rajoy, en su último acto como presidente del Gobierno en Jerez, el pasado mayo. FOTO: JUAN CARLOS TORO.

La semana pasada dediqué mis quinientas palabras de cada viernes a los infames. A los infames y a ese silencio que se contrapone a la decencia, el silencio que rema a favor de lo terrible, que lo legitima y lo hace más fuerte. Han querido el destino, los astros o el infortunio, que hoy volvamos a hablar de la infamia. La vileza vuelve por méritos propios a ocupar el papel protagónico. Nos mira desde su tribuna. Cuando escribo estas líneas, no sé muy bien qué será de nosotros mañana. Ese mañana mío tan periodístico que es ya el hoy de mi lector. No sé si algo cambiará, si será para tanto, si sonarán las trompetas del Apocalipsis o si volverá a salir el sol. No sé ni tan siquiera si nos darán algo nuevo en qué pensar. Y eso sí que nos hace falta.

Lo que sabemos hasta el momento es que, como grita sabia la calle, no hay pan para tanto chorizo. Nos mandan quienes están demasiado corrompidos para ser otra cosa que depredadores. Una vez más, los infames. Pocas situaciones se me antojan más depravadas que el expolio público. No obstante, siempre hubo formas oscuras que hicieron más negras las peores tramas. Cuando un dirigente debiera estar preocupado por defender su mando, por argumentar por qué debe continuar al frente de un país, cuando debiera justificar su presencia y su bastón, se marcha a un restaurante. Esto podría sorprender más si no fuera porque nos hallamos frente al mismo hombrecillo gris sin carisma que no fue capaz siquiera de enfrentarse a un debate televisado en campaña electoral. En aquella ocasión, mandó a su chica para todo. Hoy, tenía a más de un perro de presa rugiendo desde el escaño. Qué se puede esperar de quien envía mensajes de apoyo a delincuentes, de quien convierte la televisión pública en su cortijo particular, de quien vive de las rentas del miedo y de la rancia España. Qué esperar cuando no sabes ni qué estás esperando.

Hoy me dirijo a usted, a usted como lobo entre los lobos, a usted y a su falta de pudor. Me dirijo a usted no porque lo considere un interlocutor deseado —ni brillante, ni tan siquiera válido—, sino más bien porque los dados sobre el tapete nos han puesto a cada uno en un lugar que hoy convergen: a usted al frente de un estado y a mí al mando de mis palabras, de estas quinientas que hoy me sirven para gritar de rabia, para disparárselas fuerte. Me dirijo a usted para anunciarle que puede considerarse artífice de un nuevo tono de sonrojo, ese que aflora en las mejillas de quienes no pueden creer hasta dónde han sido capaces de devorar. Puede colocar ya en su currículum —ese que no sabemos muy bien de qué se compone— el mérito de provocar bocas abiertas de par en par, esas que desencadena la perplejidad más absoluta ante la maldad institucionalizada. A usted, que se aprovecha de la disciplina férrea de quienes votan por decreto a las aves ladronas. A usted, que confía demasiado en la estupidez española y en la falta de respuesta. A usted, que avergüenza a tantos y nos duele a muchos. A usted, para que se marche donde no podamos atisbar sus aullidos. Para que desaparezcan. Quisiera decirle tantas cosas… aunque creo que, como Escarlata, ya las pensaré mañana.

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