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En mi juventud sufrí de estas encerronas del pensamiento a manos de mi maestro, don Isaías Reyero.

Dice el diccionario que una “aporía” es una paradoja o dificultad lógica insuperable. En mi juventud sufrí de estas encerronas del pensamiento a manos de mi maestro, don Isaías Reyero. De vez en cuando, cuando me lo tropezaba en una mesa de La Moderna o paseando por la calle Larga, me soltaba como un disparo:

—Rubiales, tú que has estudiado Bachillerato en un colegio de pago, ¿la vida es corta o es larga? ¿Es maravillosa o es un valle de lágrimas?

Otras veces, me preparaba alguna trampa escondida detrás de su trato afable:

—Rubiales, tú que eres tan listo, si el mal que hacemos regresa siempre, entonces la vida sería justa. Tú que has estudiado Historia y Derecho, ¿tú crees que la vida es justa o injusta? ¿El tiempo lo arregla todo o lo arrasa todo?

Ante estas preguntas me quedaba pensativo y nunca pude resolver satisfactoriamente ninguno de estos dilemas. A veces yo pensaba que somos libres, otras veces que no lo somos y estamos determinados y sujetos a las leyes físicas. A veces creía que todo era muy fácil y otras que era muy difícil, o que es imposible cambiar y otras que estamos en un cambio permanente. Unas veces pensaba que el amor filial es el mayor amor y otras que es el amor maternal. En ocasiones llegué a pensar que el mundo (mejor dicho, el planeta Tierra) era enorme, extensísimo, con sus desiertos y montañas, sus ríos y océanos… y otras que era una mota de polvo en el universo. ¿Grande o pequeño?

—¿Tú crees, Rubiales, que la soledad es algo bueno o una condena? ¿Es mejor entregarse al disfrute de los placeres o procurar soportar las necesidades y no desear nada para ser feliz? ¿Ser muy laborioso o disfrutar del ocio?

Confieso que las preguntas de don Isaías me dejaban perplejo. Un día que lo vi caminar por la calle Bizcocheros enfilando el café de La Moderna, me adelanté a sus preguntas y le pregunté cómo se podían resolver esta lista infinita de dilemas misteriosos. Y don Isaías Reyero me dijo: “Los dilemas puramente especulativos que llamamos aporías no tienen solución, como su propio nombre indica. Otros son falsos dilemas que se deben afrontar evitando la disyuntiva y proponiendo una conclusión conjuntiva. Por lo general, no es “o”; es “y”. Y en general, utilizando adverbios y expresiones adverbiales relativos: en cierta medida, a veces, en ocasiones, depende…etc. La naturaleza humana está instalada en una realidad contingente, relativa. A pesar de que tenemos una facultad desmedida que no es apropiada a nuestra naturaleza: la voluntad”.

Pero en vez de insistirle para que me aclarara definitivamente lo que me acababa de decir me dispuse a acribillarlo a preguntas: 

¿La vida es larga o corta? Larga y corta. 

¿Maravillosa o injusta? Suele tener de todo un poco. Por lo común.

¿La soledad es buena o mala? Depende. Puede ser elegida o impuesta. No es lo mismo.

¿Somos libres o estamos determinados? A mitad de camino.

¿El tiempo lo arregla todo o lo destruye todo? Depende que signifique “arreglar” y qué signifique “destruir”.

¿El mundo es pequeño o grande? Depende de lo que signifique “pequeño” y de lo que signifique “grande”. En cierto sentido, las dos cosas.

¿Dentro o fuera? Dentro y fuera. Según.

En realidad, sobre cada pregunta y respuesta pudimos estar charlando toda una vida. Examinando los innumerables matices para calibrar con propiedad el alcance de la pregunta y de la posible respuesta. Pero, en general, me quedaron claras tres cosas. La primera que es tan difícil preguntar bien, como responder bien. Segundo: que muchas soluciones en el terreno práctico sobre qué hacer con nuestra vida vienen de la mano de la “y” griega y no de la “o”. Y finalmente que tenemos que huir de las consignas altisonantes, de las recetas para conseguir la felicidad, de las frases manidas y rimbombantes que nos venden como verdades absolutas, baratijas a precio de saldo. Para casi todo, tenemos que tener a mano un adverbio relativo. Grandes absolutos suelen procurar grandes males.

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