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De todas las historias que cuentan mis padres y mis tías, yo me quedo con las de los patios de vecinos. 

El motor del coche se paró cuando el reloj rozaba la noche, justo en mitad de una carretera de tierra y fango, con charcos por las lluvias fuertes e intermitentes del África Occidental. Avisaron al mecánico de la aldea, que llegó sin prisas ni herramientas, pero con una sonrisa blanca y enorme. Luego, salió el vecino, los hijos pequeños y, por último, su esposa. No había forma de arrancar el trasto, por más que se uniera la gente que caminaba sin rumbo por el poblado. Todos se arremolinaban en torno al capó, sugerían ideas y miraban las ruedas como si allí se escondieran la palanca de freno que inmovilizaba al vehículo. El mecánico -a sabiendas que aquello iba a durar hasta bien entrada la madrugada- entró en silencio un par de minutos en casa y salió de ella con dos bocadillos. Haciendo uso del Wolof, la lengua hablada en Senegal, explicó a Musta, anfitrión en el país:

-Tenemos cuatro para cenar, quedaros con la mitad, que debéis tener hambre.

En un primer momento, se nos ocurrió rechazarlo, hasta que nuestro amigo explicó que rehusar la comida era casi como una ofensa. Así que comimos, ante la mirada generosa y titubeante de los hijos del mecánico que se tambaleaban entre el orgullo de compartir y el egoísmo del hambre. Al final, tras descuartizar el interior de aquel Seat blanco, arrancó. Todos lo celebraron, incluso se abrazaron y se intercambiaron pequeños golpes en la espalda. Dimos nuestros teléfonos, con la promesa de una llamada que nunca se produjo, estrechamos las manos y devolvimos el favor con una bolsa de caramelos que guardábamos en el maletero. Se trataba del triunfo puntual de una comunidad.

De todas las historias que cuentan mis padres y mis tías, yo me quedo con las de los patios de vecinos. De todas las costumbres que guardan mi madre y mi vecina de aquel barrio de la Viña, elijo la del portón abierto en verano con el calor como excusa. De las pocas ventajas que tiene la ciudad, a mí me gusta la del orgullo de vecindario y la comunidad.

Vendieron la teoría de Darwin, las grandezas del individualismo en el sistema capitalista, la supremacía de quien mejor se adapta a un entorno competitivo... Sin embargo, nadie habló del olor de la olla de comida, del cuidado de los niños, del reparto de tareas y de la convivencia como forma de felicidad y supervivencia. Los cambios siempre se consiguieron en masa. Los derechos se ganaron en la lucha colectiva.

Escribió Ryszard Kapuściński: “En África la soledad es imposible; solo, el hombre no sobrevivirá ni un día: está condenado a muerte”. Y así, mientras avanza el tiempo y el aislamiento de las personas, nos desangramos lentamente.

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