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Nunca estuve en Lakka..., y por muchas vueltas que me depare el destino, presumiblemente, nunca lo estaré.

Ayer —ese mismo ayer que no regresará— fue cuando supe de la existencia de su viejo nombre; de la longitud de sus cuatro calles y de su pequeño puerto que estuvo, según las escrituras y mi intuición de viajero roto, desde los principios de la humanidad. Tan antigua dicen que es..., que me juego la mano de mis futuros a que sus aguas nunca fueron tan cristalinas como lo son ahora donde dicen se capturan los peces más sabrosos del mundo.

Lakka. Curioso nombre. Hasta ayer mismo no sabía de su existencia; como tampoco la existencia de esa parte de mí que la echa en falta; curioso sentimiento cuando jamás estuve ni pretendí pasear por su única plaza..., una plazoleta cualquiera —desierta de piratas a estas alturas del Hombre— invisible hasta hace unas horas a mi innata sed de descubrimiento.

Sed y hambre de mundo; un mundo que no está hecho para ser devorado con poesía sino a base de fajos de dinero antiguo, golpes de perseguida suerte y dotes de gran capitán. Y yo ni tengo dinero, es la suerte la que me persigue a mí y no soy capaz siquiera de gobernar mi propia revolución.

Pero también es verdad —y lo digo bajo este piadoso sol andaluz— que todo es descubrimiento; que aquel que nace viajero -aunque lo haga sin brújula y sin timón- lo es también en la escasa sombra del olivo, bajo la cabeza de un girasol muerto y bajo las alas de una gaviota. Sólo hay que buscarlo, quererlo, amarlo. Parar los ojos en el olivar y dejarlos descansar mientras se vive; adentrarse en el latifundio y arrancar de cuajo y con las manos el girasol que ya no padece; cerrar los ojos sobre la arena de tu playa más cercana y sentir el paso del pájaro -hecho sombra- sobre la piel..., y desde allí viajar a los confines jamás vistos pero tuyos —más cercanos y profundos— y sentirse dichoso de viajar gratis sobre este pedazo de tierra -hecho Mundo- que se mueve a miles de kilómetros por hora para ti.

Y serenar el alma para ser viajero en tierra y carne tuya; para ser descubridor de emociones tras el letrero blanco —atravesado con rayo rojo— que despide tu ciudad. Ser viajero de espiga y leche, de vaso de agua y sorbo de vino... Y no pensar en el más allá, en cómo alcanzar Lakka para poder adentrarse —como otro viajero más— sobre sus aguas turquesas..., porque ten seguro que viajando sobre tus propios pasos Lakka te recibirá..., allá donde el destino te espere.

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