Toda edad tiene su afán… y su belleza.

Que las expresiones y las palabras tienen vida propia no hace falta demostrarlo. Nacen, crecen, triunfan, fracasan y algunas… mueren. Reparen si no, ustedes, en las siguientes: quincalla, aviador, guateque, enagua, retrete, sobaco, pordiosero, dandi, descocado, dulcería, fetén, ganapán, niqui, parvulito, hoz, palangana…Todas ellas acartonadas suenan como salidas de un gramófono. Unas, porque ha desaparecido la cosa que señalaban; otras, porque han envejecido de herrumbre y polvo; muchas, porque están tan presentes en nuestra vida con otra acepción que arrincona su significado de origen… ¿Qué es lo primero que piensan ustedes al escuchar la palabra “ordenador” o “ratón”? ¿Y no imaginan que en un “cinematógrafo” las películas son mudas?

En nuestra época, que tiene tan poco aprecio por la historia y por la arqueología y que es tan cateta para adoptar préstamos de otras lenguas, las palabras envejecen pronto. Y siempre hay un locutor con poca sesera que te escupe un crosfunding, un futing o un estronquis…y se queda como si tal cosa.

Hay, sin embargo, palabras eternas, voraces, que no dejan de ensanchar la realidad que designan. Entre éstas destacó siempre la palabra “joven”. Ha terminado designando la época que transcurre entre la cuna y la sepultura. De manera que hemos acotado las etapas vitales con tres referencias: niños, jóvenes y difuntos. Y han desaparecido como por ensalmo los adolescentes, los adultos y los viejos.

Yo no sé si esta narración concreta del tiempo biográfico de una persona tiene algo que ver con esta inmortalidad que pretendemos comprar aquí a la Tierra. O por una confusión interesada en los distintos niveles de derechos y responsabilidades que atañen a según qué edad vayamos teniendo. Lo cierto es que nuestra vida transcurre en una larguísima juventud que va desde la primera comunión hasta casi el cementerio.

Jóvenes escolares, jóvenes universitarios, jóvenes de cuarenta en casa de sus padres, jóvenes casados, jóvenes separados, jóvenes prejubilados y jóvenes ancianos. De modo que la palabra “joven”, por abarcar tanto dice tan poco. ¿Qué es ser joven? Y, ¿dónde hemos escondido a los adolescentes, a los adultos y a los viejos?

Suspiramos por empresarios jóvenes, médicos jóvenes, maestros jóvenes, ministros jóvenes, investigadores jóvenes…¡Qué frivolidad! Con esta juventocracia pasa como con el tuteo universal, que ya es una mala pesadilla. La pregunta para la eficacia profesional no es cuántos años tienes sino qué sabes. Porque parece que el mayor mérito viene certificado en el DNI.

Se puede ser joven y estúpido, no crean. Igual que viejo y estúpido. El problema casi nunca es la edad. Hay viejos lúcidos, inteligentes, cultos, interesantes y hasta atractivos. Igual que hay jóvenes frívolos y zopencos. No pasa nada por aceptar tus años, por situarte en el punto del ciclo vital que en cada caso te toque. Para no hacer el ridículo…que es una cosa muy fea.

Lo sensato es aprovechar lo mejor de cada edad y sobrellevar lo menos bueno porque toda edad tiene su afán… y su belleza. O apechugar con una sociedad de silicona, viagra y antidepresivos. Flácida. Tonta. Irresponsable. Chabacana. Ignorante. Faltona y cínica. Grotesca y falsamente iconoclasta. Como el tupé de Donald Trump.

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