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"Errores” que solemos cometer más o menos inconscientemente en las relaciones de pareja y, en general, en todas las relaciones interpersonales.

Como es claro, yo no voy a descubrir aquí a estas alturas la importancia de la comunicación humana como fundamento en las relaciones personales. Pero sí me gustaría encarar este asunto desde la perspectiva de los “errores” que solemos cometer más o menos inconscientemente en las relaciones de pareja y, en general, en todas las relaciones interpersonales. En realidad sigue siendo una reflexión sobre la comunicación pero hecha desde la parte negativa: lo que no es comunicación o, al menos, lo que podríamos designar como una mala comunicación.

El primer error al que me quiero referir hoy es al modo “ozores”. Llamo un hacer un “ozores” o un “groucho marx” cuando el fin principal de quien emite el mensaje es conseguir que el interlocutor se enrede en las palabras de manera que no logre sacar nada en claro, como hacían Groucho Marx y Antonio Ozores en algunas de sus célebres películas. En este caso, el emisor utiliza la verborrea, los gestos, las medias palabras, los silencios, las repeticiones… para no decir nada o para precaverse de que no exista un diálogo eficaz, una comunicación verdadera o, incluso, para no expresar de forma directa la respuesta que en el fondo desea dar.

Ejemplo:

(Ella) -Creo que el sábado deberíamos invitar a cenar a mi hermana y mi cuñado.

(Él) – Claro. Me acuerdo que la última vez que estuvieron se lo pasaron genial, aunque ella no tanto pero él es un cachondo. Un cachondo, cuando no se toma dos copitas… porque cuando empieza con esto y con lo otro. A mí hay veces que me pone de los nervios aunque es muy buen chaval. Yo lo aprecio, tú lo sabes, pero es que a veces se pone… ¿Tú te acuerdas el día de la feria? Y yo que me quería ir, tú lo sabes; pero él nada, chiquillo que me está esperando mi mujer, que me tengo que ir… y cuando llegó su amigote eso fue la repera. Ese sí que tiene peligro… Yo a veces me siento muy violento, tú lo sabes, porque sé que tú me estás esperando, pero ellos, nada. Que la última siempre se convierte en la penúltima. Y yo, ¡que me tengo que ir…!

(Ella) - Pero entonces, ¿los invitamos?

(Él) -No, si invitarlos tenemos que invitarlos. Pero lo que tú siempre dices… Es que se pone a veces… ¿Tú te acuerdas el día que rompió la silla esa que tanto te gustaba que te la había regalado tu madre? La silla era buena, buena. Pero buena. ¿Te acuerdas con la ilusión con la que te la regaló? Fue a Ronda a comprarla, la criatura. De caoba era ¿no? No, no, de caobilla. Pero parecía de caoba. Enteramente de caoba… y va el huevón, y la rompe…

(Ella) – Por el amor de Dios, ¿quieres decirme de una vez si te apetece que los llamemos?

(Él) –No sé por qué te pones así, siempre gritando. A mí apetecerme, me apetece, no es que no me apetezca, tú lo sabes, pero es que el pobre es tan pesado… y dale con esto y dale con lo otro. Además yo creo que el sábado televisan un partido, creo yo, no estoy seguro, pero lo que tú quieras, cariño… tú sabes que a mí el fútbol tampoco es que sea para mí algo del otro mundo; no, un partido más y tampoco con tanto interés como la gente dice. Ahora, tu cuñado es un buen chaval, un poco pesado, sí, eso sí,… eso me lo tienes que reconocer. Es muy pesado. ¿O no?

(Ella) – Bueno, mejor lo dejamos para otro día…

(Él) – Como tú quieras…

La técnica del “ozores” o de “grouchomarx” se emplea para dejar exhausto al interlocutor y que acabe rendido asumiendo finalmente la posición contraria. En el fondo es una estrategia agresiva aunque revestida de pasividad, incluso de buenas maneras y condescendencia, que esconden una cierta manipulación del otro. El ozores hace como si estuviese considerando el mensaje pero en realidad está centrado en su propia voluntad y en la manera de imponerla tratando de hacerle creer que está cediendo, envolviendo todos los mensajes en hojarasca y humo.

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