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Primo Levi -dentro de las páginas de su trilogía sobre Auschwitz- nos desvela que la maquinaria nazi logró cumplir, incluso durante sus últimos días, los objetivos que años antes se había marcado: la aniquilación, tanto física como mental, de sus enemigos naturales.

En una de sus crudas historias cuenta cómo un hombre, al que le asignaron la Muerte en una rutinaria selección entre obreros del campo de concentración, estuvo reclamando hasta la extenuación la última cena de su corta existencia y la cual se basaba en una doble ración de sopa de nabos cocidos..., y no el único cazo, que le asignaron equivocadamente sus verdugos, y al que sólo tenían derecho los que tenían la suerte de seguir viviendo.

Con este ejemplo y muchos más quería contarnos que el ser humano es capaz de soportar y tolerar -si los de arriba saben hacerlo- lo imposible en un alarde de supervivencia sobrenatural pero que llegados a cierto punto de inflexión se aborrega y se deja ir, sin apenas hacer ruido, para dejar de padecer en un acto propio de las cosas..., lejos de cualquier rastro de humanidad.

No hemos alcanzado este punto, afortunadamente, de agotamiento y becerrismo..., pero en este país llamado España nos han hecho durante esta última legislatura de todo: desde humillarnos, a pie de calle, al sacarnos de nuestras casas -o la de nuestros padres en el más triste de los casos- a golpe de ariete y martillo hasta perdonar, en una sucia ley de blanqueo de capitales, a los banqueros y sinvergüenzas que se forraron con nuestras ilusiones; desde despedirnos de nuestros puestos de trabajo hasta volvernos a emplear en los mismos pero ya a dedo, como hacían los señoritos a caballo, y en condiciones en las que no trabajarían ni los mulos; desde cortarnos las venas de la Educación y las Artes, para hacer del pueblo español el animal más servil y fiel que nunca se ha visto, hasta negarnos la salud y una vida digna al recortar en Sanidad y Dependencia...

Ha sido un palo tras otro..., interrumpidos (mejor decir disfrazados) por breves y escasos períodos de paz; paz engrasada con campeonatos de fútbol o compulsivas y ruidosas navidades de entreguerras. Treguas estudiadas entre apocalipsis catalanas y hecatombes de segundos mundos que siempre parecen estar, curiosamente, al borde de sobrepasar nuestras frágiles fronteras.

Meras cortinas de droga barata y humo. Luego una palmadita en el hombro y el típico “de tó se sale”. Pero no..., de los agujeros nadie sale. Aquel que es condenado a la pobreza, pobre se queda para el resto de sus días. Podrán volverlo a vestir con una camisa de cuadros o una falda de raso azul azafata, darle una vivienda social de dos dormitorios con vistas a un parque infantil e incluso -siendo generosos- le harán creer que volverá a tener el futuro en sus manos..., pero tenlo por seguro: nunca repararán el tiempo perdido y el habernos convertidos en cangrejos para siempre..., arañas de barro salado que no saben mirar hacia adelante sin dar pasos, uno tras otro, para atrás.

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