Las gacelas no tienen ansiedad

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Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, experto en Urbanismo en el Instituto de Práctica Empresarial (IPE). Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Antes en Grupo Joly. Soy miembro de número de la Cátedra de Flamencología; hice la dramaturgia del espectáculo 'Soníos negros', de la Cía. María del Mar Moreno; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Primer premio de la XXIV edición del 'Premio de Periodismo Luis Portero', que organiza la Consejería de Salud y Familias de la Junta de Andalucía. Accésit del Premio de Periodismo Social Antonio Ortega. Socio de la Asociación de la Prensa de Cádiz (APC) y de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

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La cuestión es que el botón de alarma ante peligros sigue estando ahí dentro de nosotros, porque es útil para escapar de situaciones reales de vida o muerte, como cuando nos despistamos al cruzar y nos va a atropellar un camión…

Supongamos que eres una gacela y que vas con tu grupo por la sabana, tranquilamente. En la lejanía, donde el sol arroja sus luces de la tarde que va cayendo, aprecias un movimiento, que va cogiendo forma, hasta que lo identificas claramente: es un leopardo.

El leopardo de momento no parece tener intenciones de ataque. Pero como depredador implacable, si tuviera hambre y atacara de forma decidida, la gacela tendría poco que hacer, probablemente. Esto lo sabe la gacela, por supuesto. Para estas situaciones la naturaleza, a lo largo de siglos de evolución, ha puesto en su cerebro un botón de alarma, que se activa en situaciones de vida o muerte, como esta.

El botón de alarma dará paso a dos posibles emociones, que activarán distintas estrategias de afrontamiento: en primer lugar, si la huida es posible, se activará la emoción del miedo, que movilizará todos los recursos posibles del organismo para que la escapada permita salvar la vida. Pero si la huida no es posible, se activará otra emoción: la ira, que preparará al animal para la única salida posible, el enfrentamiento.

A nuestra querida gacela, probablemente, la activación del miedo le haya hecho correr desesperadamente hasta encontrarse a salvo. Una vez alcanzada la situación de seguridad, el botón de alarma retorna a su sitio y la gacela sigue su vida tranquila.

Lo que pasa es que los humanos no somos gacelas. Tenemos algo que ellas no tienen: capacidad de representación. O lo que es lo mismo; podemos representarnos cosas en la mente, tenemos imaginación, recuerdos que pueden revivirse una y otra vez, podemos asociar simbólicamente ciertos elementos con ciertos hechos… una maravilla de la evolución, una máquina prodigiosa que nos aporta una riqueza increíble, pero que también nos juega malas pasadas.

La cuestión es que el botón de alarma ante peligros sigue estando ahí dentro de nosotros, porque es útil para escapar de situaciones reales de vida o muerte, como cuando nos despistamos al cruzar y nos va a atropellar un camión… El botón de alarma se activa y el miedo nos hace pegar un salto y salvar la vida.

Ahora bien… ¿qué pasa cuando nuestro cerebro simbólico, se inventa o representa en nuestra mente peligros imaginarios? Por ejemplo, cuando considera una catástrofe absoluta suspender un examen, o que pierda mi equipo, o que no me acepten en un grupo de amigos… El botón de alarma, ese mecanismo primitivo de seguridad que sigue ahí para recordarnos lo animales que seguimos siendo, responde a lo que el cerebro considera en ese momento “una tragedia” y produce una respuesta global orgánica como si la situación fuera de vida o muerte.

La cuestión es que el botón de alarma ante peligros sigue estando ahí dentro de nosotros, porque es útil para escapar de situaciones reales de vida o muerte, como cuando nos despistamos al cruzar y nos va a atropellar un camión…

Pero claro, no lo es. Y como no lo es, la parte racional del cerebro dice… “pero ¿dónde vas, chaval?”, reprimiendo la conducta de huida. Efectivamente, no está bien visto salir corriendo despavoridos en situaciones como las anteriores. Pero ojo, ¡nuestro cuerpo estaba totalmente preparado para hacerlo! La sangre bombea a ritmo trepidante, los músculos se tensan, la respiración se acelera, la digestión se suspende… Todo preparado para salir por patas, pero no se hace. ¿Qué pasa entonces? Pues se podría decir que la persona se consume en los propios jugos generados, y sufre.

En las situaciones anteriores, la gacela habría seguido tan tranquila. ¿Por qué? Pues porque no existe ningún tipo de peligro de vida o muerte, por supuesto. El humano, en cambio, monta lo que llamamos una crisis de ANSIEDAD, que como vemos es producto de la combinación de dos facultades cerebrales, una exclusivamente humana (la capacidad de representar) y otra totalmente animal (el botón de alarma).

Lo ideal sería reservar el botón de alarma para las situaciones reales de peligro, y trabajar nuestros pensamientos o nuestra manera de tomarnos las cosas para no considerar una “desgracia”, o una “catástrofe”, o una situación “de vida o muerte” un montón de situaciones diarias que, si lo piensas serenamente, no lo son.

Por eso… ¡Tenemos tanto que aprender de las gacelas!

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