Protestas contra la guerra en Ucrania.
Protestas contra la guerra en Ucrania.

Una exposición de fotografía en 2020, ¿Normalidad en guerra?, de Adolf Hermann, iba acompaña por un comentario: “Que las tomas oculten la existencia de la guerra no debe reducir su significado. Todo lo contrario, las fotos muestran la necesidad humana de apartar la guerra a un segundo plano, al menos por momentos, tanto como sea posible.”

La guerra es un peligro demasiado grande y lo apartamos de nuestra vista, de nuestra vida cotidiana, al menos momentáneamente, porque de lo contrario nos paralizaría o nos llevaría a una rebelión de incalculables consecuencias. Normalidad y guerra son dos elementos que conviven siempre y nunca sin problemas. La alegría, por ejemplo, supone un problema moral en una situación, la de una guerra, en la que la muerte y el sufrimiento de miles de personas es permanente. Los propios gobiernos implicados activan la normalidad de la alegría para elevar el ánimo de la tropa con espectáculos que los hagan escapar del verdadero peligro de morir y los sitúen, mentalmente, ante objetivos deseables y ajenos a la batalla; que les proporciones la idea de que solo si ganan la batalla volverán pronto a sus casas para poder lograr esos objetivos sugeridos por el espectáculo que acaban de ver: la familia, un amor, etc.

La población civil que sufre esas guerras ha venido desarrollando su lenguaje de la resignación con expresiones como la vida sigue, qué le vamos a hacer, etc., que le permitirían la risa y hasta una verbena, a pesar de los moralistas que quisieran exigir un luto estricto y permanente. Ni siquiera la moralina de los gobernantes permite la falta de alegría a la población, aunque pudiera faltar el pan.

En la invasión contra Ucrania estamos viviendo una guerra como quizá antes no la habíamos percibido. La guerra de los Balcanes, 1991-2001, estuvo mucho más cerca, geográficamente, para muchos europeos occidentales, pero la invasión de Ucrania está más cercana en imágenes y reportajes. La guerra contra Ucrania es la guerra más real, probablemente, que muchos europeos han vivido antes desde fuera del territorio del conflicto. Seguramente esa cercanía informativa nos implica moralmente con más intensidad, pero las sociedades europeas están ocupadas con otras cosas.

El otro día escuché a una persona que preguntaba, protestaba, por el armario gris y feo que hay delante del precioso ayuntamiento donde vivo, en Alemania, y la respuesta fue que de ese armario sale por la noche la bandera de Ucrania y esa es nuestra aportación contra la guerra. Me dejó pensando. Pensé que la luz que sale de ese armario, por las noches, para iluminar el edificio del Ayuntamiento, funciona como un ritual, que una vez realizado deja tranquila a la comunidad que lo ha llevado a cabo. Ya está hecho lo que había que hacer contra el mal y ahora podemos seguir con lo que estábamos. No es ironía, es parte de la necesidad humana, era parte de las necesidades humanas menos desarrolladas e informadas que las nuestras.

El ritual desactiva la protesta activa y alimenta la buena conciencia de haber hecho lo necesario para poder seguir con esas vidas llamadas normales, esa vuelta a la normalidad puesta tan de moda durante la pandemia pero practicada en todas las guerras, conflictos y situaciones problemáticas. Que el ser humano arcaico actuara así parece comprensible; que el ser humano actual desee seguir actuando así parece un acto de cinismo, una mentira, un trampantojo, porque en nuestra memoria colectiva está guardado el idealismo y la burla contra el idealismo.

Tengo la impresión de que las sociedades actuales europeas son enormemente cínicas, enormemente mentirosas y quizá tengan razón otras sociedades cuando nos critican como sociedades desarboladas, sin ideales y sin valentías. El capitalismo insaciable es el que nos ha traído aquí tras irnos despojando de muchas de nuestras cualidades humanas, o después de habernos convencido de que somos la sociedad más humana, más estupenda y feliz, lo que viene siendo la mayor mentira nunca antes pronunciada.

Si la guerra nos parece repugnante deberíamos hacer algo contra la guerra, y todos sabemos que decir que no nos gusta la guerra en la playa tomando el sol o con una cerveza en la mano no basta. Sabemos que solo las protestas que alteran la normalidad pueden parar la guerra: todas las guerras. Nos hicieron creer, a los individuos, que éramos muy grandes, pero descubrimos que somos muy pequeñitos y todos los problemas se nos hacen inmensos, así que nos escondemos en nuestra presunta vida normal. O peor, creemos que somos superiores y que son otros los que se tienen que ocupar de las protestas, o nos creemos en el grupo de los elegidos, convencidos de  que una Ley natural nos ampara. Romper ese círculo vicioso es parte de la solución.

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