Llegó Pablo Iglesias y mandó parar

Raúl Solís

Raúl Solís

Periodista, europeísta, andalucista, de Mérida, con clase y el hijo de La Lola. Independiente, que no imparcial.

El líder de Podemos en su vuelta tras las baja por paternidad.
El líder de Podemos en su vuelta tras las baja por paternidad.

Nadie daba un duro por el acto del sábado en la Plaza del Reina Sofía de Madrid. Desde la marcha de Iñigo Errejón, en Podemos se lamen las heridas, a la espera de que los Anticapitalistas se vayan del proyecto en la asamblea que tendrán los próximos meses. En un partido como Podemos, nacido de la fuerza imprevisible de la emoción, las emociones de sus líderes y militancia juegan un papel fundamental en la salud del proyecto.

Mientras Iglesias cuidaba a sus mellizos, Iñigo Errejón, el ideólogo que vació los círculos, que centralizó el poder y diseñó un partido donde siempre pierde una parte que se acaba yendo y estrechando el proyecto, preparaba la útlima de sus traiciones contra Pablo Iglesias, esta vez de la mano de Manuela Carmena, la alcaldesa que hace magdalenas con mano de hierro en guante de seda.

El mitin del sábado era una prueba de fuego que había sido pensado para revitalizar los ánimos de una afición con el ánimo por los suelos, después de la escisión madrileña y con las encuestas en mínimos. Nadie daba un duro por Podemos, hasta que acabó el mitin del sábado.

En una organización como Podemos, sin estructura y territorialmente muy poco vertebrada, llamar a corneta a la militancia se convierte en una operación de difícil previsiblidad, pero decenas de autobuses salieron por la mañana desde las provincias y regresaron con la sonrisa recuperada de madrugada.

Sea como fuere, el caso es que funcionó y el sábado el acto estaba lleno de lo que queda de militancia, casi devota de la figura de Pablo Iglesias, y dispuesta a darlo todo para salvar un proyecto herido por las traiciones y ambiciones de una generación de jóvenes airados que llevan desde el nacimiento de una formación impulsiva, llena de egos y luchas intestinas por sillones y futuros laborales.

De todos modos, el éxito del acto no fue la gran cantidad de personas que abarrotaron el mitin, sino el discurso hilado y preparado de un Iglesias que recordaba al joven político audaz, atrevido, sin miedo y dispuesto a dar la batalla de las ideas que silenció al status quo en 2014.

No salió a responder a Vox y a jugar a las guerras culturales que azuza el PSOE para que la disputa por lo simbólico sitúe a Pedro Sánchez en un espacio de izquierdas que no casa con sus decisiones económicas. Pablo Iglesias salió, habló, calló a Vox, derechizó al PSOE sin nombrarlo, dejó claro que quiere formar parte del próximo Ejecutivo, alertó de que los socialistas desean pactar con Ciudadanos y dividió las aguas entre quienes quieren un neoliberalismo con magdalenas o cambiar las reglas de un juego donde sólo pueden jugar 20 familias en toda España y tiene a 12 millones de criaturas en la exclusión social.

La entrevista en La Sexta posterior al mitin, con tres periodistas que apretaron en sus preguntas, Pablo Iglesias sacó a pasear al Iglesias intelectual, rápido, desafiante y valiente que parió Podemos y que consiguió romper todas las costuras del régimen del 78 y situó frente a un espejo a España.

Al día siguiente de la entrevista, los mandamases de los medios de comunicación estaban enojados porque Iglesias arremetió contra la concentración del poder de las grandes corporaciones de la información. Los titulares hablaban de la vuelta del radical de izquierdas que se come a los niños por las noches y a los viejos a la vuelta de la esquina por querer que el Estado tenga una banca pública y que gestione los recursos estratégicos del país.

Ni más ni menos como ocurría hasta que Felipe González abrió la puerta a la privatización de las empresas públicas y condenó a España a un modelo productivo periférico de prestador de servicios al centro de la Europa industrializada.

El lunes los medios seguían hablando de la vuelta de Iglesias y las pistolas de Vox parecían lo que son, un chascarrillo típico de fachaflautas borrachos con exceso de gomina. De golpe, el PSOE ya no podía salir a hablar de guerras culturales y tiene que hacerlo de las cosas de comer, de regular el alquiler y de un modelo económico que tiene más afinidades con Vox que con Podemos.

Líderes del PSOE como el ministro Ábalos o Susana Díaz farfullaban en público que Pedro Sánchez tendrá que entenderse con Ciudadanos, que en realidad es el sueño mojado de Pedro Sánchez y por lo que rezan cada mañana los jerifaltes del IBEX-35.

Hay medidas, como la derogación de las reformas laborales, la lucha contra la pobreza de un país que tiene a 12 millones de pobres, donde se ha roto la el ascensor social y amenaza con convertirnos en sociedad de castas, o la nacionalización de empresas públicas en las que PP, Vox, Ciudadanos y PSOE piensan lo mismo.

Vox ha oxigenado al PSOE porque ha vuelto a situar el debate en los temas culturales de las minorías donde tan bien se mueve una socialdemocracia que no tiene modelo económico diferente al del neoliberalismo, más allá de llenar de color la desigualdad.

La formación ultraderechista ha permitido que el PSOE parezca de izquierdas sólo por decir que no se va a retroceder en la ley del aborto mientras se ha negado a regular el precio del alquiler que, en ciudades como Barcelona o Madrid, ha subido un 40% en pocos años y donde trabajadores que cobran 2.000 euros comparten piso con 45 años, ante la imposibilidad de encontrar una vivienda que sea compatible con vivir dignamente.

Pablo Iglesias ha vuelto a situar el debate en las necesidades materiales de un país que no está mejor que cuando nació Podemos y donde la pobreza y la desigualdad se cronifican. Y eso, hablar de las cosas de comer, silencia a Vox, pero también acalla a un PSOE que habla de igualdad sin predicado y que ha vuelto a agarrarse a las guerras culturales del zapaterismo para polarizar con Vox, venderse de izquierdas sin molestar a los dueños de España y atrapar un voto útil que siempre acaba en los consejos de administración de las multinacionales, encantadas con que hablemos de pistolas para invisibilzar a un tercio de los españoles que viven en la exclusión socia incluso teniendo un contrato de trabajo.

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