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La emisión del pasado 22 de noviembre del programa Salvados, que co-dirige y presenta el periodista Jordi Évole, fue dedicada a analizar el estado actual de la clase obrera o trabajadora bajo el paradójico título de Viva la clase media.

Muy interesante fue la entrevista a Owen Jones, escritor y periodista de izquierdas, autor del libro Chavs: la demonización de la clase obrera. Jones plantea que, con la llegada de Margaret Thatcher al poder, se inició un proceso de desacreditación de la clase obrera en el Reino Unido, luego extendido a Estados Unidos con Reagan y después al resto del mundo. Según Jones, el papel de los medios de comunicación ha sido fundamental para asentar una visión de la clase obrera degenerada, dependiente de los subsidios estatales, cuyos máximos exponentes serían los chavs, lo que en nuestro país llamamos chonis y canis.

Este proceso de desacreditación se enmarca dentro de la llamada revolución conservadora, que propugna el “adelgazamiento” del sector público y el desandamiaje del Estado del bienestar, así como la mayor libertad de mercado posible. Según Jones, el thatcherismo sostenía que no existían las clases sociales, que todos pertenecían a una misma clase, la gran clase media, pero que, sin embargo, lo que perduraba era un sentimiento de clase. Sentimiento que se propuso erradicar. Años de políticas neoliberales aplicadas ampliamente por los gobiernos de distinto signo del mundo occidental, luego implementadas en oriente por los “tigres asiáticos”, y por fin, tras la caída del muro de Berlín, por las jóvenes democracias nacidas del derrumbe del bloque comunista, dieron como resultado un debilitamiento de la clase obrera. Poco a poco, los distintos subsectores industriales vieron cómo sus fábricas eran trasladadas a países con costes laborales más bajos, en lo que se ha denominado deslocalización. Normalmente, los países receptores de estas industrias, no sólo tienen costes laborales más bajos, sino también un movimiento sindical más débil que en occidente, y por tanto, menos poderoso a la hora de reclamar incrementos salariales y otras mejoras sociales. De esta manera, nuestras economías pasaron de ser industriales a ser economías basadas en el sector servicios. En el sector servicios la mano de obra no tiene porque ser tan especializada ni formada. Por tanto, los contratos son más precarios y los sueldos menores que en el sector industrial.

En España hay que añadir dos aspectos más que inciden en la debilidad del tejido industrial y la menor importancia relativa de la clase obrera. El primero se refiere al atraso de casi siglos en la industrialización del país y las dificultades con las que se encontró  en los años 70 del pasado siglo al estallar la crisis del petróleo. El otro aspecto es el proceso de movilidad social provocado por el reclutamiento de trabajadores públicos, principalmente para los sistemas sanitario y educativo, que, a partir de mediados de los años 80, experimentaron un crecimiento sostenido debido a su universalización. Ello provocó una transformación en clase media de sectores procedentes de la clase trabajadora.

¿Qué queda por tanto de la clase obrera? La clase obrera nace como tal con la revolución industrial. Karl Marx postulaba que dicha clase sería la que llevase al mundo capitalista a una sociedad sin clases, es decir, al comunismo. Esto sería como consecuencia de la lucha de clases, que enfrentaría a la clase obrera con la burguesía, de la que inevitablemente la primera saldría victoriosa. Pasado el tiempo se vió que esa victoria no llegaba, y que cuando llegaba, como en el caso de Rusia, el resultado para la clase obrera no era mejor que la vida en una sociedad capitalista. Así, entre el temor de las clases burguesas a la revolución y la desconfianza de la clase obrera, se asienta el Estado del bienestar, que garantiza unos ingresos mínimos ante diversas contingencias para los trabajadores, así como unos servicios públicos básicos y una protección frente a las arbitrariedades del empresariado. Todo esto es lo que está en tela de juicio. Mermada su importancia numérica por la deslocalización y los procesos de movilidad social, criticado y cuestionado el movimiento sindical, y transformada en clase obrera de servicios con la que no se quiere identificar una población que se considera así misma clase media aunque no lo sea, da la sensación de que nos hemos quedado sin clase obrera. En el programa aludido al comienzo, la profesora de la UPF Mercé Oliva, indicaba que el tránsito desde el obrero industrial a la cajera de supermercado de barrio ha supuesto un rechazo a la autoidentificación con la clase obrera.

Sin embargo, las situaciones de explotación que el propio Marx denunció no han desaparecido. Tan solo han cambiado las formas. Y en los últimos años han empeorado incluso. El empleo es precario y mal pagado, los servicios públicos han sufrido recortes importantes, y el marco jurídico de las relaciones laborales ha sido modificado a favor de los contratadores profundamente en los últimos años.

Puede que Marx esté muerto y enterrado desde hace más de un siglo, pero la lucha contra la desigualdad y la injusticia social no ha terminado en absoluto. Aún no.



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