Foto hecha a través de las gafas de Pablo Martínez-Calleja.
Foto hecha a través de las gafas de Pablo Martínez-Calleja.

La pandemia va a quedarse y, según afirma el prestigioso epidemiólogo Klaus Stöhr, nos contagiaremos muchos de nosotros, lo que no significa que todos los contagiados enfermen, ni que todos enfermen gravemente. El virus seguirá brincando por ahí y lo importante es aprender a vivir con el virus y en pandemia. Son cosas que ya decía Stöhr al principio de esta primavera y que ahora vuelve a repetir. Este jueves lo volvió a decir en el programa de Markus Lanz en el canal ZDF y desde entonces no dejan de citarlo y entrevistarlo los periódicos. Algo incomodo se sintió el alcalde presidente de la Ciudad-Estado de Hamburgo en varios momentos por las críticas que recibió como representante de la política.

Su colega el Prof. Drosten, catedrático y director del Instituto de Virología de la Charité de Berlín, coincide con él en muchas cosas aunque difiere en los detalles de la vía sueca, por ejemplo en la ya famosa inmunidad de rebaño. Ayer mismo, el Prof. Drosten afirmaba que “para el domingo de Pascua próximo la pandemia no habrá acabado y durante el próximo verano, lo más tarde, nuestra vida podrá cambiar a mejor”. Christian Drosten recomienda que cambiemos nuestro modo de percibir la infección para contenerla entre todos: “Lo mejor sería que todos hiciéramos como que estuviéramos infectados para que protegiéramos a los otros de ser contagiados por nosotros”. Ahora estamos haciendo lo contrario y los contagios aumentan.

Las autoridades alemanas acometieron varias acciones de policía y “protección constitucional” con la aparición de la pandemia en primavera. Se sabía, y se sabe, que grupos de ultraderecha utilizarían una situación como la presente para tratar de sembrar el caos e intentar desestabilizar la democracia y los gobiernos legítimos.

La pandemia es ya una metáfora también, la de las gafas cuando se lleva máscara y hace frío. Una neblina cubre nuestros ojos y muchas veces nuestro entendimiento. No podemos ver claro. El problema es demasiado grande y, sobre todo, demasiado complejo. Hubiera sido de agradecer que todas las autoridades, también las autonómicas y la oposición, hubieran pensado en todos los extremos de esa complejidad. La oposición de las derechas españolas estaba demasiado ocupada en intentar presentar al nuevo Gobierno como ilegítimo, cosa absolutamente falsa, para derribarlo. De esa actitud llegaron los cayetanos, primero, y ahora las algaradas de ultraderecha en no pocas ciudades: salen a destruir el orden público, e intentan hacer lo mismo con el constitucional. Es el peligro más claro contra el orden constitucional.

La pandemia ha empañado los ojos de no pocos gobernantes, les hace perder una mirada completa, de contexto, y han entrado en estrés ante el temor de que las derechas ultras puedan llegar a desestabilizar las democracias. La desescalada fue un grave error, lo mismo en España que en Alemania, porque no se había preparado con suficiente cuidado. Se olvidó preparar a la población para lo que vendría, o no se quiso. Los gobernantes y las oposiciones querían regresar a la famosa normalidad, a la que llamaron nueva como en la película de Visconti, El Gatopardo. Pensaron que diciendo nueva podrían mantener la vieja. Abrieron las tiendas, devolvieron el hormigueo humano al centro de las ciudades y regresó el turisteo. Los metros y autobuses seguían llenos, se decía que eran seguros; hoy se recomienda seguir yendo en metro, pero no hablar para impedir el contagio.

Por ninguna parte se planteaban conversaciones sobre alternativas de vida para vivir en pandemia. Se relajó la divulgación de la cultura higiénica y se creyó en que una vacuna caería del cielo, ¡porque nosotros lo valemos!, y la pandemia habría sido un mal sueño. Tal era la prisa porque acabara la pandemia en España que la oposición insistía en celebrar funerales de Estado cuando todavía muchas personas seguían muriendo todos los días. Ceguera, incredulidad basada en un egocentrismo insoportable de que los seres humanos somos el centro del Universo y no nos puede pasar esto: ‘habrá bajas, pero ganaremos la guerra’, decían con lenguaje cuartelero, altisonante y ridículo. En eso se tuvo mucha más cordura en Alemania, y sobre todo mucha más empatía y emoción democrática.

Seguimos sin programas en la tele que hablen de otra cosa que no sea quién tiene la culpa de qué, en la disputa partidista, o en atiborrar de números y gráficos a los espectadores como si toda la población española se hubiera doctorado en estadística y epidemiología. No hay conversaciones empáticas, no hay alternativas para que todos puedan comprender que hay que cambiar el estilo de vida, y que podemos cambiarlo. De cuando en cuando se administra la propaganda favorable a una vacuna rápida, como si de la vacuna misma se tratara, para que nadie se ponga a pensar ni a cambiar nada. Es como si hubiera una consigna secreta para que todøs sigamos manteniendo las mismas expectativas y los mismos deseos en la vida que hasta antes de la pandemia. Pero no será así, empezando por que si llega una vacuna no llegará antes de muchos meses. Nada volverá a ser lo que fue, deberíamos empezar a aceptarlo.

