Calle Alfoli, en Osuna. FOTO: ROCÍO RODRÍGUEZ
Calle Alfoli, en Osuna. FOTO: ROCÍO RODRÍGUEZ

Todos los días, por la mañana temprano, se barría la acera en el tramo de casa, con su tramo de calzada de adoquines de Gerena incluido. Los sábados, había que ir al pozo, que estaba en el corral, tirar fuerte de la soga y con ayuda de la carrucha, elevar el cubo de metal, lleno de agua cristalina, y cruzar la casa, para ejercitar los brazos, lanzándolo a modo de baldeo, previo fregado. El valor de los espacios comunes.

No se veían plásticos, papeles, colillas, ni restos de bares, ni cacas de perro por las calles. Y ya siendo mayor, me di cuenta que no había papeleras en ninguna calle del pueblo. El nivel de responsabilidad y educación de una sociedad es inversamente proporcional al número de papeleras existentes en las calles. La basura llama a la basura.

Gracias a mis padres, desde pequeño, tengo claro que no se tira nada al suelo, prueba de ello es que tengo los bolsillos, siempre lleno de papeles como tickets de la compra o envoltorios de plástico, que cuando llego a casa, va al cubo azul del papel o al amarillo del plástico, según proceda. En el comedor del colegio, mi primer día, con la bandeja tras comer, fui a depositarla en el carro para limpieza, tras depositar los restos indebidamente en el primer gran cubo de los múltiples en fila, que había. Educadamente la señora al cargo, me hizo depositar adecuadamente mis restos, por separado, en su cubo correspondiente, delante de todos mis compañeros. Adquirí inmediatamente mi conciencia de reciclar.

La bolsa de la basura, antes de los contenedores, se depositaba minutos antes de que pasara el camión por la tarde, en una bolsa sin clasificar, no selectivo, sobre las 8:00 horas, o con una carrerilla calle abajo con bolsa en mano, si el tiempo se nos había pasado volando. Una vez llega la recogida selectiva, los contenedores orgánicos, inertes, papel, vidrio, ropa, aceite vegetal usado, pilas alcalinas y botón, puntos limpios de electrodomésticos, tenemos un claro mensaje de circularidad, no dejar una mancha en nuestro discurrir por la vida.

En los bloques de pisos, se contrata la limpieza de zonas comunes y entrada de la calle, produciéndose adicionalmente la limpieza de la entrada, no del acerado que circunda el inmueble. Sin embargo, la papelera del vestíbulo, siempre está a rebosar de propaganda publicitaria, que realiza el camino del buzón a la misma, a la velocidad de un rayo. Y claro, alguno cae fuera. Misteriosamente el efecto llamada se produce –el de atención para su recogida inmediata, se ve que no—, pues un papel hace que se cree la indiferencia ante el cúmulo de la pérdida de papeles. La responsabilidad empieza por uno mismo.

Una vez escuché a un barrendero decir que la papelera concentraba la suciedad, aunque en el interior no estuviera todo, si debajo y a su alrededor. Alguna vez he recordado esos cines de verano, tras la visualización de la película, esa alfombra, mullida, de cáscaras de pipas de girasol y de calabaza, - ya sabéis una cáscara llama a otra, y así muchas veces -, te llevaba sonoramente hasta la salida. En muchos países se prohíbe el consumo de ellas, y en los que lo permiten, te las venden con el cartucho de papel incluido, bajo sanción en caso de no utilizarlo. Libre elección.

Sociedad y suciedad, solo se diferencian en escritura, en una vocal, además en la misma posición de la palabra. Prefiero una gran O, que, si la alargamos con una h aspirada al final, podemos asimilar a un “Oooooooh”, que no una gran U, aplicándole el mismo procedimiento anterior, se asemeja a un “Uuuuuuuh”, tipo abucheo o bronca. Cuesta mucho más limpiar que ensuciar.

La educación en edades tempranas es fundamental para tener una sociedad limpia, las calles, campo, monte, mar y hogar también, por tanto, no podemos ir detrás de cada uno, recogiendo olvidos, descuidos o un “no me he dado cuenta”. Cada uno es profesor y aprendiz. Propongo un premio a la calle, barrio y pueblo más limpio del año. “Todos los días te acostarás sabiendo una cosa más” decía mi abuela.

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