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Cada vez son más las voces que claman por desandar lo andado y volver a las monedas propias, a las fronteras, las aduanas… 

Se diluye el fantasma de la escisión europea a golpe de urna, y bien que nos pusieron el cuerpo malo primero con Austria, luego con Holanda y hace unos días con Francia, por la amenaza de la ultraderechista y anti europeísta Le Pen.

Salvado el primer match ball, que habrá de ratificarse en segunda vuelta cuando el Albert Rivera francés (Macron) se lleve el gato al agua, no deberíamos quedarnos tan alegres en casita pensando que el peligro pasó. Al contrario: esto no es más que la señal de que los tiempos cambian, y cada vez son más las voces que claman por desandar lo andado y volver a las monedas propias, a las fronteras, las aduanas… ¿y qué hemos hecho mal para que haya germinado la semilla de la desilusión en el proyecto europeo?

Supongo que son muchos factores, aunque llamaba poderosamente la atención las encuestas a pie de urna en Francia cuando los votantes, refiriéndose a la clase política, se expresaban en idénticos términos que nosotros, por ejemplo: “todos los políticos son iguales”, afirmaba alguno con amargura. Es evidente que la enfermedad está instalada en la sociedad europea, y además es contagiosa.

Me temo que los ciudadanos, tras una crisis que ha afectado principalmente a los más desfavorecidos y la clase media, tienen la sensación de que el crédito se ha agotado. Que ya no volverán a caer en promesas vacías. De ahí la hecatombe de los grandes partidos clásicos y la aparición de los llamados “partidos emergentes”, que no son de exclusividad española, como se ha podido comprobar.

Macron ahora, puede convertirse en el primer líder de uno de esos nuevos partidos, que accede al Gobierno… ¡¡y nada menos que al Elíseo, cuna de la construcción europea!! Los tiempos cambian, y la desilusión se ha convertido en un poderoso catalizador que consigue el efecto contrario: ilusionar, movilizar a un electorado que permanecía apático a la espera que el sillón lo ocupara otro distinto que vendría a hacer lo mismo que los demás. Pero entre medias, se confunden los discursos, y algunas de esas voces ilusionadas lo hacen en forma de huida de Europa, como si el antídoto a todos los males estuviera lejos de la Unión.

Europa no tiene la culpa. Los responsables de todo esto son los que han pilotado el proyecto de espaldas a la gente y de cara a una banca voraz, que ha fagocitado no solo el dinero sino las  voluntades. Y por desgracia eso está instaurado en el ADN de muchos países, no necesariamente europeos. De momento, recemos para que el soufflé Le Pen termine de bajar, y para que Macron sea consciente de que ahora toca gobernar sin caer en viejos vicios. ¿Será Macron parte de la solución o un nuevo problema? Ya veremos…

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