Yolanda Díaz, junto al ex líder de IU en Andalucía, Antonio Maíllo, en un acto esta campaña del 19J.
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Noviembre nos está resultando un mes convulso.

En lo que va de mes acabamos de vivir la ruptura por parte del PP del acuerdo existente, después de más de cuatro años de negociación, sobre la renovación del CGPJ.

La derecha ha dejado claro que se encuentra cómoda infringiendo todas las normas habidas y por haber, y sólo se dedica a buscar excusas de mal pagador para evitar el cumplimiento de dicho acuerdo.

A la ya clásica de que el órgano de dirección de los jueces debe ser elegido por ellos mismos, a diferencia del resto de los poderes e infringiendo lo que señala en la sacrosanta constitución, añade ahora un argumento que nada tiene que ver con dicho asunto; la reforma planteada por el gobierno del código penal para eliminar un caduco delito de sedición.

Precisamente este tema es el que ha generado una mayor tensión entre derechas e izquierdas.

Recordar que “sedición” se considera “aquel levantamiento colectivo y violento contra la autoridad, el orden público, o la disciplina militar, sin llegar a la gravedad de rebelión”. Violento, señores de la derecha, violento.

La cuantía de las penas estaba muy lejos de lo habitual en la mayoría de países de la UE, por lo que los condenados del “Proces” se vieron castigados de manera absolutamente desproporcionada al delito cometido.

Por eso el gobierno, acertadamente según la mayoría de los expertos, acaba de decidir reformar el código penal para suprimirlo sustituyéndolo por delitos de desorden público que conllevarían un máximo de 5 años de prisión y no los 13 que por ejemplo condenaron a Oriol Junqueras. 

Según todos los indicios ha sido posible gracias a una ardua y difícil negociación con una ERC vuelta de nuevo al redil, que previsiblemente contará con el apoyo del resto de fuerzas progresistas, por lo que resultará aprobada por 185 frente a 154. Final feliz que aporta un nuevo elemento para la superación que arrastramos desde la Transición de las negativas tensiones centro-periferia.

Este mes también ha sido testigo de diversas confrontaciones en la izquierda.

El típico cainismo que nos devora añadido a lo que acertadamente señalaba Lenin; “izquierdismo enfermedad infantil del comunismo”, nos ha traído la bronca sobre la ley trans entre PSOE y Podemos, más la habida de manera absolutamente gratuita de Pablo Iglesias contra Yolanda Díaz, o la de Pedro Sánchez frente a sus barones a cuenta precisamente de la sedición.

La persona que más daño ha hecho a la izquierda en su conjunto en los últimos años se llama Pablo Iglesias. La hemeroteca trae como si de un boomerang se tratara ecos del pasado cuando criticaba el comportamiento de líderes como González y Aznar. Ahora es él mismo quien incurre en aquellas errores pero multiplicados. 

El comentario en clara alusión a Yolanda Díaz por no apoyar a su compi Montero con insultos graves como “miserable”, “cobarde”, “estúpida”, entronca en lo que señalaba Lenin. 

La mayor colaboración ante las próximas elecciones, el mayor favor que le puede hacer a Podemos, al PSOE y a la izquierda es hacer mutis por el foro y desparecer de la escena para siempre.

Si es que no escarmentamos nunca.

Menos mal que la derecha nos ha echado un cable y allí tenemos el mismo escenario entre Abascal-Olona en VOX y en el PP el clásico Ayuso-Feijóo.

Una Ayuso echada al monte diciendo barbaridades cada vez que abre la boca y lo hace muy a menudo, dejando a su líder como se dice coloquialmente “con el culo al aire”. Lo ocurrido con la sanidad de Madrid es de libro de párvulos en política.

Recuerda esta situación la acertada reflexión que en su día señalaba Alfonso guerra: “cuando el enemigo se equivoca hay que dejarle hacer”, solo que esta vez es bidireccional.

De todas maneras haría mal la izquierda en confiar en esta situación y seguir dándose guantazos, o torpezas como la lamentable de la ley “sí es sí” porque en 2023 nos jugamos demasiado a nivel municipal, autonómico en mayo y probablemente en diciembre estatal después.

Hay que restañar heridas, recuperar confianzas, excluir a jovenzuelos insensatos, avanzar en la unidad y dejarse de zarandajas, porque el contrincante está ahí y las encuestas le dan mucha fuerza. 

La parte infantilista de la izquierda debe madurar para no debilitarla, porque si seguimos metiendo la pata acabaremos regalando el poder.

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