Quizá debamos pensar, lo mismo en Alemania que en España, que el ocio está también fuera de las terrazas y de los restaurantes. Que hay otras posibilidades de vernos con nuestros amigos, de comer y conversar de otros modos. Mis amigos y yo pasamos frío. No entramos en ningún local cerrado. Nos tomados nuestro café en la calle, sentados con toda nuestra ropa de invierno, a la que yo añado una camiseta especial para no cogerme una pulmonía. Nunca antes fui tanto en bicicleta en invierno y sigo saliendo al bosque, donde mantengo la distancia igualmente. Estar tanto tiempo fuera robustece nuestro sistema inmunológico, y para el caso de que pudiéramos infectarnos estaremos más fuertes. En nuestra cuadrilla hablamos y tenemos claro que podremos infectarnos algunos o muchos de nosotros, y aceptamos con tranquilidad que pueda ocurrir. Actuamos con cuidado y por ello sabemos que si algo nos ocurre no será por dejadez sino porque somos un granito de arena en este Planeta.

Usaremos termos para llevarnos té o café al río o al bosque, respetando el máximo número de diez personas y manteniendo las distancias. Cada vez percibo más en los ojos de tantas personas el deseo del abrazo. Con los ojos también vale. Nuestra comunicación por WhatsApp o por las redes ha cambiado algo, compartimos más belleza con fotos, superminirelatos, o comentarios. No alimentamos en nosotros la ira, nos declaramos tristes y nos conjuramos, literalmente, a sostenernos entre todos. Unos amigos me dejaron uno de sus perfiles libres de una plataforma para que pudiera ver películas si quisiera. Nos sentimos tristes y nos lo decimos, pero no nos cabreamos ni saltamos en ira contra los elementos: por suerte ninguno de nosotrøs tiene esos arranques épicos absurdos y condenados a la más triste e innecesaria derrota. Nos conjuramos para vernos en la calle, incluso sin café ni no puede ser, y decirnos, aunque solo sea, unos buenos días a dos metros de distancia, con mascarilla desde hoy mismo.

La democracia se resiente, y esto es tema de conversación también. El estado de alarma de seis meses con controles demasiado prolongados es un daño contra el control parlamentario. El control parlamentario no puede sufrir más o seguiremos erosionando la calidad democrática de nuestra sociedad. Tampoco la mano dura es expresión ni actitud que en estos tiempos sea la correcta contra toda la sociedad. Del mismo modo que no se debe criminalizar la protesta, cualquiera que sea, y es imprescindible diferenciar entre los altercados y algaradas de los cayetanos o de estos días pasados, y las protestas absolutamente legítimas por pacíficas, respetuosas del bien común en pandemia y democráticas.

Los que salen a protestar para que les devuelvan lo que les han quitado, necesitan hacer culpable a alguien de que les haya quitado ese algo: el Gobierno. Les cuesta mucho comprender la fuerza de la naturaleza y la pequeñez humana como un elemento más de la Naturaleza, por cierto muy destructivo. Nadie les ha quitado nada, o se lo ha quitado la codicia. Pero esos que protestan así se creen dueños y señores únicos de la Naturaleza. Este es uno de nuestros problemas como especie: nos creemos el ombligo del Universo, y somos una grano de arena.

En Alemania se critica cada día con más intensidad que los parlamentos hayan sido apartados de las decisiones de los gobiernos. Un único ministro presidente, Ramelow, pidió que se activara el mecanismo de las Leyes de alarma para activar el concreto control parlamentario del Bundestag sobre las acciones del Gobierno en pandemia. A diferencia de España, donde los hechos han llevado a convertir la conocida como conferencia de presidentes, institución inexistente, dado que la institución adecuada sería un Senado territorial y no el inservible Senado actual, Alemania si tiene un Senado territorial federal, el Bundesrat, que debería ser el marco de las reuniones de presidentes. Finalmente es así que el Gobierno federal no recorta las libertades; son los gobiernos federados, que se oponen a la Ley de alarma para no perder poder. Claro que existe un tabú hacia la declaración del estado de excepción en Alemania, pero aumentan las preocupaciones por la posibilidad de que con la Ley de protección contra las enfermedades infecciosas se presente la policía en casa. Cualquier recorte a la plenitud constitucional debería estar controlado por el Parlamento, con puntualidad y de forma periódica. Aquí no hay toque de queda, pero sí limitaciones a las libertades públicas que los parlamentos deberían controlar.

Una pandemia puede causar heridas en nuestros sistemas democráticos y es imprescindible estar atentos. Apelar a la urgencia no es suficiente, de ninguna manera; además hemos visto cómo han perdido el tiempo o lo han saboteado desde la oposición en España. En Alemania se quiere evitar, parece, una demasiada relevancia social del grupo parlamentario de ultraderecha. No parece suficiente excusa en ninguno de los dos casos. China no lo ha manejado mejor, con lo que los sistemas autoritarios no son mejores tampoco en materia de pandemias.

Necesitamos otro tipo de entretenimiento en los medios de difusión, simplemente porque estamos ya en otra realidad y porque la gente está cada vez más harta de los modelos televisivos todavía actuales. Y la sociedad tampoco debe esperar que los actuales canales cambien como lo estamos necesitando. Tenemos que presentar alternativas y hacerlas llegar a todøs. Es el momento de la solidaridad que apoye las despensas vacías, pero también hay que apoyar la cultura, el entretenimiento, el cariño social, la empatía. Necesitamos estar juntos, crecer juntos. Que nadie se haga ilusiones, porque esto va a durar mucho.

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