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Es muy duro descubrir cómo una frase inesperada, al surgir de una boca amiga, puede romperte el alma.

Es muy duro descubrir cómo una frase inesperada, al surgir de una boca amiga, puede romperte el alma. Suelen ser pequeños sentimientos aletargados a los que se deja salir sin mala intención, pero que te dejan una herida abierta en lo más profundo. Uno, en el papel de persona paciente y comprensiva, intenta dejarlo pasar, cambiar de tema o simplemente esperar a que el tiempo arrastre las palabras.

Ya no recuerdo si fue tomando un helado o una taza de café, el único sabor que quedó en mi paladar fue un amargo gusto a desengaño, aun así, no consigo olvidar cada palabra: “Siento que colaborar en revistas culturales no sirve para nada”. Visto así, puede que a quién me lea le parezca una sublime idiotez, pero a un servidor, desde esta posición de creador de cultura, le resulta una sentencia enormemente dolorosa.

Está claro que todo trabajo debe ser remunerado, y que a todos nos gusta ver un beneficio económico por lo que hacemos. Sin embargo es nuestra obligación darle la vuelta al marco y enfocar el tema desde otra perspectiva. Colaborar en una revista cultural, en un periódico o en una web de cierto nombre, es un privilegio que no está al alcance de todos. Hay mil cribas más allá del amiguismo, un camino previo, y mucho esfuerzo y trabajo para llegar. No es sólo, ten toma un poema, o una ilustración y ponlas en tu revista.

No puedo evitar pensar, y por supuesto citar gustosamente, ejemplos como El ático de los gatos, defendida a capa y espada por nombres propios como Rosario Troncoso, Paco Raposo o Francisco Márquez, la arcense Piedra de Molino, dirigida por Jorge de Arco y avalada por escritores tan insignes como Pedro Sevilla, Antonio Murciano o Pepa Caro, las hermosas Impresiones de Juan de Paterna o la mágica Voladas que siempre llegaba hasta mi buzón por obra y gracia de Javier Gallego. Un sinfín de iniciativas y de nombres que han pretendido desde su nacimiento engrandecer la maltratada simiente de la cultura.

Decir que aportar un pequeño grano de arena no sirve para nada, viendo cómo estos gigantes son capaces de arrastrar montañas, se antoja, cuanto menos, egoísta. Admiro profundamente cada intento, cada golpe a la mandíbula lanzado contra un oponente invencible, cada segundo de vida invertido en hacer llegar la idea del corazón al ojo. Por eso colaboro, no movido por intereses económicos, ni siquiera por la vaga idea de alcanzar cierto reconocimiento o vanagloria, sino simplemente por el hecho de sentirme parte de ese mazo que golpea el yunque impasible de la ignorancia.

Confieso que no son pocas las veces que me tienta la idea de abandonar la batalla, de dejarme arrastrar por la corriente, de no abrirme más el pecho. Pero cuando la desmotivación es más profunda, hago de tripas corazón, me siento ante la máquina y escribo. No por mí, sino por ti. Por ti que has leído hasta la última letra, regando con tu interés cada palabra. Gracias, por ser parte de este intento.

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