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Al bueno de Obélix lo hicieron mítico sus pantalones a rayas, sus bigotes y sus frases. La más conocida, sin duda, apelaba a la demencia connatural a los extranjeros más hostiles. Goscinny y Uderzo hicieron brotar una y otra vez de sus labios aquel ya célebre: “Estos romanos están locos”. No le faltaba razón al compañero inseparable del galo más famoso. Alrededor del año 50 a.C., en un pueblito tan minúsculo como ficticio al noroeste de la Galia, un puñado de aldeanos combatían con eficacia a las multitudinarias tropas de Julio César. Rodeados por cuatro campamentos romanos, resistían gracias a la poción mágica del druida más entrañable. Ellos estaban siempre prestos al combate. Sus enemigos, los romanos, construyeron el sistema legal más humano hasta entonces concebido. Fueron la civilización más civilizada que, sin embargo, ocultaba tras los muros del foro enormes cantidades de pobreza, marginalidad e indefensión. Fue ese uno de los estribos de su decadencia. Sin embargo, recordamos a Roma mucho más por su esplendor y sus avances que por la otra cara del imperio. Pasado el tiempo, ¿quién sabe cómo nos recordarán a nosotros? A nosotros que no somos un imperio, que no somos civilizados, que no tenemos poción.

Gloria Duque es una paria. Una de esas mujeres jóvenes que se enfrentan a la crudeza de la vida adulta en la más desoladora de sus versiones. La sangre y la desgracia acompañan sus pasos hacia la delincuencia y el alcohol con la mochila de un pasado tormentoso. Es una mujer sola, que no es nada, que no es nadie, solo desesperación. Victoria Abril le dio vida en la gran pantalla cuando en 1995 el director Agustín Díaz Yanes alumbró la afamada Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. En el filme —y fuera de él—, los pobres son apátridas que tienen que reconquistar su reino en soledad. Curiosa paradoja que la reconquista se plantee con la muerte. La petición final, ese “acuérdate de nosotros” lo dice todo. En esa España de finales del XX, los parias de turno luchaban día a día contra el mundo despiadado que pretendía devorarlos. Sin la marmita del druida.

¿Por qué nos recordarán? El cineasta Michael Moore se hacía esta pregunta quince años después que Díaz Yanes y Gloria Duque. En su documental Capitalismo: una historia de amor planteaba si nuestra época sería juzgada en el futuro por los vídeos virales de gatitos cantarines que compartimos en cadena o por la falta de humanidad. Quizás por todo a la vez. Probablemente, por nada de ello. La historia, como la de los romanos, tiende a ser benévola. La Transición es un buen ejemplo. Si nos quedamos con lo importante, contamos con notables cifras para el recuerdo.

En 2017, uno de cada tres niños en España se encuentra en riesgo de pobreza y exclusión social. En el mundo, cada día mueren 16.000 menores de cinco años por causas que son evitables. Mientras tanto, la revista Forbes ha publicado de nuevo la lista de los millonarios más millonarios. Tres personas en España acumulan lo mismo que el 30% más pobre de la población del país, es decir, tienen ellos solitos un patrimonio similar al de 14,2 millones de habitantes, según el informe de Intermón Oxfam. Esto quiere decir que la familia Ortega, fundadora del emporio textil Inditex, y el presidente de los hipermercados Mercadona poseen la misma riqueza que todos los habitantes de Cataluña y Madrid juntos.

Astérix luchaba contra los romanos. Él lo tenía claro. Nosotros, no. Nos falta la poción mágica y ver asomar las plumas del casco al enemigo. ¿Quién comanda hoy las tropas del César y cómo combatirlas? ¿Qué dirán de nosotros cuando hayamos muerto? Quizás Youtube tenga la respuesta.

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