Ramón de Carranza no mereció llevar el nombre del Estadio nunca. Pero ha sido así durante décadas y ya forma parte del paisaje.
Los que tenemos la doble condición de cadistas y atléticos estamos viviendo un año de desasosiego musical. Ya no acudimos a millares al estadio Vicente Calderón “a buscar fútbol de emoción” y parece que pronto tampoco vamos a llenar de esperanza “cada rincón, cada escalón”, de nuestro Carranza. Hasta los himnos se resienten de los cambios de nombre.
La reacción ante el cambio de una costumbre arraigada siempre es el rechazo. No importa que te compren un sofá más mullido, si tú estabas a gusto con el tuyo. Luego, te lo remplazan, te acostumbras, y el día que te lo quieren volver a cambiar hablas de él como un derecho consuetudinario que nadie puede quitarte, aunque tú mismo renegaras de él al principio. Así indefinidamente. Cambien sofá por divorcio, o matrimonio gay, y también sirve. Se llama progreso.
El problema es que cuando la justicia tarda, se desvirtúa. Ramón de Carranza no mereció llevar el nombre del Estadio nunca. Pero ha sido así durante décadas y ya forma parte del paisaje. Por desgracia, la inmensa mayoría de gaditanos apenas saben de él que fue un alcalde de Cádiz. Los más atentos incluso saben que el del Puente es otro Carranza distinto. Hoy en día este paisaje no molesta porque la mayoría de quienes vivieron aquello directamente no están y casi que crea más inconvenientes cambiarlo que beneficios. Pero creo que es lo justo. Aunque da igual lo que yo crea. Hay una ley y hay que cumplirla. Y, a ser posible, cumplirla de una sola vez y poder dedicar las energías a otra cosa, y no a estar enredados todo lo que queda de mandato en procesos participativos de cambiar nombres: ahora el Puente, ahora los Jardines, luego la calle de copas… Al final se va a votar más veces aquí que en Cataluña.
En el caso del Estadio, como es fútbol y ahí cualquier indocumentado tiene opiniones cualificadas, me sumo a esta divertida tertulia de bar en que se ha convertido la política gaditana, mientras los problemas de verdad siguen ahí fuera. Seamos prácticos y pongamos un título con una rima supercachonda, tipo La Condomina, para facilitar la labor de las agrupaciones de carnaval, lo realmente trascendente para la ciudad. Creo que hay bastantes nombres, Irigoyen es uno de ellos, que lo merece más que Mágico González, a quien casi hay que secuestrar para que vuelva de visita a la ciudad donde todavía se le idolatra. Además, ya hay un estadio que se llama así en El Salvador. Esperemos, al menos, que no le dé a algún gracioso por organizar una campaña y terminemos teniendo el Estadio Chikilicuatre.
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