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Leo en la última obra de Santiago Posteguillo, La sangre de los libros, un pensamiento de Séneca incontestable: “la sabiduría es la única libertad”. ¡Qué cierto…! Quizá por eso en el país de las tramas corruptas, los sobres, los desahucios, la ley mordaza, las tarjetas black y la podredumbre institucional, gravan con el 21% de IVA muchas actividades culturales que nos harían más sabios y, por ello, más libres. A la derecha nunca le gustó que el pueblo tirara de libro y pluma o frecuentara los teatros, pues la gente ilustrada tiene más posibilidades de identificar a un papafrita.

En España la política nacional, y no digamos la local, ha sido tomada por los papafrita. Yo creo que el paradigma de político de este perfil se llama Rajoy, y a las pruebas me remito. Lo teníamos por tonto y en tres años se ha llevado por delante a la mitad de la clase media española, duplicando las fortunas de los ricos y multiplicando las desgracias de los pobres, a cuya lista ha incorporado a varios millones más. Y después de todo eso, el tipo se va de cena de empresa (digo bien, de empresa) con el partido y, con restos de bogavante entre sus dientes ssssilvantessss, nos escupe en la cara que la crisis ya es historia.

Lo ven: los papafrita con poder pueden llegar a ser extremadamente dañinos. A la gente inteligente, para bien o para mal, se les ve venir, pero a los bobos, a los papafrita se les ningunea y, al final, ¡zas…! te la dieron.  Yo me consuelo pensando que los políticos, y menos los papafrita, no son eternos. Actúan como si lo fueran y por eso se conducen desde la desconsideración hacia todo lo que no sea su propio ego. Para comprobarlo solo hay que presenciar una sesión plenaria del Ayuntamiento de Jerez, si la clac del régimen que hace cola desde el amanecer te deja un asiento libre. Vale la pena. Sería sectario decir que estos comportamientos son exclusivos de un partido, pero mentiría si no afirmara que esta gente de ahora ganaría la Champions de la ramplonería y el descaro.

Tienen suerte de que quienes les observan no pueden competir en malos modos, pues generalmente es gente muy educada que acude al Pleno no por la calidad retórica de los discursos, sino porque es un espacio público para manifestar el descontento y denunciar las injusticias en una ciudad adormecida, en la que se compran silencios por cuatro gordas y un real. Yo no creo que los papafrita locales hayan leído mucho a Séneca, porque ellos son más de Pemán, por eso no sabrán que el filósofo, pensador, intelectual y político cordobés incomodó con sus escritos a Calígula, Claudio y Nerón. Séneca sabía más que nadie de poder, traiciones y corrupción.

Su grandeza era inmensa, si acaso es cierto -como subraya Posteguillo- que uno es grande o pequeño en función de sus enemigos. Por eso fue dos veces condenado a muerte y tras una tercera condena, esta vez por el pirómano de Roma (quizás el más papafrita de los emperadores romanos),  decidió suicidarse abriéndose las venas. Qué grande Lucio Anneo Séneca, que nos mostró el camino para combatir a esta plaga de bobos peligrosos con su frase más inapelable: Sapientia sola libertas est.

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