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Dónde existe una situación emocional enrevesada existe también, a la vez, incongruencias y ruidos en la comunicación.

Dónde existe una situación emocional enrevesada existe también, a la vez, incongruencias y ruidos en la comunicación.

En la comunicación humana el contenido del mensaje puede ser ambivalente o incluso contradictorio. Esta ambivalencia suele venir, en ocasiones, de los elementos pragmáticos: es decir, del contenido no-verbal de la comunicación y de la intención de quien emite el mensaje.

Por ejemplo, si un general le dice a un soldado ¿Por favor me trae usted un café?, ¿le está expresando un ruego o una orden? O si una madre enfadada le dice gritando a su hijo ¡Te ruego, te suplico, te pido por lo que tú más quieras que recojas la habitación de una santa vez!... No parece que sea un ruego y, probablemente, el hijo no lo viva como tal, sino como una orden tajante. Es evidente, por tanto, que los elementos pragmáticos o contextuales determinan con mayor fuerza el contenido significativo de la comunicación que el contenido del propio mensaje. Un guiño, una sotana, un uniforme, un color, un gesto, una mirada… pueden determinar el mensaje con independencia de su contenido lingüístico. No significa lo mismo en nuestra cultura (o incultura) un cartel que avise “lugar de descanso” si es de neón y tiene color rosa que si es azul y está en la autopista.

La pragmática de la comunicación alude en general a la intención de quien emite el mensaje con cierta independencia de su contenido y para ello se apoya en elementos no verbales. Aquí se pueden producir algunas contradicciones que pueden dejar en una situación complicada a quien recibe el mensaje. Por ejemplo: un padre le grita furioso a su hijo “y quiero, te exijo, que seas mayor de edad de una vez y dejes de obedecer órdenes… que madures de una vez, que seas un hombre hecho y derecho con criterio propio sin dejarte llevar por lo que opinen los demás. Te lo ordeno”. Es evidente que esta orden es un doble mensaje que solo se puede cumplir desobedeciendo y obedeciendo a la vez porque plantea un problema sin solución: si no obedezco, no tengo criterio propio; si obedezco, tampoco. La única posibilidad sería quedarse quieto, parado, congelado porque no encuentro la salida. O, si la situación es estructural, buscar la salida en un síntoma: grito, lloro, me deprimo, tengo ansiedad, digo cosas extrañas, me duele todo el cuerpo de forma inexplicable, etc. Un síntoma cuyo sentido apunta al meollo del problema.

Esta ambivalencia en los mensajes (doble mensaje, chantajes…) están a la base de situaciones emocionales complicadas. También en comportamientos que niegan el contenido del mensaje. Por ejemplo: una madre dice a su hijo mientras le permite dormir en la cama de mamá:“ ya te estás haciendo muy mayor y es normal que quieras dormir en tu propia cama”, o una familia que quiere que la hija menor sea adulta e independiente y, a la vez, que permanezca en casa al cuidado de la madre.

En general, la incapacidad para establecer una buena comunicación deriva de la incompetencia para hacernos cargo de la situación del otro, de sus circunstancias, de sus necesidades, de sus expectativas. Empatía significa la capacidad para ponernos en el lugar del otro. Hay personas que tienen esta cualidad de una forma natural. Otras, no. Pero, como casi todo en esta vida, se puede aprender (si se tiene voluntad de hacerlo).

En un sistema familiar en el que hay una situación emocional enrevesada existe también a la vez incongruencias en la comunicación. Ambos elementos (crisis emocional e incongruencia en la comunicación) son causa y efecto –a la vez- de una situación en las que suelen aparecer los síntomas disfuncionales que expresan el sufrimiento de todo el sistema: agresividad, gritos, tristeza, adicciones, alteraciones, chantajes emocionales.

¿Y qué sucede si nos referimos al problema de una persona y no de una familia? Para empezar, es muy infrecuente que el problema se dé de una manera aislada. Siempre tiene un sustrato relacional. Pero, incluso, uno tiene consigo mismo una comunicación permanente y se “dice” cosas en la forma de pensamientos recurrentes y absolutos: “Soy un desastre, soy una mala persona, esto me va a salir mal como siempre, para qué voy a hacer nada si ya sé lo que va a pasar, esto es injusto que me pase a mí, estoy sorprendido no me merezco lo que me está pasando”. Son pensamientos insanos y, al menos, relativamente falsos. Y constituyen una comunicación interna laberíntica, sin salida aparente.

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