Manuel Chaves y José Antonio Griñán, en un mitin. FOTO: PSOE DE ANDALUCÍA
Manuel Chaves y José Antonio Griñán, en un mitin. FOTO: PSOE DE ANDALUCÍA

Incesante a mi vera se agita el Demonio, flota alrededor mío como un aire impalpable, lo aspiro y lo siento que quema mis pulmones, y los llena de un deseo eterno y culpable. Con estos versos se abre un poema que lleva por título La destrucción y que pertenece a la célebre obra Las flores del mal. El mítico Charles Baudelaire integró en ella su producción poética de casi dos décadas. Este poema refleja la esencia de lo nefasto, la perpetuidad atormentada del alma de un poeta en cuya tumba siguen concentrándose los adolescentes góticos para derramar lágrimas sombrías —como no podía ser de otro modo—. El parisino cementerio de Montparnasse los ve llegar cada día, pertrechados con la decepción de la vida posmoderna y acompañados por algunas rosas negras que presiden una lápida discreta. Las flores, siempre las flores, en la vida y en la muerte.

La sentencia que ha condenado a nueve años de inhabilitación a Manuel Chaves y a seis de prisión por malversación a José Antonio Griñán estaba escrita desde hace algunos días. La hemos conocido esta semana en una suerte de muerte política. Ha sido el epílogo de una serie de guantazos incontestables a los socialistas andaluces. Una terna que comenzó con los resultados de las últimas elecciones autonómicas —insuficientes para mantenerse en el poder—, o quizá tiempo antes: con la derrota de Susanísima en las primarias que resucitaron de sus cenizas al ave Sánchez. El caso es que, entre los saqueos y los votos perdidos, no corren buenos tiempos para el partido del capullo en la mano. Desprovistos de su feudo predilecto, con los expresidentes juzgados y sentenciados, y su lideresa más cuestionada que nunca, algo huele a podrido en el socialismo sureño. Y hemos pasado demasiados años a la sombra de un cortijo en el que el feudalismo volvía a campar a sus anchas, como los señoritos que pisotearon a mis abuelos pero a golpe de fraude sistémico y de pagaré. Paradójicamente, los de la rosa y el puño cerrado.

Las flores del mal está considerado uno de los exponentes más logrados de la poesía moderna, ya que imprime una estética nueva en la que lo sublime surge de la realidad más mundana y alcanza la belleza a través de un cuidado lenguaje lírico. Es inteligible pero a la vez se integra en un todo mágico, sensible, adorable. Estos días también otras rosas están de luto. Más allá de las rosas negras de la tumba de Baudelaire, hay otras flores del mal. Unas rosas rojas que dejaron de tener color en el momento en el que las cegó la codicia, en el instante en el que se apoderó de ellas aquella destrucción.

Y despliega ante mis ojos llenos de confusión, vestimentas mancilladas, heridas abiertas, ¡y el aparejo sangriento de la Destrucción! Así finaliza un poema maldito, uno que versa sobre los demonios que alejan al poeta de sus legítimos fines, uno que se centra en aquellos momentos en los que se pudre el alma, se abren las heridas y se malean las flores. Las rosas negras presiden hoy varios feudos, entre los muertos y entre los vivos.

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