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Tengo un amigo que siempre me habla de nubes cuando aparecen. Que si cirros, que si lenticulares... cuando ya me cuesta diferenciar si vienen o van.

Si hoy tuviera la suerte de encontrármelo, me diría que nevaría en el hipotético caso de que se asomaran las de tipo nimbostratos o algo así. La verdad es que nunca fui de nombres raros.

Pero es curioso, es curioso lo que consigue el frio. Que los hombres de la barra de un bar hablen entre ellos y salgan de la chica del As. “Hoy hace un frío del carajo”. Que llame a mi padre para decirle que no se le ocurra ir al campo y que si quiere llevarme la contraria se ponga, sí o sí, esa gorrilla de cortijo que le convierte de golpe en el mayoral de la finca que siempre soñó para nosotros. Que la gente recuerde y haga memoria, aunque sea para recordar la última vez que nevó en Jerez.

Es curioso y trágico a la vez. Desde que tengo un hijo, cada noche y a las tantas, me levanto para arroparle aunque tenga su pijama de Spiderman que lo defiende de los malos y del frío. Cada noche, y eso que era de los que duermen de cabo a rabo, superando la media de los mil cuatrocientos sueños al año.

Es aterrador lo del frío. La capacidad que tiene de herir y de matar. De matar a los más indefensos con su arma silenciosa. Aparece para hacer desaparecer todo rastro de vida.

Ayer mi padre me habló del 47. Tenía cinco años. En España no había mantas. El que tenía una -según las palabras de mi padre- era un privilegiado. Él tenía que apañárselas con la tela de los sacos y unos trapos que sólo servían para tapar las vergüenzas.

El 47. Si no me equivoco creo que fue la última vez que nevó en Jerez. No hace tanto de ello.

 

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