Fernando Savater, protagonista del mitin de Ciudadanos en Rentería. FOTO: CIUDADANOS
Fernando Savater, protagonista del mitin de Ciudadanos en Rentería. FOTO: CIUDADANOS

Aunque hoy, en 2019, suene extraño, hubo un tiempo en el que Fernando Savater (San Sebastián, 1941) era fiel reflejo de la modernidad; en una España que despertaba de un triste y prolongado letargo, sus escritos, que caminaban entre la filosofía y los dilemas antropológicos, avivaron el interés por el humanismo en millones de lectores en todo el mundo. Con un lenguaje sencillo y didáctico, Savater llegó a despachar, atención, 38 ediciones de Ética para Amador, un pequeño ensayo en el que explicaba con agudeza, talento y fina ironía el significado de la ética a su hijo adolescente. Si hubo una figura de consenso y admiración entre la progresía española sin duda que fue la de Savater.

El entonces simpático intelectual —y notable escritor— ha quedado reducido a un guiñol uraño y resabiado cegado por la bandera rojigualda. Ayer lo vimos en Rentería, San Sebastián, pueblo en el que a Ciudadanos apenas lo votaron en las últimas autonómicas 348 personas, vociferando el discurso de la confrontación. Todo porque Albert Rivera necesita más que nunca un escenario polarizado. Allí estaba él, riéndole las gracietas en primera fila, jaleando y encendiendo a un público foráneo llegado en autocar desde otras latitudes y que el día del mañana olvidará ese municipio. Sin decir una palabra sobre algo tan constitucionalista como el techo, la comida, la dignidad o los derechos humanos (siempre obvian estos artículos, maldita casualidad), pero con la lengua suelta y viperina en torno a quienes no sienten la bandera como él. Estuvo hablando de “bárbaros”, “rebuznos”, “cencerros”, “pazguatos” e “intolerantes” sin mirarse en ningún momento al espejo.  

Si el Savater de ayer viajará a nuestro presente en un Delorean seguramente quedaría estupefacto al verse ayer en Rentería convertido en algo parecido al bufón de la corte. El mismo que va soltando improperios a los independentistas y a la gente que vota a la izquierda desde su tribuna de nacionalista resentido en El País. El mismo que echa carbón a la caldera política, pese a ser necesaria más que nunca la tranquilidad, la mesura y el diálogo que fomentaba en sus viejos textos.

El pueblo de Rentenría respondió así al mitin de Ciudadanos. FOTO: TWITTER @jateraysa

Que Savater, Rivera, Casado, Abascal y los verdaderos patriotas de este país tienen todo el derecho del mundo a realizar un mitin o una entrevista en cualquier punto de España nadie lo pone en duda, faltaría más; tampoco se duda que sus visitas recientes a Rentería, Alsasua y los distintos feudos del independentismo en Cataluña responden a esa cínica ansia de caldear el ambiente bajo un leitmotiv electoral. Nunca se sacó tanto rédito de soplar al fuego. 

Savater actuó ayer para Rivera como Karanka para Mourinho, cual gregario de la trifulca. Llegó con su bidón de gasolina abanderando la libertad (que me temo que confunde habitualmente con el liberalismo), ocupó la agenda mediática durante buena parte del domingo y se largó. A su paso, dejó un ambiente enrarecido y a la opinión pública dividida y tirándose los trastos en las redes sociales. Seguramente consiguió su propósito de alimentar el rechazo hacia los independentistas, pero… ¿a qué precio? ¿A costa de estar mañana más divididos y enfrentados? ¿De resquebrejar la convivencia?

Del conciliador filósofo que a principios de los noventa escribía a su hijo aquello de que “el sistema político deseable tendrá que respetar al máximo las facetas públicas de la libertad humana: la libertad de reunirse, de separarse de otros o la de expresar las opiniones [...]”, del pensador constructivo, ético y tolerante que prefería la concordia entre los pueblos ya queda muy poco, casi nada.

Ni siquiera el carisma.



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