La olla podrida

El guiso de la confluencia de la izquierda jerezana puede acaba en indigestión si las partes no contribuyen con paciencia, diálogo y humildad

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

Foto ilustración de MANU GARCÍA.
Foto ilustración de MANU GARCÍA.

En una de las pinturas negras más negras de Goya, Saturno (Crono, Dios del Tiempo) devora a uno de sus hijos. La imagen es terrible. Los enormes ojos del caníbal infanticida presiden una escena retorcida y sangrienta que, entre otras cosas, habla del poder y, sobre todo, del miedo a perderlo. Saturno devora a sus hijos por miedo a que le destronen en el futuro, justo lo que previamente él había hecho con su propio padre. Lo que no se ve en la escena es que Júpiter, otro de sus hijos, ha esquivado el fatal desenlace. Cuentan que, en su lugar, se las ingenia para que Saturno se trague una roca envuelta en pañales, antes de destronarle y convertirse en jefe de los dioses. Estos días también se habla del poder y, entre otras cosas, del miedo a perderlo. En realidad, nunca ha dejado de hablarse de eso.

A nivel municipal, en la izquierda jerezana —al igual que sucede en otras grandes ciudades andaluzas como Córdoba— se vuelve a arrastrar esa especie de maldición o condena de los dioses tendente a la eterna división y autodestrucción. A poco más de medio año para las elecciones municipales, los que quieren hacerse con el poder no ceden ante los que quieren conservarlo. Después de la escenificación junto al Alcázar del acuerdo de Adelante Andalucía —promovido por Podemos e Izquierda Unida con más prisas que contenido— para exportar a escala municipal la fórmula ideada para el próximo 2 de diciembre en clave autonómica, así como de las sucesivas interpelaciones en aquel acto para que Ganemos Jerez se sumase a la confluencia, la realidad es que Ganemos parece más alejado que nunca del acuerdo y ni tan siquiera parece que haya un acuerdo por escrito que establezca las bases de dicha confluencia.

"Las cosas se han hecho y se están haciendo muy mal, todo desde arriba y sin contar con las bases”, repiten como un mantra militantes y afines históricos a la izquierda del PSOE en la ciudad. "Nos hemos reunido una vez en siete meses, mientras se reúnen con organizaciones políticas que tienen tres militantes en la ciudad, como Primavera Andaluza e Izquierda Andalucista; lo están decidiendo todo en los despachos de estos aparatos políticos; queremos una confluencia construida entre todos y no un producto precocinado”, lamentaba abiertamente el portavoz de Ganemos, Santiago Sánchez, en una entrevista en LaFm.

Si Podemos cree que los votos de Ganemos le pertenecen, Ganemos cree que la tierra es para el que la trabaja

Al día siguiente de esas agrias declaraciones, Podemos e IU, representados por sus dos líderes locales, Ángel Cardiel y Raúl Ruiz-Berdejo, respectivamente, lanzaban un escueto comunicado: “En paralelo a las conversaciones que el grupo motor, formado por miembros de IU y Podemos, mantienen con la agrupación de electores Ganemos Jerez, se suma la ronda de contactos iniciada con las organizaciones andalucistas de izquierdas de la ciudad”. Y añadían: “El primer encuentro con representantes políticos de ambas de organizaciones transcurrió en un clima de cordialidad y consenso, desde el convencimiento compartido de que es necesario darle un vuelco a las políticas que se han venido aplicando en la ciudad y la apuesta por un proyecto político de carácter local, con marcado acento andaluz, consecuencia del proyecto de carácter autonómico alcanzado por las mismas organizaciones”.

Pero Ganemos no parece muy de acuerdo con dicho proyecto, como tampoco con las líneas rojas impuestas desde el mismo: concurrir como una coalición de partidos, que Ganemos sea absorbido dentro de esta estructura, y no gobernar con el PSOE. En la práctica, sería la disolución de un proyecto municipalista cada vez más consolidado y con más sentido que entiende que, aunque sus votos pudieran proceder de la ola de cambio que propulsó Podemos en 2015, no todos sus simpatizantes sintonizan con Podemos y, además, se ha ganado el derecho a decidir tras casi cuatro años en la arena política. Si Podemos cree que los votos de Ganemos le pertenecen, Ganemos cree que la tierra es para el que la trabaja; y la experiencia de gobierno y gestión, desde luego, la han tenido ellos, como también tienen los cuantiosos recursos económicos que ingresan por Diputación de Cádiz, donde Kika González ejerce de diputada provincial mientras se prepara por si tiene que encabezar la lista de Ganemos a las municipales.

En esa disyuntiva, en un clima marcado por los reproches en lo interno y, aunque de manera más sutil, en lo público, no parece fácil sentar las bases de la "confluencia real" que quiere la agrupación de electores y que sería deseable. Unas bases donde no haya puestos en las listas predefinidos, o repartos previos de cargos, o programas prefabricados, o mascaradas de falsa participación cuando no se le consulta ni a las bases. "Les hemos enseñado el zaguán de la casa y queríamos ver si les gustaba; si les parece bien, pueden pasar y empezar a compartir la casa juntos, todo está por decidir y trabajar, pero por ejemplo hay que acabar con el infantilismo de las asambleas para todo", ejemplificaba un destacado miembro de la izquierda jerezana al hilo de la última reunión mantenida con Ganemos, donde prácticamente IU estuvo "de pacificador" entre Podemos y la agrupación de electores.

Hará falta más paciencia, muchas más toneladas de diálogo y, sobre todo, más humildad entre las partes para evitar que se reproduzca un proceso autodestructivo condenado a repetirse, aun cuando se dan las circunstancias ideales para todo lo contrario. La izquierda, al menos parte de ella, debe dejar de ser una pintura negra y mostrarse abierta y transparente, y sobre todo dispuesta a pisar el suelo y escuchar. Un verbo tan denostado en política. De momento, mientras se le da vueltas a la olla podrida —un guiso de origen medieval, el cocido de los cocidos, tan suculento y rico como presumiblemente indigesto— no deja de resonar esa letra de El Cabrero en Como el viento de Poniente —ese soplo por el oeste, a la izquierda de la Rosa de los Vientos—, “en vez de mirar pa’ el cielo, me puse a medir el suelo que me tocaba de andar, y nunca seguí al rebaño, porque ni el pastor ni el amo eran gente de fiar”.

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