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Que un político inaugure una nave para el banco de alimentos es toda una confesión pública de su fracaso. En todo caso, una nave para un banco de alimentos hay que lamentarla, pero no inaugurarla. El asesor más inútil desaconsejaría esa foto. No sé... Es algo así como que el ministro de Trabajo se fuese a la puerta de una oficina de empleo con la prensa cuando sube el paro, o que el de Turismo despidiese en el aeropuerto a los miles de jóvenes expulsados del país donde quieren trabajar y vivir.

Cada vez que oigo una noticia sobre bancos de alimentos tengo sensaciones enfrentadas. Por una parte me admira la solidaridad de la gente, especialmente de los que menos tienen para con los que no tienen nada, pero no entiendo cómo es posible que esa necesidad tan básica de la población, como es que todo el mundo tenga un mínimo para alimentarse, no esté resuelta por el Estado en esta España que ha multiplicado el listado de ricos desde que estallara la crisis. Es importante trazar la línea entre la solidaridad y la caridad. La primera es transversal y se ejerce desde la crítica y la rebeldía. La segunda es vertical, y tiene que ver con la resignación y, en algunos casos, con la búsqueda del descanso de conciencia o, mejor, de la mala conciencia. La solidaridad ciudadana puede hacer caer a un Gobierno, la caridad contribuye a perpetuar las desigualdades.  

Después está el tratamiento mayoritariamente sensiblero y acrítico que dan los medios a todas estas campañas ciudadanas para llenar esas naves de productos con los que atender a la cada vez más lumperizada ciudadanía. Nunca reparan en las causas de esta situación ni señalan con el dedo a sus responsables. Se limitan a enfocar estantes vacíos y luego llenos, y a dar planos amables de abuelos y señoras humildes depositando su bolsa de espaguetis, alubias y lentejas en el contenedor.

Bien por ellos, que aliviarán el hambre de los necesitados y, de paso sin buscarlo, que Carrefour, Lidl o Mercadona asocien su imagen a una causa noble y sumen en sus cajas el importe de esos 20 millones de kilos de comida vendidos a la buena gente. ¿Cuánto valen veinte millones de kilos de alimento? Suponiendo que el kilo más caro se pagará a cinco euros, lo recaudado con esta última campaña -que dará de comer a un millón y medio de familias durante cinco meses- sumaría cien millones. O sea, nada comparado con los cien mil millones, o doscientos mil dependiendo de la fuente, que ha costado el rescate bancario. Y un poco menos de los 136 millones del aeropuerto sin aviones de Castellón.

Hay que seguir colaborando con los bancos de alimentos. No nos queda otra hasta que echemos a este Gobierno que delega sus competencias en la bondad de las personas. Dice el tuitero solidario @juanmalaga2011 que "mientras los mangantes españoles llenan los bancos suizos de dinero público, nosotros llenamos los bancos de alimentos". Y yo digo que mientras en otras ciudades los alcaldes o alcaldesas inauguran bibliotecas, parques, o museos, aquí se inauguran naves para apilar en sus estanterías latas de tomate, macarrones y garbanzos. Esperemos que sea la última foto de un lamentable álbum que retrata fielmente la ruina de Jerez.

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