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Crecí en una sociedad machista, como lo son casi todas desde que el mundo es mundo. Estudié en los Salesianos, sólo con niños. Desde la ventana de mi clase en cuarenta sobrehormonados púberes gritábamos al patio del colegio del Rebaño de María, que lindaba con el nuestro, rimas que harían retorcerse en su tumba a Garcilaso. Los homosexuales estaban escondidos en los armarios y no eran gays, eran maricones. No era una opción sexual. Era el insulto más ofensivo para un niño de doce años. Piropos de albañiles, pósteres de desnudos de camioneros, cláxones de los coches ante el circular de chicas en pasos de peatones, las Mamachicho. Nos parecían parte de un paisaje tolerable e incluso divertido.

Por supuesto que escribo esto con vergüenza. No todos éramos iguales ni respondíamos exactamente a este patrón, pero sí era algo aceptado y por acción u omisión, éramos culpables. Todo lo culpables que pueden ser los niños, claro está. Niños que crecimos, y en su mayoría evolucionamos. En nuestros subconscientes, no sé si incluso calando en el ADN, aún permanece todo lo aprendido durante generaciones de supremacía del hombre sobre la mujer. Pero algunos tratamos de corregirlo, enterrarlo, adoptar otras actitudes. No siempre con éxito. A veces con conductas bienintencionadas que en el fondo  perpetúan más el sistema. Pero, honestamente, creo que no muchos se atreven a presumir de aquellos comportamientos hoy en día. Sólo el chulito machista.

El chulito machista de mi generación presumía de acostarse con muchas. Contaba los detalles más morbosos. Chuleaba de lo guarra que era su última conquista y de cómo la hacía disfrutar con su poderío de macho. De poder pasarse por la piedra a quien quiera cuando quiera. Las mujeres eran suyas y las usaba y tiraba cuando quería. Y le partía la cara a quien se acercara a su hembra. Digo era, pero en realidad sigue siendo, ahora rondando los 40, pero igual de repugnante.

Pero lo peor, es que algunos de estos han degenerado en espécimen 2.0. Ése que presume de compartir chica, como si fuera un chicle, con los colegas. El que bromea con drogarla si hace falta. El que entiende como normal forzar a una chica para que no pueda escapar. El que le da igual que ella esté contigo o con tu amigo. Se jacta de adoptar esa conducta como modo de vida y culmen de diversión. Los degenerados que se comportaban así en mi época tenían el decoro de esconderse como ratas que son. Estos ocupan una mano en compartir en tiempo real por su móvil sus hazañas mientras que con la otra proceden a destrozarle la vida a una chica. ¿Qué tipo de macho alfa es éste que necesita rodearse de otras pollas para sentirse poderoso? Desde la propia lógica del machismo más recalcitrante me resulta incomprensible. Los de La Manada dicen que no son violadores. Pero posiblemente es que sean algo incluso peor que eso, si es posible, porque han conseguido lo inaudito: que a su lado parezca bueno el machista de mi quinta.

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