Niños jugando, en una imagen reciente.
Niños jugando, en una imagen reciente.

"Tu besarás al chico o a la chica que te guste más". Jugábamos en la calle, gracias al sol, luz que nos moviliza. Al trompo o peonza, al teje, al elástico, a la comba, la lima, al cielo, cielo voy, al coger, al escondite, la portería de fútbol dos piedras en el mejor de los casos, sobre albero de los alcores y eras a las afueras, donde rodaba el balón, era para fútbol de ligas oficiales. Piedra, papel, tijeras, era ideal para la elección de equipos, al igual que pares o nones.

La varilla dirigiendo el aro – déjame un rato el aro, que voy cansado—, con un palito, dar a un avispero y salir corriendo, era digno de unos juveniles de atletismo, y pasar horas con un espejito, proyectando los rayos solares hacia la entrada del nidal de cernícalos, ubicado en hueco de la muralla árabe, hasta la caída de polluelo, para su cría en cautividad con grillos, saltamontes y pitraco de la plaza, era ser el Feliz Rodríguez de la Fuente.

Oscilaciones sobre columpio, subirse a la higuera para deleitarme con tempranas brevas y posteriores higos, explorador de límites naturales humanizados de nuestro alrededor, son grandes lecciones de aprendizaje de la vida misma. Intangibles.

Una tabla con dos cojinetes era un coche de carreras, cuesta abajo, y el freno de la bici, la suela calentita y gastada del zapato. Y llegó el fútbol, que lo había eclipsado prácticamente todo y vino la pandemia a abrirnos los ojos, que hay vida más allá de la pelota.

Me hablaron de monte del Común de Menores, figura patrimonial, que destinaba los beneficios de su gestión, en pro del sector social más débil –menores de 18 años - en cuanto a recursos y que es fundamental en la sociedad del futuro. Mientras más invirtamos en ellos, mejor seremos, pues no son parte de la sociedad, son sociedad en estado puro. Su educación, valores y dignidad, es el mejor capital humano que podamos darles. 

La sonrisa de un niño no tiene precio. Lo veo en los mayores que se sienten recompensados con una pequeña mueca de la comisura de los labios. Son esponjas, asimilan todo y por tanto son tan delicados, que están en riesgo. Experiencias empíricas, de vida, en las que poder seguir de inspiración en el desarrollo de cada vida, de uno mismo, también es diversidad.

Tendemos a endulzar su vida, más azúcar no amarga, si bien el azúcar no es muy saludable y sospecho que es un factor precursor del Alzheimer.

Cada nacimiento de un niño, tendría que plantarse un árbol con su nombre, en su barrio, calle o plaza, para que lo cuide ofreciendo belleza y paz, además de dar sombra, el mejor aire acondicionado de la calle, y si no, ponerse debajo de un toldo o a pleno sol, dolor de cabeza asegurado.

Siempre que emprendamos una acción, reflexionad como un niño, poniendo en valor esa famosa determinación de “un niño no lo haría". Nos iría mejor a todos.

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