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Johnny escuchó un estrépito a su derecha. Dos grupos bien diferenciados por los colores y emblemas de sus atuendos habían comenzado a darse gritos enfervorecidos, de entre los que se distinguían puto portugués y enano defraudador.

Johnny batió las puertas del saloon con ilusionado desdén, tras meter la última bala en el tambor mientras cruzaba la calle. Desabotonó el chaleco por comodidad; quería desenvolverse mejor si había jaleo. Comprobó que el sombrero lucía la adecuada inclinación, corrigió el lazo de la corbata y torció el cuello para liberar tensiones. Escupió en los dedos y se frotó la estrella. El sheriff estaba preparado. Había tanto bullicio en el local que no se notó demasiado su llegada. Unos cuantos parroquianos levantaron la cabeza; alguien cuyo apellido le sonaba le dio los buenos días, aunque Johnny no recordaba desde cuándo eran amigos. En la mesa más próxima se felicitaba un cumpleaños, y le resultó imposible esquivar el compromiso. ¡Felicidades!, exclamó. 

Las pantallas, que ocupaban puntos estratégicos del saloon, funcionaban ya a pleno rendimiento. Las que Johnny veía desde su posición emitían vídeos de gatitos, imágenes de un actor fallecido en 2010, en 2014 y, al parecer, también esa misma mañana, así como fotos de las vacaciones de un pelmazo. Una muchacha se le acercó de improviso y se presentó. Hola, soy vegana. Sin esperar respuesta, la muchacha observó las mesas circundantes, descubrió una en la que había servida una fuente de carrillada y enfiló hacia ella. Hola, soy vegana, repitió a cada uno de los comensales.

Johnny escuchó un estrépito a su derecha. Dos grupos bien diferenciados por los colores y emblemas de sus atuendos habían comenzado a darse gritos enfervorecidos, de entre los que se distinguían puto portugués y enano defraudador. Salieron volando una bengala y un balón de reglamento que, por fortuna, no alcanzaron a nadie. Más allá, una hilera de hippies y marujas poetas deambulaba entre las mesas alzando carteles de colores con frases y versos escritos en ellos.

Por allí cerca, tres o cuatro ingenieros de photoshop distribuían memes. En la otra punta, chavalas uniformadas con trapitos de moda posaban sacando morros. Una de ellas, especialmente activa, comenzó a llorar desconsolada en cuanto abandonó la pose.
A un lado de la barra había instalado un escenario, y varios atriles se distribuían en su perímetro. Decenas de personas con el carné del partido pegado a la frente subían, se colocaban ante el atril y soltaban su discurso, daban palmas o ponían caritas y luego se bajaban, o se aferraban al sitio y se enfrentaban a todo el que osara contradecirles arrojando enlaces.

Atado a una columna, el famoso de turno era apedreado por una horda de defensores de la libertad y la tolerancia.
Jhonny se detuvo. Miró en derredor y apenas vio nada perdurable: los ocupantes de un par de mesas medio ocultas sacaban adelante un trabajo en equipo; un niño manejaba una enciclopedia; una pareja se besaba. Lo demás era caos e irreflexión, superposición de voces ignorantes, adictas a oírse y expresarse. Confrontación y victoria en vez de aprendizaje y entendimiento. Se giró en busca de la salida. Apagó el móvil y lo guardó en el bolsillo.

Con la confianza de que esta columna virtual, que lavozdelsur.es de Cádiz pone a mi disposición en su nacimiento, no se convierta en una red (a)social más, sino que propicie el debate entre los lectores, os invito a visitarla periódicamente. Y no olviden: las opiniones están sobrevaloradas.

 

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