Esto no es una columna, es un viaje al que quiero que me acompañes.
Esto no es una columna de viajes. O no exactamente. No es la postal exótica, ni el inventario de monumentos, ni la lista de templos imprescindibles. Es un viaje que empezó mucho antes de subir al avión y que continúa ahora, mientras escribo.
Viajar a India nunca es neutro. Antes de llegar ya te han advertido: “no vayas sola”, “es muy intenso”, “ten cuidado”. A eso se sumaba mi propia historia: años de activismo por los derechos de mujeres y niñas en ese país, conversaciones con supervivientes, denuncias, datos imposibles de olvidar. Llegué con el estómago encogido y la conciencia alerta.
India es ruido, claxon, vacas atravesando avenidas imposibles, el cardamomo suspendido en el aire, la humedad del monzón pegándose a la piel. Pero también es mirada. Y como mujer extranjera, esa mirada se siente. Hay momentos incómodos, manos que se acercan demasiado, sensación de exposición constante. No conviene romantizarlo. El espacio público no es igual para nosotras en ninguna parte del mundo, y allí tampoco.
Sin embargo, reducir India a eso sería injusto.
Hubo mujeres que me abrieron la puerta de sus casas con una hospitalidad que no necesita idioma. Hubo niñas que, pese a la precariedad, regalaban sonrisas y ternura. Hubo activistas que han convertido su dolor en red de apoyo. Y hubo algo que reconocí de inmediato: la lucha feminista no tiene pasaporte.
Caminé por Nueva y Vieja Delhi, por Jaipur, Mandawa, Agra, Abhaneri y Varanasi. Fui a escuchar. A mirar. A aprender. Y en cada ciudad comprendí que la desigualdad no es una anomalía cultural lejana: es un sistema global con acentos distintos.
En Delhi, el contraste es brutal. El Templo del Loto ofrece un silencio casi irreal en medio del caos. La Vieja Delhi es un torbellino de especias, rickshaws y mercados donde el aire parece teñido de historia. Pero mientras recorres sus calles no puedes olvidar los datos: en 2022 se registraron en la capital india delitos contra mujeres con una tasa que duplicaba la media nacional. Más del 30 % correspondían a violencia ejercida por marido o familiares. Las cifras no son estadísticas abstractas cuando caminas por las mismas calles donde esas mujeres viven.
En Rajastán la belleza deslumbra. Mandawa parece detenida en el tiempo, con sus havelis pintadas como murales que narran genealogías masculinas, comercio y poder. Pero algo me inquietó desde el primer día: apenas veía mujeres en el espacio público. Ni en tiendas, ni en terrazas, ni asomadas a las ventanas.
En ese estado, la participación femenina en la fuerza laboral ronda cifras que, sobre el papel, parecen aceptables. Pero solo una pequeña parte accede a empleo regular asalariado. La mayoría trabaja sin contrato, sin protección, sin reconocimiento. Mujeres que sostienen el campo, los talleres, la familia y los sueños, y que sin embargo permanecen invisibles para la historia oficial y para el viajero desprevenido.
La invisibilidad es una forma de violencia silenciosa.
En Jaipur, la Ciudad Rosa, todo es esplendor: palacios, telas, piedras preciosas. Visitamos talleres donde hombres trabajaban con paciencia milenaria. Pero de nuevo, las mujeres estaban ausentes o relegadas a lo no visible. La proporción de mujeres con estudios superiores que acceden al mercado laboral formal sigue siendo muy inferior a la de los hombres. No es falta de talento. Es diseño estructural.
Entre templos y mercados, alguien me dijo que yo le recordaba a la diosa Durga: dulce y feroz. Me emocionó no por el halago, sino por lo que implicaba. Las mujeres indias no son víctimas pasivas de su contexto. Son estrategas de supervivencia cotidiana.
En Abhaneri visitamos el impresionante Chand Baori, un pozo escalonado construido hace más de mil años. Allí donde el agua es vida, históricamente han sido las mujeres quienes la sostienen. Muy cerca conocimos una cooperativa artesanal. Allí conocimos un grupo de mujeres rurales organizadas. No eran grandes fundaciones con estructura internacional, sino grupos de autoayuda que convierten bordado y tejido en independencia económica. Viudas, madres, trabajadoras incansables que han transformado el hilo en herramienta de autonomía.
Esa escena resume algo esencial: cuando las mujeres acceden a recursos, cambian las comunidades.
