Los libros de la Virgen de la Cueva

Hay una clase de miedo muy poco épico que solo entiende quien trabaja con libros al aire libre: mirar el cielo cada cinco minutos

25 de abril de 2026 a las 20:47h
Una cata en Jerez.
Una cata en Jerez. MANU GARCÍA

Hay una clase de miedo muy poco épico que solo entiende quien trabaja con libros al aire libre:  mirar el cielo cada cinco minutos

No hablo del miedo solemne, ni del literario, ni siquiera de ese que tan bien explotan las novelas.  Hablo del miedo humilde y práctico de quien tiene previsto montar un stand en plena calle con cajas de libros y una previsión meteorológica que anuncia agua con una convicción casi ofensiva. 

Este sábado 25 se celebra Literatura y Vino en calle Larga, una de esas jornadas que, al menos una  vez al año, permiten sacar las librerías a la calle y recordar que los libros también pueden habitar el  espacio público, mezclarse con el paseo, con la conversación casual, con ese lector que no entra  nunca en una librería pero sí se detiene ante una mesa si la encuentra en mitad de su camino. 

Tiene algo hermoso ese gesto. Y también algo temerario. Porque lo organizamos en abril. 

Abril, ese mes al que se le atribuye un aura amable de primavera, flores y Día del Libro, pero que  aquí sigue respondiendo a un refrán bastante más preciso: aguas mil. Ya ayer chispeó. 

Y basta un chispeo cuando tienes libros expuestos para que el entusiasmo empiece a mirar de reojo  al cielo. Porque aquí no hablamos de una carpa bien protegida ni de un montaje a cubierto. Los  stands están sin techumbre. A la intemperie. Con papel, que tiene la mala costumbre de no llevarse  bien con la lluvia. 

Hay algo profundamente absurdo en ver a gente que ama los libros pendiente del radar  meteorológico como si fueran agricultores mirando una tormenta. Pero así estamos. Pendientes del  parte. Calculando nubes. Confiando en que esas previsiones contundentes, que últimamente se  anuncian con una seguridad casi bíblica, fallen por una vez. 

Porque quien no ha pasado horas montando una mesa de libros quizá no perciba lo vulnerable que  es ese pequeño ecosistema. No se trata solo de vender. Se trata de mover cajas, ordenar títulos,  proteger ejemplares, improvisar si cambia el tiempo, salvar portadas si empieza a caer agua. Y,  sobre todo, sostener la ilusión aunque el cielo no acompañe. 

Aun así, nos gusta salir. Nos gusta porque ocurre una sola vez al año y porque tiene algo de fiesta  civilizada: libros en la calle Larga, una copa de vino, conversaciones improvisadas, lectores que  aparecen por sorpresa. Hay un punto casi antiguo en esa idea de sacar la cultura fuera de sus  recintos habituales. Y merece la pena. Incluso con el riesgo. 

Lo irónico es que este año, además, coincide con el MotoGP, de modo que la ciudad estará llena.  Una marea de visitantes que quizá venga pensando en motores y termine, quién sabe, deteniéndose  ante un libro. No sería la peor combinación que ha dado Jerez: literatura, vino y motos. De hecho,  tiene algo muy nuestro. 

Confieso que me aferro un poco a esa posibilidad. A que, si el tiempo concede una tregua, aunque  sea entre nube y nube, la afluencia de gente juegue a favor. Que quienes están estos días en la  ciudad se acerquen a curiosear. Que entren por azar. Que descubran. 

A veces la cultura también depende de esas casualidades. De que alguien pase. De que alguien se  pare. De que alguien compre un libro porque empezó buscando otra cosa. Pero antes hay que  superar el examen del cielo.

Y esa es ahora mismo la preocupación silenciosa de quienes estaremos allí el sábado. No la falta de  público. No las ventas. No si la programación funcionará. La lluvia. Que parece un problema menor hasta que se trabaja con papel. 

Supongo que hay algo casi simbólico en que el Día del Libro, que tanto celebramos, venga siempre  acompañado de esta pequeña incertidumbre atmosférica. Como si la realidad se empeñara en  recordarnos que los libros, por mucho prestigio cultural que les atribuyamos, siguen siendo objetos  frágiles. Como nosotros. 

Y quizá por eso tienen tanto mérito estos empeños. Porque se hacen pese a todo. Pese al pronóstico.  Pese al riesgo de acabar tapando novelas con plásticos improvisados. Pese a ese chispeo que ayer ya nos puso a todos a hacer cálculos. 

Solo queda esperar que abril, por una vez, desobedezca a abril. Que el sábado el clima sea  benévolo. Que calle Larga se llene. Que incluso los visitantes del MotoGP se acerquen a vernos. Y  que los libros, por un día al menos, le ganen la partida a las nubes.

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