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La penosa pasión y la tortura del centro histórico todavía no ha terminado y ciertamente no se puede saber cuándo acabará. 

Parecía increíble, pero la pesada losa de piedra había sido desplazada. El interior, donde se habían depositado las ruinas de lo que una vez fue próspero y bello, ahora se mostraba vacío y diáfano. Finalmente se manifestó lo que antes era un ente desahuciado, pero en ese momento resucitado y regenerado. Este es el fin de la historia, pero para llegar hasta ese instante tuvo que padecer torturas, abandonos, desprecios e ignorancias por parte de casi todos.

La pasión comenzó un Domingo de Ramos con la entrada triunfal a través del Arco del Arroyo. Los pocos que le acompañaban y le eran fieles contemplaron los hierbajos coronando el arco con incredulidad. La visión nada normal de los escombros de un muro derrumbado hace meses y su suplantación por ladrillos actuales le hizo tomar conciencia de que su labor no iba a ser fácil en aquel lugar. Había concertado una cena (¿la última? ¿Quién sabe?) para el jueves en la Casa de las Flores, que era el lugar donde se iba a alojar durante su estancia en aquella ciudad. Dio un paseo. El trayecto, corto pero con un tráfico desmesurado, terminó por confirmarle que lo del arco no era un hecho aislado, sino simplemente una advertencia de lo que esperaba en el interior de la muralla. Contempló el reducto de la catedral con coches circulando y vehículos aparcados por doquier previo pago, estableciendo en su mente una analogía precisa con la mercantilización del templo de Jerusalén. En lo más cotidiano, usado y necesario siempre recae la obligación de pagar para las personas más débiles, que en este país son mayoría.

Llegó el jueves. La cena fue frugal en un remanso de paz y buen gusto dentro del caos imperante en derredor. No había demasiado apetito, sabía que lo que vendría después no sería ni mucho menos placentero. Luego se dirigió junto con sus allegados a la plaza Belén. La noche se había cernido completamente sobre ellos y la luz mortecina de las farolas aumentaba el dramatismo de lo que se le presentaba ante sus ojos. Allí lloraron y sudaron sangre por la depresión y la suciedad de lo que estaban intuyendo, mejor que viendo, en aquella oscuridad que todo lo invadía. Es el lugar de las traiciones perpetuas, aquel donde se perpetró la condena al olvido, a la ignorancia, a la muerte. Promesas sobre intervenciones en el lugar que siempre se quedaron en algún cajón perdido y aislado. Huerto de los Olivos sin árboles, pero con ratas, pulgas, gatos y basura invadiéndolo todo.

De allí se lo llevaron a juicio, en el que su propio pueblo fue cómplice del atropello. Se prefirió construir fuera, expandirse. El centro histórico fue condenado a sufrir una agonía lenta, muy lenta, y siempre siendo consciente de lo que le estaba sucediendo en cada momento, pero a pesar de todo decidió seguir adelante. Se le otorgó una cruz que, pasados los años, aún nadie ha querido cargar. Cada vez pesa más. Es la cruz de la ruina, de un problema que nadie ha mirado nunca de frente y se ha enquistado hasta las mismas raíces de su propio interior. Ninguna persona parece estar dispuesta a sacrificarse para redimir los pecados del centro histórico, nadie se vislumbra que pueda ser capaz de dar la cara y apostar definitivamente por la zona. Quien quiera cargar con el madero de la vergüenza deberá transitar por calles y plazas como Justicia, Cordobeses, Liebre, Cocheras o Juana de Dios Lacoste. Todo un verdadero camino de la amargura mientras cae no tres, sino cien veces debido al estado del empedrado del suelo. Deberá contemplar palacios suplantados por horrorosos edificios modernos, siempre con el temor de que un coche se le pueda llevar por delante, y se sobrecogerá con el patrimonio autodestruido y olvidado por los propios ciudadanos.

Llegado al final del camino, durante el que habrá sufrido críticas y vejaciones por parte de muchos, plantará la cruz y allí se consumará la liquidación de su carrera política.  Pero habrá cumplido con la misión que se le asignó y que estaba por delante de su propia vida, de su propio cargo. Verdaderamente la zona habrá de ser sepultada por todos antes de poder vislumbrar su resurgimiento. Porque la historia está ya escrita: la piedra que sepulta el centro histórico se destruirá y la zona podrá algún día resucitar, pulcra y brillante, y enfilar el camino hacia un eterno futuro próspero que redundará en toda la ciudad.

Entretanto la pesada losa está preparada y la tumba aún permanece abierta. La penosa pasión y la tortura del centro histórico todavía no ha terminado y ciertamente no se puede saber cuándo acabará. Preso de la espera de un Mesías que cargue con la pesada cruz y recorra con ella el camino de la vergüenza aguarda, siempre sin perder la ilusión y conocedor de que algún día, aunque sea lejano, su situación cambiará, su propia y merecida resurrección. 

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