Imagen de un pasado mitin de VOX. FOTO: VOX
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Si intentáramos hoy detectar la presencia de dióxido de titanio en una solución líquida, por medio de un análisis químico o un microscopio convencional, llegaremos a la conclusión, errónea como luego veremos, de que en en ese líquido no hay nada que rebele la presencia de dióxido de titanio. Pero esta conclusión es errónea porque el dióxido de titanio puede estar presente en esa solución en magnitudes nanométricas (partículas de tamaño inferior a la millonésima parte de un milímetro). Para la mirada analítica convencional, las nanopartículas no existen. Pero las nanopartículas de dióxido de titanio, o de cualquier otra sustancia, están allí y de una forma  mucho más agresiva e incontrolable que bajo las formas métricas  habituales, pues carecen de las barreras naturales que limiten la circulación y pueden haber tenido una mutación de sus propiedades métricas.

Si hacemos una simple analogía entre la química orgánica y la ciencia  política convencional, y pretendemos detectar la presencia de formaciones políticas fascistas con cierta relevancia en la política actual europea, no encontramos ni rastro de éstas. Pero la buena noticia no resiste un análisis más fino: no hay partidos ni regímenes fascistas, pero sí hay nanofascismo en gran parte de los sistemas democráticos occidentales. Para detectar al nanofasicmo es más útil la “microfísica del poder” de Foucault que la teoría de los partidos  de Weber.

El nanofascismo se caracteriza por una institucionalidad micropolítica autoritaria y macropolíticamente democrática, de tal manera que  supone una reducción de la esfera de decisión política  pública democrática hasta convertirla en irrelevante. A cambio, las tomas de decisiones se desplazan hacia espacios privados y autoritarios: los mercados financieros, los bancos centrales, la militarización de la seguridad interna y de las relaciones internacionales, los acuerdos comerciales entre Estados, las políticas migratorias. Nanofascismo es el muro de Trump y el Brexit, Salvini y Vox, las políticas contra los refugiados y las legislaciones excepcionales contra el terrorismo, la implosión del proyecto político europeo y el golpe de Estado en Brasil, el austericidio  y la invasión de Grecia por la Troika.

El nanofascismo es perfectamente compatible con la macroinstitucionalidad democrática convencional (constitución, elecciones, parlamento, multipartidismos etc)  porque ha reducido  estas instituciones hasta la insignificancia. El poder político está ya en otro lado, siempre de alguna manera lo estuvo, pero ahora, en la Era de la globalización financiera y los algoritmos inteligentes, más que nunca. El nanofascismo ya no necesita un partido porque está en todos; no necesita de un Estado totalitario porque ha conseguido una sociedad totalitaria.

Este  nuevo fascismo, precisamente por su dimensión nanométrica, circula a una velocidad y con una capacidad de penetración mucho mayor que las formas tradicionales de totalitarismo del siglo XX. El nanofacismo está en el Partido Socialista francés y en Le Pen, en los civilizados conservadores holandeses y en el PP español, en los tories ingleses y la Liga Norte, en Ciudadanos y en el populismo conservador de Susana Díaz, en el Banco Central Europeo y en la Comisión Europea.

Contra el nanofascismo no vale el antifascismo democrático del siglo pasado; la contradicción principal ya no es entre instituciones fascistas e instituciones democráticas, sino entre sociedad fascista y sociedad democrática. Esto supone tener que colocar en primer plano la cosa de las relaciones sociales.

Es decir: la cosa de la desigualdad. El antifascismo contemporáneo ya no puede aplazar el anticapitalismo, pues la crisis metabólica ecológica obliga al capital a normalizar, bajo esta escala nano, el Estado de excepción fascista, no como Estado-institución pública sino como Estado-momento social que aspira a perpetuarse. No esperen una nueva 'marcha sobre Roma' o un nuevo 'incendio del Reichstad'.  El nanofascismo ya está aquí, en la vieja y civilizada Europa, aunque nuestros viejos y groseros sistemas de alarma no lo detecten.

El neoliberalismo ha muerto y es sustituido por la era postliberal en la que se inserta el nanofascismo. El neoliberalismo supone el desmontaje de las bases materiales del pacto entre trabajo y capital que dio lugar al Welfare State. Por el contrario, el postliberalismo va dirigido a eliminar los derechos políticos y culturales que se consiguieron asociados al Estado de Bienestar.

La disolución entre las condiciones materiales del Welfare State y los derechos políticos y culturales que ha producido el neoliberalismo ha posibilitado el nacimiento de los nuevos judíos que hoy son el feminismo, el ecologismo, las élites culturales progresistas, la ciencia atea, los emigrantes, los musulmanes… Sobre estos chivos expiatorios se construye un fantasma político contra el que redirigen el malestar y el odio de aquellos que han sido dañados por la revolución neoliberal.

A estos 'nuevos judíos' se les acusa de querer destruir aquello mismo que está en en la diana postliberal: la igualdad (supuestamente amenazada por la ideología de género), los derechos de las mujeres y las minorías sexuales (amenazada por el islam), la crisis del Estado de Bienestar (provocada por los emigrantes, acusados a la vez de parásitos y de competencia desleal en el mercado de trabajo).

Frente a esta estrategia biopolítica nanofascista, sólo cabe oponer la reasociación de las condiciones materiales y los derechos políticos y culturales en un nuevo “demos biopolítico” que ya no se asentará sobre la base de la economía política del crecimiento, como hizo la socialdemocracia y la izquierda comunista en el siglo XIX y XX , sino sobre la base de la ecología política del decrecimiento. Para ello, habremos de transitar desde la “melancolía del crecimiento“ hacia el entusiasmo de la “buena vida”. Y para ese ese duro intermedio será imprescindible el dispositivo populista .

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