Agra me obligó a otra reflexión. El Taj Mahal es de una belleza indiscutible. Pero detrás del mármol blanco está la historia de Mumtaz Mahal, muerta a los 39 años tras dar a luz a su decimocuarto hijo. Su sacrificio se convirtió en símbolo romántico. Su cuerpo fue territorio de poder y descendencia. La historia la recuerda como musa eterna; raramente como mujer agotada por un sistema que la utilizó.
En el Fuerte Rojo, los espacios del zenana —reservados a las mujeres del harén— recuerdan cómo incluso en el lujo existía la reclusión. Mujeres poderosas, sí, pero confinadas. Invisibles fuera de los muros. Recordadas siempre en relación con los hombres.
En Uttar Pradesh, el estado al que pertenece Agra, muchas mujeres participan en programas públicos de empleo rural. Sin embargo, la brecha en trabajos formales persiste, y gran parte del trabajo femenino sigue siendo informal, mal pagado y no reconocido. Ellas limpian, conservan, mantienen los monumentos que millones fotografían.
La belleza también se sostiene con manos anónimas.
Varanasi fue quizá la experiencia más intensa. Ciudad antigua, espiritual, donde vida y muerte conviven sin metáfora. Allí compartí el duelo con mujeres que despedían a un familiar. No hablábamos el mismo idioma, pero nuestras miradas sí. Yo también llevaba pérdidas recientes en la maleta invisible. La ceremonia del Ganges, el Aarti, bajo el monzón, fue uno de esos instantes en que el tiempo se detiene. Fuego, cánticos, humo, humedad. Cientos de personas respirando al unísono. Fue imposible no sentir que algo más grande nos atravesaba.
Pero más allá de la espiritualidad, Varanasi es también economía femenina organizada. Miles de grupos de autoayuda agrupan a mujeres rurales que gestionan microcréditos, producción artesanal, comercio local. En un estado donde la alfabetización femenina sigue siendo muy inferior a la masculina y el matrimonio infantil continúa afectando a muchas niñas, esas cooperativas son resistencia concreta.
Mientras recorría estas ciudades no podía dejar de pensar en algo: el dolor de una mujer quemada por dote en Delhi y el de una mujer asesinada en un pueblo andaluz comparten raíz. Contextos distintos, misma estructura patriarcal.
Organizaciones como 50 Million Missing, Jagori o Shakti Shalini trabajan acompañando a mujeres en refugios, asesoría legal, apoyo psicológico. Allí la palabra “igualdad” deja de ser consigna y se convierte en techo, comida, protección.
India me obligó también a revisar mis propios prejuicios. El miedo occidental tiende a simplificar. Ni todo es barbarie, ni todo es espiritualidad edulcorada. India es contradicción constante. Es dureza y ternura en la misma esquina.
Sí, es un país donde persisten agresiones brutales contra mujeres y niñas. Donde la pobreza, el matrimonio infantil, la explotación y la desigualdad laboral siguen siendo desafíos enormes. Pero también es un país donde millones de mujeres se organizan cada día para transformar su realidad.
La lucha feminista allí no es abstracta. Es sobrevivir, educar a una hija, negociar en el mercado, bordar para sostener a la familia, denunciar a un agresor, abrir una cuenta bancaria, formar parte de un grupo de apoyo.
Volví con telas, aromas y piedras en la maleta. Pero lo importante no pesa: regresé con la certeza de que la sororidad es real. Que cuando dos mujeres de contextos distintos se reconocen en su experiencia, se rompe algo del aislamiento que el patriarcado necesita para sobrevivir.
India no me trató con guantes de seda. Me mostró lo incómodo, lo contradictorio y lo hermoso. Me obligó a mirar sin paternalismo, sin romanticismo ingenuo y sin superioridad cultural.
No es un destino “fácil”. Tampoco debería serlo.
Si algo aprendí es que el viaje no termina cuando vuelves. Continúa en los vínculos creados, en los proyectos que germinan, en la conciencia ampliada. Continúa cuando entiendes que la igualdad no es una cuestión local, sino una conversación global.
India no es una postal. Es un espejo. Y en ese espejo vi reflejada una verdad incómoda: mientras en cualquier lugar del mundo una mujer sea reducida a objeto, controlada, silenciada o explotada, ninguna puede considerarse plenamente libre.
Pero también vi otra cosa: mujeres que no se resignan.
Y esa es la imagen que me llevo.
Porque si el patriarcado es global, también lo es la resistencia.



