Del género

Francisco J. Fernández

Francisco J. Fernández (San Sebastián, 1967). Doctor en Filosofía. Ha sido profesor en la Universidad de Jaén e investigador en la Universidad del País Vasco. Actualmente es profesor de secundaria. Su última publicación: Lycofrón. Diario de clase.

Del género. Humpty Dumpty.
Del género. Humpty Dumpty.

Hablando ayer animadamente con una compañera de purgatorio, en medio de una guardia de recreo de esas, entre el bullicio de los adolescentes condenados a escucharnos, se me ocurrió decir a propósito de no sé qué: “Es que yo no soy tan mala como tú”. Ella, una bendita por lo demás, rio mi boutade, pero yo en seguida, metalingüístico que es uno, me puse a pensar en ese mala que acababa de decir. No era capaz de recordar una expresión parecida salida de mí. Le di vuelta a la situación e imaginé si habría sido posible que ella me hubiera dicho algo como “Yo no soy tan malo como tú”. Y el caso es que no pude dejar de decirme que no, que algo así como una agramaticalidad lo impediría, aun cuando toda una serie de razones fácticas se lo permitirían.

¿Por qué entonces lo primero había comparecido? ¿Por qué había salido de mi boca? ¿Acaso era también una agramaticalidad? De hecho, me parece absolutamente correcto, aunque mi certidumbre no quiera decir nada. No me ha dado tiempo a investigar demasiado sobre el asunto, pero recuerdo perfectamente (por si tuviera alguna relación) que María Moliner atestiguaba el uso de uno como sujeto indefinido empleado por mujer (es decir, en vez de una), pues es como si en esos casos la generalidad de lo que se quisiera decir lo tolerara, pero es que aquí la cosa (medias de Tolosa, llegan hasta la cosa, decía mi abuela) se había feminizado, es decir, mala estaba marcado.

Y cuando una partícula está marcada genera consecuencias bajo forma de prohibiciones (los pies y las manos presos, como decía Miguel Hernández, y no presas, como querrían algunos que se dijera). Esta cabecita mía se puso a pensar entonces en botijos y botijas, en hoyos y hoyas, en pozos y pozas, hasta en toros y toras, llegando más o menos a la conclusión de que entre ese malo y esa mala había algo más que palabras, es decir, que su diferencia no podía sostenerse solamente sobre una dialéctica genérica, sino que algo de otro orden estaba involucrado, algo, claro está, de tipo semántico, algo que se había albardado a las consideraciones morfológicas.

En fin, dejo para los expertos resolver la cuestión porque lo que me importa es otra cosa; a saber: que mi misma dificultad para comprender el mecanismo que gobierna mis producciones lingüísticas es la que tiene todo el mundo para comprender las suyas propias. Nadie es capaz de tener absoluto control sobre su discurso y menos de comprender perfectamente los mecanismos gramaticales empleados. Y, enroscándonos sobre esta bendita dificultad, que todos aquellos intentos por sobreponerse a estos mecanismos inconscientes en función de consideraciones extralingüísticas no son sino conclusiones irrelevantes, quizá bienintencionadas, quizá convenientes desde algún punto de vista, pero siempre ignoratio elenchi.

Efectivamente, no hay amo del lenguaje, aun cuando se sospeche que sí, sino que este se gobierna a sí mismo, a despecho de lo que guste a unos y a otras, a otros y a unas, a los Humpty Dumpty de este mundo y del otro. Que esta imposibilidad de dominio se entienda como un fastidio en vez de una gran suerte es una de esas cosas que no acabo de comprender. Creo que en definitiva todo reside en que no escuchamos cómo habla la gente, atentos solamente a lo que quieren decir, sin darnos cuenta de que lo mejor de esas gentes es lo que dicen sin querer.

En fin, observo en mi patio mi pobre planta de pistacho y recuerdo lo que me advirtió la vecina que me la regaló: esta planta es machía; le falta la pistacha.

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