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Insomnio y las noches del mundo se agolpan en la puerta de mi dormitorio.

Insomnio y las noches del mundo se agolpan en la puerta de mi dormitorio. Un Jerez reducido al paso de algún que otro automóvil otorga espacio al infinito. En Nagasaki se hace uso de la noche para lavar la ropa y los reproches del día en esas lavanderías universales. Jabón, sake y palabras atropelladas en busca de la sinrazón del noctámbulo.

Aún recuerdo cómo me enseñaron entre varios japoneses —en una de esas noches sacadas de esta madrugada— a decir Sea la salud en tus ojos. Kimino yitomini kampai. Reían cada vez que lo decía. Yo, en cambio, lloraba por dentro el camino que el destino había elegido para mí y para aquellos años ciegos. Antes Roma y el Tíber. Toda una ciudad reducida al curso del río. Sin ser tan ancho como el Loira, en esas primeras horas del año 2004, el otro márgen del río quedaba reducido al primer trazo del pintor impresionista sobre un lienzo. Nada por fuera pero todo por dentro. Demasiado en aquel paseo de césares caídos.

Entra en esta madrugada de anís y persianas levantadas los coletazos de demasiados París extraños. Todos impropios de mí y de cualquiera con dos dedos en el pecho. Cafés a cinco euros y antorchas en los alrededores de Pantin. Cuando el miedo de París se limitaba a quedarse sin aquel Mon Dieu con acento a sal y sabor a demonio. Jerez —ahora— está siendo atravesando por un único coche de mil ruedas. Hace rato que llevo escuchándolo aunque el sonido de su motor está siendo devorado por el ruido que hace mi ordenador.

Pero si Jerez es sólo un coche, Times Square son millones de naves especiales. Eso o que mi habitación, con un 809 clavada en la puerta, estaba realmente a pie de calle y al alcance de que los vagamundos sin dientes. Por eso motivo ella no llegó nunca, por miedo a perder los dientes. Milán, inteligentemente, fue levantada por los que no duermen. Sólo de madrugada —cuando vaguean las almas— es posible sentir aún bajo los pies sus antiguos canales. Justamente en las columnas de San Lorenzo —nunca a más de tres metros de mí— se oye, si el sonámbulo desea oír, el rumor del mar distante. No hay rastro de sal por ninguna parte.

La calle Lealas me queda tan lejos ya como las Ramblas de Barcelona pero observo el fondo de mi mano derecha y las veo ahí, en silencio y al alcance de la otra mano cuando quiera. La Rambla catalana -vacía de prisas y ladrones y siempre a las cinco de la mañana- conduce a la Porvera. Hace tiempo que no pasa un alma. Es martes y los martes no son días para estar en la calle. Los árboles —que no saben cómo dejar de estar— esta noche no mueven sus dedos. Yo prefiero cuando el viento los sacude y los deja agotados. Me regalan, sin saberlo, el paso del tiempo. 

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