'Hooligans' por todas partes

El ultra no conoce la empatía. Los 'hooligans', que ahora campan por todas partes, solo quieren que te posiciones y, a poder ser, cuanto antes, sin cuestionamiento o duda

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Paco Sánchez Múgica

Periodista, licenciado en Comunicación por la Universidad de Sevilla, máster de Urbanismo en el IPE. Antes en Grupo Joly (2004-2012), Desde 2014 soy socio fundador y director de lavozdelsur.es. Miembro de número de la Cátedra de Flamencología; colaboro en Guía Repsol; y coordino la comunicación de la Asociación de Festivales Flamencos. Socio de la Federación Española de Periodistas (FAPE).

Una escena de 'Antidisturbios', de Sorogoyen. Metáfora de unos 'hooligans' que ahora andan por todas partes. Imagen: Movistar
Una escena de 'Antidisturbios', de Sorogoyen. Metáfora de unos 'hooligans' que ahora andan por todas partes. Imagen: Movistar

Recuerdo que me dejó marca el asesinato de Aitor Zabaleta, un hincha de la Real Sociedad que fue a ver su equipo jugar contra el Atlético de Madrid y fue asesinado a puñaladas a manos de unos ultras a las afueras del Calderón. Yo era del Atleti con fervor —sigo siéndolo—, pero me cortocircuitaba la cabeza pensar que alguien que se dijera de mi equipo fuese capaz de hacer algo así. En uno de los capítulos de Antidisturbios, la frenética serie dirigida por Rodrigo Sorogoyen, el grupo de la UPR que sirve de excusa para seguir profundizando en su radiografía de esa España fracturada y podrida, me ha recordado aquel funesto episodio. Esta vez, la cámara con aire documental del cineasta viaja a las afueras del Bernabéu para mostrar el trabajo policial frente a un grupo de ultras del Marsella, autodenominados antifascistas y muy violentos. Porque, hay que dejarlo claro, los ultras llegan por ambos extremos, no son patrimonio de ninguna ideología. O como decía mi abuelo, “carajotes hay en todas partes”.

El fatal suceso de Zabaleta tuvo su enérgica condena y desde ese trágico episodio el hooliganismo fue perdiendo cuota de poder y despoblando —no todas, no siempre— las gradas de los estadios españoles. El Barça hace 15 años que prohibió la entrada al Camp Nou a los boixos nois, el Real Madrid hace siete años que eliminó de su público a los Ultra sur. Los ultras, eso parecía, siempre eran una minoría incómoda en los campos de España y por eso han ido diluyéndose. Había un grueso de aficionados capaces de convivir comiendo pipas en las gradas junto a otro espectador que llevara la camiseta del equipo rival. Había, incluso, gente capaz de reprobar a su equipo con vehemencia cuando jugaba mal o aplaudir con ganas al mejor jugador del equipo contrario. El fútbol no sé si deja alguna enseñanza positiva, pero sí demuestra que como más se disfruta es por la vía de la razón, aunque a veces se asista a decisiones injustas o el VAR no lo entienda nadie.

A veces me compadezco de nuestras autoridades sanitarias. Me pongo en el pellejo de un presidente de la Junta o del Gobierno central recibiendo la última llamada del día pasadas las doce de la noche, o me imagino a Fernando Simón dando vueltas con la moto por la M30 para despejarse tras otra jornada de locura. Todos enfrentándose a la peor pandemia en un siglo. Todos sin saber cuál será la última curva antes de llegar a la meta de una crisis sin precedentes. Y pensando, al tiempo, que si son mediocres o fallan demasiado, seguro que también todos y cada uno de nosotros podemos hacer las cosas mejor. El ultra, en cambio, no conoce la empatía. El hooligan —que al parecer viene de la palabra irlandesa hooly, salvaje— solo quiere que te posiciones y, a poder ser, cuanto antes, con poco margen para el pensamiento más o menos propio, el cuestionamiento o la duda.

El extremista, como el ladrón, cree que todos son de su condición, por lo que buscará en ti las mierdas que le atormentan y lastran su vida para desahogarse. Ciego de fanatismo, tratará de obligarte a tomar partido y si no lo haces, tratará de destruirte por no estar a la altura. El ultra entiende que el fin justifica los medios, pero no se para a pensar si el fin que persigue es el mejor de los fines posibles. Defiende lo indefendible, ve penaltis donde ha habido una caída simulada e insulta al árbitro incluso cuando ha acertado en su decisión. Es tan mal perdedor que ni siquiera es consciente de cuándo ha ganado.

Agita banderas y anima muy alto a su equipo, generalmente con consignas groseras, machistas y que ensalzan conductas violentas o poco sanas que le han dicho que diga. Ni siquiera en la ordinariez tiene voz propia. El ultra era cosa de campos de fútbol, el último reducto de los desposeídos o los hijos del no futuro que canalizaban su ira contra el sistema los domingos por la tarde. El hooliganismo de un tiempo a esta parte es como si hubiese despoblado las gradas de los estadios y hubiese colonizado las bancadas de los parlamentos, las redes sociales, las televisiones... absolutamente todo lo que nos rodea. De estar aislados al fondo del estadio, ahora lo inundan todo: orgullosos de no haber leído un libro en su vida o felices de defender lo indefendible. El ultra ya no tiene carné de abonado, ahora tiene carné del partido. Está legitimado por el sistema democrático o por el gran hermano tecnológico. Y tiene mucha más voz, mucha más fuerza, puede camuflarse, atacar desde el anonimato, y tiene por supuesto mucha más cerrazón. Conmigo o contra mí. Con razón o sin ella. Porque el sueño de la razón produce monstruos. Y así nos va.

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