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(A mis compañeras mujeres, doblemente víctimas del ERE)

Siempre he pensado que la vida es más dura para las mujeres que para los hombres y más de una vez he manifestado mi admiración por ellas públicamente. Mi admiración  por su fortaleza, su control emocional, su resistencia al sufrimiento y, sobre todo, su capacidad para  luchar contra las adversidades y las situaciones difíciles en una sociedad profundamente machista. Por eso las mujeres que luchan para ser independientes merecen tanto respeto.

Comparto con muchas compañeras la triste circunstancia de haber sido fulminado por la reforma laboral que el Ayuntamiento de  Jerez (laboratorio de pruebas del PP, al mando de Montoro) ha aplicado con todo el rigor  a través de un ERE injusto revestido de legalidad por la reciente sentencia del Tribunal Supremo, tras fallar el TSJA su “absoluta arbitrariedad”. Muchas de esas compañeras se derrumbaron el miércoles tras el comunicado de un  fallo inesperado entre los escenarios posibles. Las vi llorar de dolor y de impotencia, de rabia y de miedo ante un futuro incierto. Casi todas son mujeres con familias, con hijos pequeños o adolescentes. Algunas están separadas y tienen problemas para cobrar la asignación de sus exmaridos, otras son madres sin pareja. Son administrativas, técnicas de alta y media cualificación, jardineras, ordenanzas, auxiliares de biblioteca… Muchas, como es mi caso, ya estaban en el Ayuntamiento cuando la alcaldesa vestía el uniforme del  colegio de  la Compañía de María y el primer teniente de alcaldesa llevaba pañales.

Como todos los compañeros, ellas también sufren el desprecio de muchos ciudadanos contaminados por el discurso demagógico e injusto del Gobierno del PP, según el cual el problema de la ciudad somos los trabajadores del Ayuntamiento, verdaderos “vagos y enchufados”. Es falso. En una ciudad con 35.000 parados, sin tejido productivo ni entramado social y económico sólido; en una ciudad sin horizonte ni esperanza, es fácil manipular las necesidades de la población y contraponerlas a los supuestos privilegios de los funcionarios, de los trabajadores municipales, “de la gente del Ayuntamiento…” La crisis es un buen caldo de cultivo para manipular sentimientos y más si estos se pudren en las necesidades extremas que tienen miles de jerezanos y jerezanas. No sean incautos ni den crédito a esas afirmaciones de la alcaldesa cuando dice que nos echa a nosotros porque piensa en ustedes, ciudadanos.

¿Acaso nosotros no lo somos? Nos han despojado de nuestro empleo de forma arbitraria, sin explicación alguna, y los problemas siguen: más pobreza, más paro, más suciedad, menos servicios públicos y menos patrimonio municipal tras la privatización del agua… Un pueblo que se alegra del despido de 260 trabajadores, y observa impasible cómo una ciudad se derrumba, es un pueblo enfermo. Tantos años después, las palabras de Manuel Moreno Barranco -poeta jerezano torturado y muerto por la policía franquista-  escritas en su novela La Arcadia feliz,  siguen vigentes: “Nada cambia en este pueblo santurrón… todo está en ruinas, aunque no se vean los escombros, la bancarrota le supura en las propias entrañas…”

Perder el  puesto de trabajo de esta forma tan injusta ha supuesto -está suponiendo- un inmenso dolor; una dosis de sufrimiento que solo quien ha pasado por un trance semejante es capaz de comprender. Muchos compañeros y compañeras  compartimos una misma pesadilla desde el 12 de septiembre de 2012: soñamos que nos hemos quedado dormidos, que no ha sonado el reloj, y que llegamos tarde al trabajo. ¿Al trabajo…? No, ya no tenemos trabajo. Una persona ha decidido que ya no tenemos trabajo sin explicarnos el por qué. Una persona ha decidido truncarnos la vida, la nuestra y la de nuestra familia. Pero entonces reaccionamos, seguimos adelante y luchamos para que esta adversidad no mine nuestra autoestima. Eso es lo que hacíamos el otro día en el pleno: luchar. Sí, señora alcaldesa, sabemos que hay un procedimiento para dirigirse al pleno, pero nosotros no tenemos tiempo y en situaciones extraordinarias, como la nuestra, y siempre, los políticos tienen que ser sensibles, flexibilizando las normas y atendiendo a las demandas de los ciudadanos, condición que el ERE no nos ha quitado todavía, que sepamos.

Mis  compañeras tienen hijos en edad escolar y no saben ahora si podrán llegar a la universidad. Tienen maridos que también pasan dificultades, porque tienen empleos precarios o están en el paro. Tienen madres o padres dependientes, que necesitan atención, y para eso están las hijas, ¿no?,  “especialmente las hijas”. Esas hijas, que el miércoles lloraban lágrimas amargas, insoportablemente amargas, cruelmente amargas, por una decisión “ajustada a derecho” que certifica una inmensa, dantesca y brutal injusticia; una injusticia que significa perder seguridad, independencia, capacidad para proteger a los tuyos, incertidumbre, temor  y tristeza…

Hoy quiero dedicar este dedo en la llaga de manera especial a  esas mujeres valientes, luchadoras, independientes, libres… A esas compañeras que me han ayudado a sobrellevar  estos dos años terribles. A esas valerosas personas que aún resisten y que me ayudan a resistir, porque son más fuertes que yo. De esas mujeres necesarias quería hablar también un minuto en el pleno; un insignificante, exiguo, insuficiente minuto, en el salón de plenos del Ayuntamiento de Jerez, donde reside la voluntad de la ciudadanía. Quería decirle a la alcaldesa que cuando decidió ajusticiarnos laboralmente no firmaba simplemente un listado de números y datos. Decidía sobre la vida de Juan Carlos, Loli, Alfonso, Antonio, Sonia, Joaquín, Ana, María José, Yolanda, Paqui, Santiago, Mariam, Juan Manuel, Nacha, Lola, Clara, Felipe, Jorge, Virginia, Pepa, Eloy, Juan Pedro, José Antonio, Tere, Cristina, Rocío, Susana, Rosa, Conchi, Ángel,  Daniel, Manuel

Y así hasta 260 trabajadores y trabajadoras, de los cuales dos fallecieron esperando justicia y muchos están enfermando por la desesperación y la rabia. Pero la alcaldesa no me dejó hablar ni siquiera ese minuto. No me dejó, porque quienes no creen en la democracia, quienes gobiernan de espaldas a la ciudadanía, quienes festejan que un tribunal  les dé la razón legal por hacer infelices a 260 familias, quienes  obran sin compasión…, siempre tienen miedo a  las palabras, que construyen el pensamiento de los individuos y los hacen libres. Siempre tienen miedo a eso, a la libertad.

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