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Leer. Escribir. Editar. Organizar tinglados. Gestionar páramos y enemigos. Y amar, por encima de todo, aquello que se hace.

Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
—supervivo de todos los naufragios—,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.

—Gloria Fuertes. 

El compañero de este medio, poeta, y sobre todo amigo, Sergio Moreno escribía aquí sobre el desánimo y el esfuerzo que supone recuperar la esperanza, que a lo mejor, no llega a perderse, pero es esquiva. El desánimo ante las decepciones. El desánimo e incluso el abatimiento. La perplejidad ante las egomaquias, las carreras de obstáculos, el pie en el cuello, las manos estranguladoras y toda la suciedad inimaginable que tapona un camino que tendría que ser diáfano, llano y sin problemas.

Lo que realmente sorprende es que ese camino es el de la cultura, en concreto, aquel que lleva a la gloria literaria. Muy pocos son los que realmente pueden vivir bien de lo que escriben, de lo que publican. Menos son los que disfrutan del prestigio, del éxito y los baños de masas en las presentaciones y firmas. Y los que están ahí, en una atalaya de avistamiento de tiburones, son los de siempre, o los nuevos, que ya son los siempre, también. Aunque es un sinsentido, pues son ellos los tiburones, y en el mar apenas quedan depredadores.

Marwan es solo uno, y algunos marwancitos lo intentan, e incluso se pegan el pegote marinero de afirmar que eso en lo que trabajan, no es literatura, sino tripas, casquería, sexo a corazón abierto, que vende y vende bien. Y esa editorial con nombre de artista mejicana mítica (ya mito trillado), no se equivoca en absoluto, aunque nos equivoque a todos. Más bien juega. Y oigan, les alabo la estrategia si ahora rectifican y publican a los de siempre, pero que al menos escriben. Quiero pensar que es sentido común, o dignidad. Pero da para otro artículo.

A lo que voy: ser, estar y parecer, con sus atributos, en el mundillo, es temerario, suicida. Se pierde energía en el proceso. Salen arrugas, canas, úlceras en el estómago y contracturas crónicas en el alma. Lo vivo en mis carnes. Intento hacer rehabilitación a diario, y siempre, después de la paliza, estoy unos días como nueva. La misma ilusión. La misma fe en los buenos textos. La misma cautela al conocer en persona a ese autor al que admiro, no sea que resulte ser un redomado capullo (a veces doy gracias a Dios, aunque sea cruel, por haberse llevado a Ángel González, pues nunca lo conoceré ya, ni compartiré nada con él: mi mitomanía está a salvo y soy feliz). El mismo impulso irracional en las manos, para juntar letras.

Intento que todo esté intacto, e ignorar los achaques y el miedo. Seguir adelante, loca y boba, con fuerza suficiente para enfrentarme a las pegas que la vida va inventando. Y leer. Escribir. Editar. Organizar tinglados. Gestionar páramos y enemigos. Filtrar los chismes. Hermanarse con el dolor y la alegría, como el yin y el yang que somos. Y amar, por encima de todo, aquello que se hace.

También es necesario identificar y valorar a los amigos (los “sin intereses”, son pocos, pero buenos), y adorarlos, mimarlos, y rendirse dos o tres veces al mes, a la mundanidad, el vino y los abrazos. Y bueno, somos unos pocos los que estamos en pie, sobre las tablas. Aunque nada sirva para nada. Aunque un poema más en una revista más, sea un mínimo deseo en el abismo.

No, Sergio, es mucho más. Y los deseos mínimos de cada uno, conforman nuestra grandeza. Todo importa y reconforta. Hay que verlo así, aunque nunca una fundación lleve nuestro nombre, no llegue hasta nuestro cogote la varita de Planeta. Pero nadie dijo que fuera fácil. Habrá que dar lo mejor, pues todos los días deben ser de estreno. Y ya lo dijo Beethoven en 1817 dentro de una carta al editor Tobias Haslinger: "Lo que es difícil es bueno, bello, grande y así sucesivamente". 

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