Aunque estábamos en la serie de memoria histórica, haremos un impasse para responder a la afirmación del ministro de Asuntos Exteriores, Alfonso Dastis: “Los jóvenes que emigran muestran amplitud de horizontes”. Y así, de paso, hacemos también un homenaje a todos aquellos que quieren comenzar el año iniciando un nuevo camino de descubrimiento en otro lugar.

Llega un momento en el que algunos sentimos el impulso de marcharnos, de cambiar de lugar y emprender un nuevo camino de aprendizaje, de descubrimiento. Arriesgarnos, exponernos a la incertidumbre de un nuevo trabajo y unas nuevas relaciones, romper con el molde del pasado, de lo estancado, del letargo… o simplemente, de las cosas que no funcionaron. En definitiva, lo que se denomina “salir de la zona de confort.” Para muchos, esto resultará terrorífico, pero pronto, esa incertidumbre será acompañada por una dulce ilusión que antes, probablemente, no teníamos. Todo sea por realizarnos. El ser humano siempre ha sido inquieto y nómada, antes es capaz de abandonar su seguridad que estar limitado. La renovación es algo que acompaña constantemente a nuestras vidas, si queremos sentirnos vivos. Aunque, muchas veces, las personas que tenemos más cercanas no lo comprenden, nos coartan o se sienten amenazadas. Pero nuestras miras ya estarán puestas en el futuro, el pasado va quedando atrás. Irse es una forma de sentir que nuestra vida avanza.

Todo esto, a nivel individual, es profundamente significativo. Pero si hablamos desde una perspectiva social, la necesidad de ampliar horizontes de muchos jóvenes no se acota exclusivamente a la esfera psicológica o vital. Podría estar de acuerdo con la afirmación de Dastis si no se tratase de una verdad a medias. Para solucionar rápidamente esta contradicción aportaré un ejemplo: la universidad suiza, como muchas otras extranjeras, otorga a sus alumnos un año de residencia en otros países, donde pueden completar sus carreras y adquirir experiencia laboral dentro de su sector. Así, encontramos a jóvenes que han estado en Tailandia, Corea, Japón, EEUU, Arabia Saudita, o en otros países europeos. Una vez finalizan tiene la oportunidad de quedarse allí y, como dice Dastis, ampliar sus horizontes. O pueden volver y aplicar lo aprendido. De este modo, su experiencia resultará fructífera.

Sin embargo, para nosotros los españoles, la experiencia es muy distinta. Cuando volvemos a España con toda esa experiencia acumulada lo que sentimos es una gran frustración. Frustración porque no podemos aplicar todo lo que hemos aprendido ni tampoco nuestro potencial, que es mayor. Sentiremos este país como un cerco cerrado, donde no se valorarán nuestras cualidades. Si a los universitarios que no se han ido a otro país les piden que reduzcan su currículum para poder ser contratados, ¿qué pasará con los que además de eso, han trabajado para empresas extranjeras y conocen 1 ó 2 idiomas? Esto no ocurre en los países extranjeros.

Dastis también confunde la amplitud de miras que ofrecen estos países con las posibilidades de los trabajos que tienen los jóvenes en el extranjero que acaban de terminar una carrera universitaria. Ahora los jóvenes españoles cualificados nos vamos de au pair, mientras que un joven suizo se va para ejercer como ingeniero o empresario. Creo que la diferencia es abismal. Quizá una persona que haya trabajado de au pair gane experiencia en relaciones sociales y en el idioma. Pero a nivel empresarial difícilmente habrá podido acceder a la experiencia necesaria para poder aplicarla posteriormente en su campo de trabajo. Aunque España ya no parece necesitar a gente de ese calibre.

No me extenderé más para refutar la opinión de Dastis y de muchos más que la comparten. Más que estar en contra, buscamos hacer una contraposición con todos los detalles que a veces parecen obviar y a los que jóvenes tenemos que exponernos cuando deseamos ampliar miras. Nada es fácil, es cierto. Pero cuando nos vamos no es sólo por ampliar miras. Muchas veces es por simple necesidad profesional o económica. Otras veces, la necesidad es simplemente psicológica, aquí estamos atrapados, encerrados, desperdiciados. Salir de la zona de confort, como ya dijimos, es uno de los mayores miedos de muchas personas, pero a la vez uno de los mayores placeres. El aburrimiento y el estancamiento pronto se terminan sustituyendo por una nueva ilusión. Salir fuera te ayuda a vivir cada día con más expectación.

El espíritu nómada está profundamente arraigado en el ser humano. España es uno de los países que más ha necesitado expandirse, aunque a veces parecemos olvidar nuestro pasado. Olvidamos su ansia de conquista cuando descubrió el Nuevo Mundo y su imperio rodeaba el planeta. Hemos olvidado la cantidad de artistas y científicos que han emigrado y cómo muchas de sus obras y descubrimientos les fueron usurpados por países extranjeros.

Pedimos amplitud de miras, sí, pero no valoramos a las personas que se fueron. Los jóvenes que realmente tienen inquietudes intelectuales y necesidad de aprender, de crecer como personas, siempre buscan un nuevo horizonte, una nueva meta, un nuevo desafío. Una persona así se maravilla cuando descubre las posibilidades que hay ahí fuera, no le coloquemos un muro cuando vuelva, dejemos que plasme todo lo que ha aprendido, que aplique las nuevas alternativas que ha descubierto. Cuando no podemos mejorar nuestro medio con lo que traemos de fuera sentimos una barrera con los demás, como si ya no perteneciéramos a este país, a esta ciudad, a este pueblo. Desde siempre, las personas han buscado la forma de realizarse, pero aquí no parece haber muchas oportunidades, ni para los que se van ni para los que vuelven tras irse.

Aun así, si dejamos a un lado a los gobiernos y pensamos sólo en nosotros mismos, cuanto antes echemos a volar y perdamos el miedo a irnos y a exponernos a lo desconocido, más confiados y libres nos volveremos. Al final descubriremos que esa incertidumbre no era para tanto, que incluso las promesas de aquí tampoco estaban garantizadas. No sabemos lo que nos deparará el futuro, pero seremos más conscientes del presente que antes, sin tantas preocupaciones, mediciones y planes previstos. En ese sentido, no puedo estar más de acuerdo con Dastis, encerrarse muchas veces puede significar la muerte en vida. La seguridad es ficticia, una vez nos hayamos arriesgado y descubramos la adrenalina de vivir ya no querremos volver a esa zona segura que nos ha estado aprisionando. Supongo que en este sentido, España lo tiene crudo, si luego se arrepiente de perder a este tipo de personas inquietas, nómadas, siempre en busca de mejorar, y se quede con una mayoría aletargada y abrumada por las penurias sociales.

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