Uno de los pabellones de Ifema, durante la pandemia.
Uno de los pabellones de Ifema, durante la pandemia.

Acaba de estrenarse la segunda temporada de Estado de Alarma en todas las plataformas. Una necesaria emisión por entregas cuya línea argumental será doble. Por un lado la aparición de nuevos líderes en la serie y la capacidad de gestión de los líderes de la primera temporada y los recién aparecidos en la segunda. Por el otro, la gestión de los enfermos y muertos que se prevén con los tráileres ya emitidos. El primer capítulo se emitió ayer domingo entre una gran expectación, estreno que satisfizo la expectativas más pesimistas, si atendemos a la frase del presidente de la productora que quedó resonando en el ambiente: La batalla será dura, pero con disciplina social, resistencia, unidad y moral de victoria lo volveremos a lograr.

La pandemia está adquiriendo dimensiones gigantescas imposibles de negar incluso por los negacionistas más bizarros. Había motivos más que suficientes en EE. UU. y Brasil, además de en China, para comprender que el incremento de enfermedad y fallecimientos en un muy corto espacio de tiempo no resulta comparable con el resto de enfermedades hasta ahora registradas excepto otras pandemias. Además, que la misma enfermedad ha alcanzado a todos los rincones del Planeta con apenas alguna excepción rarísima. El desbordamiento en la capacidad de asistencia de los centros hospitalarios es una prueba patente de la situación desesperada, y que condujo en todas partes a instalar o prever la instalación de hospitales de campaña en muchos países del mundo.

La pandemia tiene, además, el aspecto de teatralización televisiva en el que está inmersa la práctica de la política, exactamente como si se trata de una serie más de cualquier plataforma o emisora de televisión, en lo que los medios escritos, en papel o en soporte digital, pugnan también por la atención del público y por una mayor penetración para las ideologías que representan. Tampoco en esto se puede decir, en mi opinión, que todos los medios sean iguales. Ayer apareció en los conocidos como medios conservadores la noticia de que Suiza no ingresará en la UCI a ancianos con covid-19 si hay saturación hospitalaria. La noticia que publicaban los medios españoles tenía su origen en el diario conservador La Stampa, de Turín. También encontró en los medios suizos resonancia, aunque sin la afirmación del titular que ofrecieron los medios españoles y la propia La Stampa: Suiza elige: niega la reanimación a los ancianos. El titular de telebasel era ¿Se convertirá Suiza en la segunda Bérgamo? 

El protocolo de la Academia de las Ciencias Médicas de Suiza, al que se hace referencia, tiene fecha del 24 de marzo pasado, y sobre el que el 3 de abril pasado informó, críticamente, la emisora suiza SRF con una entrevista de Teresa Delgado a Peter Burri, portavoz de Pro Senectute. ¿Por qué aparece ahora, de pronto, esta noticia y con ese titular? El protocolo de actuación para médicos, que convendría leer, nunca hasta ahora ha sido llevado a la práctica, aunque la situación de Suiza en la actualidad empieza a ser crítica, con muchos hospitales en los umbrales de sus capacidades máximas. No sabemos todavía si, como en el pasado, habrá pacientes a los que se enviará a Alemania para su tratamiento o si las autoridades suizas han previsto un plan e emergencia extraordinario.

Sin embargo, llama la atención que, a diferencia del protocolo que la Comunidad de Madrid, por ejemplo, impuso a las residencias de mayores, el protocolo que ahora se critica es un protocolo exclusivamente médico ante una situación de catástrofe. Igualmente llama la atención que los medios que antes se han lanzado a la expansión de esa noticia sean mucho menos críticos con el neoliberalismo que ha llevado a que los sistemas nacionales de salud hayan perdido, desde hace años, el concepto de sanidad universal real como un sistema al que todøs tienen derecho con independencia de sus capacidades económicas.

El titular tomado de La Stampa, y sobre Suiza, no va seguido, curiosamente, por la columna muy crítica dedicada en el nzz de Zurich a la gestión de Isabel Díaz Ayuso este mismo sábado.

La economía se arruina. El lenguaje y la ideología están detrás de todo, a pesar de la insistencia en que las razones para la gestión son puramente técnicas. Precisamente es en los hospitales donde las razones son médicas técnicas, y cualquiera que haya estado una vez en una situación de catástrofe sabe que, con miles de enfermos, o heridos, y las capacidades limitadas para salvar vidas, se hace necesario elegir. Tomemos el simple caso de un accidente múltiple a cuyo lugar llega un solo helicóptero. El médico deberá valorar a quién se traslada primero. Lo que los medios que espolvorean una noticia del mes de marzo no cuentan es el motivo de esa noticia en este momento ni ponen en solfa la ética que sostiene la transformación de los sistemas de sanidad nacionales en un negocio, por cierto muy ineficaz para la sociedad.

Se ha ido desarrollando un lenguaje, que ya asume una gran parte de la población, con el que se considera, en primer lugar, la catástrofe económica y deja en segundo plano la seguridad sobre la salud y las vidas de las personas. ¿Tiene esta nueva jerarquía un mejor sistema ético que la sostenga? ¿Es más ético elegir, en situación de catástrofe y escasez absoluta de medios, a qué pacientes se tratará y cómo que poner la economía por delante de la salud y la vida de toda la población? Es un lenguaje que incluye  también que lo importante es que haya capacidad hospitalaria y deja en segundo o tercer plano el hecho mismo de enfermar, o de quedar infectado con la posibilidad, todavía no estudiada, de consecuencias negativas futuras en la salud. Es como si se aceptara que infectarse o enfermarse fuera un mal necesario y que sería un destino contra el que nada se podría hacer, pero la economía es una realidad a favor de la cual todo, hasta lo imposible, debe ser realizado.

Desde la primera ola hubo tiempo, también, para haber desarrollado planes de formación para vivir en pandemia. Mostrar a las personas cómo podemos movernos en el espacio público protegiendo a los otros y a nosotros mismos. Qué cambios en nuestras vidas deberíamos acometer para vivir conforme a una pandemia de estas dimensiones. Pero lo que más hubo fue prisa por regresar a la vieja normalidad, que abrieran los bares y las terrazas, aunque los teatros permanecieran cerrados. Nada se hizo, excepto actuar como si la magia médica pudiera borrar con una vacuna, que estuviera al caer, todo el problema, para que la vida económica siguiera igual. Y ahora vuelve el lenguaje cuartelero, marcial, militar, aunque ahora la escenificación haya decidido prescindir de los uniformes en la tele: La batalla será dura, pero con disciplina social, resistencia, unidad y moral de victoria lo volveremos a lograr. Y se apela, además, a los jóvenes, se comprende que quieran vivir, pero hay que quedarse en casa después de volver de clase o del trabajo. ¿A nadie se le ha ocurrido en tantos meses organizar conversaciones en radios y televisiones sobre alternativas serias de ocio y relaciones corpóreas con amigos y conocidos? Se pensaba que la magia médica lo resolvería todo, la magia. Y la televisión autonómica de Madrid saca a un enfermero voluntario para darle la noticia al pueblo: La vacuna saldrá antes de navidad.

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