Administración de la vacuna contra la gripe.
Administración de la vacuna contra la gripe.

“Al delirante se le cura pero no se le convence”

Carlos Castilla del Pino

En estos días que buscamos desesperadamente una vacuna contra la Covid-19, se manifiesta mucho más claramente cómo sería un mundo sin vacunas. Esto lo saben muy bien los pobres del mundo para quienes el único problema que hay con las vacunas es que no hay vacunas para todos. Por ello, los antivacunas se aprovechan del efecto rebaño de los vacunados para disertar sobre sus enloquecidas conspiraciones. Los antivacunas son unos free-riders oportunistas que parasitan ese bien público que es la inmunidad colectiva, sin pagar nada a cambio, ni el coste de vacunarse. El problema es que están creciendo demasiado, como siempre ocurre con los free-riders cuando no se les reprime, y la OMS en el 2019 los ha clasificado como uno de los diez grandes riesgos para la salud global mundial.

Para entender cabalmente el rol de las vacunas hay que comprender la naturaleza simbiótica y mutualista de las redes de la vida. Veamos la dinámica de alguno de estos microrganismo esenciales para la vida como son los virus. El éxito evolutivo de los virus reside en no dañar gravemente al huésped  y en usarlo como dispositivo de replicación y difusión de su carga genética. Según este algoritmo evolutivo el virus tiende cada vez más a atenuarse; es decir a ser menos letal para el huésped. Y por eso tiene que optimizar el tiempo disponible hasta que el huésped lo atrapa por el efecto de la inmunidad. Por este motivo el COVID-19 es muy exitoso: poco letal y por tanto muy contagioso. Ante este virus, como ante otros, hay que entrenar al sistema inmunitario humano para que aprenda a reconocer al virus y a capturarlo para pasar de una relación conflictiva a una relación simbiótica entre el virus y el huésped. Y en esa dialéctica entre conflicto, reconocimiento y adaptación simbiótica las vacunas juegan un papel central.

En los últimos años ha cobrado vida un movimiento antiguo, tan antiguo como la vacunación, que se opone al uso de las vacunas. En 1998, Andrew Wakefield, médico ingles público un estudio en la prestigiosa revista médica The Lancet que correlacionaba las vacunas con casos de autismo en niños. Este artículo fuer retirado y su autor fue inhabilitado de por vida para el ejercicio de la medicina. En una revisión posterior se detectaron  graves  errores y falsificacies de datos burdas. Pero para entonces los medios de comunicación ya le habían dado una más que notable difusión. Esta noticia escandalosa que vinculaba vacuna y autismo creó la consiguiente alarma en la opinión pública y reactivó el movimiento de escepticismo, cuando no de rechazo, a los programas sanitarios de vacunación masiva.

El  hecho de que The Lancet retirara el artículo y pidiera disculpas por su publicación, amén de la condena del autor; no tuvieron una repercusión equivalente en los medios y paradójicamente sirvieron para confirmar las tesis cospiranoica de los antivacunas. "El artículo había sido retirado y su autor condenado a inhabilitación por el poder oculto de las multinacionales farmacéuticas que reprimen y callan las voces críticas", este era el discurso de los antivacunas. La lógica del conspiranoico es como la del delirante; si les das la razón, lo  reafirma pero si se la niegas entonces también, la confirmas porque es la demostración inequívoca de que tú estás ya también en la conspiración.

Según el sociólogo francés Jocelyn Raude, que ha estudiado a los antivacunas, estos se dividen de tres grandes grupos; antisistemas de extrema derecha y extrema izquierda, conspiranoicos y naturopatas. En todos los caso hay un excepticismo radical frente a la ciencia, el Estado y a las intervenciones tecnológicas en la salud y la vida. Por eso resulta difícil entender la oposición irracional a las vacunas en el nombre del naturalismo. Si algún procedimiento clínico usa estrategias naturalistas ese es el sistema de vacunación. La vacunas no son sino un tipo de entrenamiento de nuestro propio sistema inmunitario. La vacuna no nos cura, nos cura nuestro sistema inmunitario. La vacuna es un coaching de la inmunidad.

Si las vacunas ayudan de forma notable a mantener ese bien público que es la salud por medio de la inmunidad colectiva, toda la ciudadanía tiene el deber de contribuir a su mantenimiento, como en el caso de otros bienes públicos. Esto implica que las vacunas deberían de ser obligatorias y cualquier dejación en este sentido debería ser legalmente sancionable, como ocurre por ejemplo con las obligaciones fiscales. Esta obligación de la vacunación debe extenderse a todas los países de la Unión Europea, al menos, que tienen un mismo marco normativo común; los patógenos no usan pasaporte.

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