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España no es un país, es un estado de ánimo. El hartazgo y el aburrimiento con la clase política va camino de alcanzar dimensiones nunca vistas antes en democracia como consecuencia del bloqueo para la formación de gobierno y de los casos de corrupción que inundan todos los días nuestras pantallas.

Recuerda esta situación la vivida con posterioridad al desastre de 1898, cuando se perdieron las colonias de Cuba y Filipinas. En aquel tiempo, existía un sistema bipartidista o turnista basado en el caciquismo y el pucherazo electoral, que se había establecido con la restauración borbónica de 1876 y que pronto entraría en crisis. Fueron tiempos en los que, como hoy, se habló de regeneración de la vida pública, aunque sin mucho éxito.

Sin duda, el estado de ánimo de aquella época quedó retratado en un artículo sin firma publicado en el diario El Tiempo titulado Sin pulso. En realidad, la autoría del mismo corresponde al político conservador Francisco Silvela, quien llegó a presidir el Consejo de Ministros, apodado El Caballero de la daga florentina por su contundente oratoria. En el mismo, Silvela comparaba la salud de España con la de un cuerpo humano que careciera de pulso, una especie de zombie colectivo.

Algo de eso nos pasa hoy en día. Ante la miseria moral a la que nos tienen sometidos nuestros gobernantes, solo dos respuestas quedan en pie. La pasividad cuando son intereses generales y la agresión y el pataleo cuando son intereses particulares. Las movilizaciones surgidas a raíz del 15-M parecen haberse diluido en la cómoda vida parlamentaria. Será que el cansancio de tanto caso de corrupción nos tiene anestesiados. Sin embargo, se echa en falta una respuesta democrática que muestre el rechazo de la sociedad ante estos hechos.

Rajoy, en campaña por Galicia, atribuye la corrupción a la condición humana. Esto equivale a considerar que todos somos corruptibles por naturaleza. Yo soy de los que piensan que el ser humano es capaz de ser solidario con los de su especie, y no solo de buscar su interés particular. Pero eso no quita que se sigan dando casos de corrupción. Por tanto, la tarea consiste en perfeccionar nuestra democracia haciéndola más transparente, en acercarse al modelo de los países escandinavos, más participativo también.

He sostenido en estas páginas que el Partido Popular, como ganador de las elecciones del 26-J, y dado que cuenta con el apoyo de Ciudadanos, debería formar gobierno, dada la ausencia de una alternativa viable en la izquierda. Pero, desde luego, no nos merecemos un presidente que justifique la corrupción apelando a la condición humana. Este hombre, Mariano Rajoy, debería dar un paso atrás y ceder su puesto a otra persona de su partido no tocada por ningún caso de corrupción.

La regeneración política es posible. En un parlamento sin una mayoría clara pueden formarse coaliciones diversas que pongan dique a las arbitrariedades del Gobierno al respecto. Pero, para ello, también es necesario contar con la participación activa de la ciudadanía. La pasividad solo puede llevarnos a lo que Francisco Silvela decía al comienzo de su famoso artículo: “Quisiéramos oír esas o parecidas palabras brotando de los labios del pueblo: pero no se oye nada; no se perciben agitación en los espíritus ni movimientos en las gentes”.

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