Dos de los cuerpos encontrados en el antiguo cementerio de Benamahoma. FOTO: DIPUTACIÓN DE CÁDIZ
Dos de los cuerpos encontrados en el antiguo cementerio de Benamahoma. FOTO: DIPUTACIÓN DE CÁDIZ

Porque nunca cicatrizaron, siguen abiertas. Se cerraron en falso. Muchas veces mezclamos los resultados del desastre de la guerra con el desastre sostenido de la larga dictadura, en la que se produjeron miles y miles de muertos. La mayor parte de las veces fueron enterrados en fosas comunes junto a las cunetas.

Esas informaciones no aparecían en los periódicos ni en el telediario. Era algo que sabían las familias, los amigos y los vecinos, y sobre lo que todos habían extendido un manto de silencio por puro terror. Terror a ser el siguiente en ir a la cuneta. Incluso a los nietos de les negaba saber las biografías de sus abuelos si habían sido republicanos.

El otro manto de silencio lo extendieron los que predicaban una concordia nacional que nunca existió en realidad. Según ellos no se debía hablar de lo ocurrido para no reabrir las heridas. Hubo unos terceros que por su cercanía al poder supieron de los poderes fácticos y de lo peligroso que podía ser sacar el asunto de los miles de asesinatos.

No es lo mismo una guerra que una posguerra. Una vez terminada la guerra y establecido un Estado con todo un sistema legal que él mismo no respeta. A la guerra se le atribuye la desaparición de toda ética, aunque existen Leyes que limitan los actos en la guerra. Pero es algo muy distinto cuando la guerra ha terminado y se sigue matando y enterrando de forma anónima y escondida. Represión, persecución y muerte. Venganza y exterminio. España sería el segundo país del mundo con más fosas comunes. Nunca se ha hablado públicamente de todo esto, nunca abiertamente; nunca existió una comisión de la verdad. La Transición se edificó sobre el silencio impuesto por los restos de la dictadura. Se voto una constitución en cuyo referéndum se presentaba la Constitución o la resucitación de la dictadura. La población eligió el mal menor, como es natural. El franquismo se modernizó en Alianza Popular y terminó agazapado en el Partido Popular, desde donde ha vuelto a saltar ante la vista de todos.

La nueva democracia hubiera podido ganarse la reputación que hoy está por los suelos en este asunto. Siempre se negó cualquier conversación en nombre de la concordia. La pregunta es, si se alcanzó una verdadera concordia nacional, ¿por qué no se puede hablar abiertamente de ello? Porque nunca hubo una concordia nacional. De una verdadera concordia nacional estarían orgullosos el país y la sociedad. Pero lejos de ese orgullo, la concordia nacional se usa como una amenaza contra quienes insistan en saber qué ocurrió y dónde están los muertos. Pertenecemos a una civilización que exige enterrar y honrar a los muertos, y más de cien mil muertos no se sabe dónde están, sin entierro ni honra. Ello sin contar con el modo en que fueron asesinados o las razones.

Las heridas siguen abiertas porque nunca sanaron, Se cerraron en falso con la amenaza de más terror. Nuestra sociedad ha necesitado 44 años para retirarle al dictador los honores de Estado. En España se ha empezado a perder el miedo a preguntar. Hay gente que le tiene miedo a la verdad, pero la sociedad lo ha ido perdiendo y va a perderlo aun más. Ese miedo a la verdad es el que sigue impidiendo que se hable de todo lo que pasó sin griteríos de taberna, públicamente, abiertamente, serenamente. Quienes menos desean esa conversación nacional son quienes tienen grandes cosas que ocultar: los herederos de la dictadura, lo que contribuyeron a ella, los que participaron en todos aquellos actos.

Las heridas abiertas son la realidad cuatro décadas negada. La Ley de la memoria histórica aparece como resultado del malestar en la sociedad, el malestar que tantas personas tuvieron que ir masticando en silencio y miedo. Familias abandonadas por la falsa concordia nacional y por una democracia incapaz de cumplir con sus propias reglas: enterrar y honrar a los muertos y averiguar la verdad.

Este 20 de noviembre cayó en su día y en el sábado 24. Un 20 de noviembre que avergüenza a la sociedad e incumple la Ley. Un 20 de noviembre sin nostalgia sino con el deseo de restituir el fascismo nunca olvidado, nunca averiguado. Un periódico preguntaba por las heridas abiertas y la respuesta era abrumadoramente mayoritaria.

España sigue siendo un país oscuro donde pedir perdón parece lavarlo todo, incluso sin esperar a que la víctima se exprese. Un país donde el silencio es la conversación. Una sociedad basada, todavía, en los sobreentendidos, en las entrelíneas y la autoridad patriarcal, tan propia del catolicismo antiguo defendido por la iglesia católica oficial. Las heridas se cerrarán cuando dejen de esconderse, se hayan lavado bien y puedan sanar al aire libre.

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