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"...con las lágrimas aún corriendo por los pómulos de los familiares de las víctimas, no creo que sea el momento de sesudos análisis de política internacional que expliquen quiénes son los buenos y quiénes los malos".

Con el atentado de Barcelona me ha venido al recuerdo un conocido carnavalero que se desmarcó de la campaña #YosoyParís, cuando los de la capital gala, porque las víctimas en países pobres no reciben la misma atención y porque Francia también con sus bombas mataba inocentes. Me pareció un error de inoportunidad. No era momento de nada más que  de solidarizarse con las víctimas. Con aquel artículo, me acordé  de la frase que simbolizó la victoria de la campaña de Clinton en que se centraba en lo importante de aquella coyuntura: el paro. “¡Es la economía, estúpido!”, le decía a Bush padre, que divagaba sobre política internacional.

Cuando irrumpe este terror, los dos bandos no son Islam-Occidente; son el bando del dolor y el del verdugo. Detecto que hay quien muestra cierto complejo si condena el atentado de Barcelona sin apostillar algún comentario sobre la codicia del capitalismo y sus consabidas barbaridades, que han creado un mundo desigual e injusto, caldo de cultivo de las bombas y furgonetas asesinas de hoy. Si no decimos que vendemos armas a quien luego nos ataca, y somos cómplices de Arabia Saudí, el sponsor del ISIS, nos sentimos sucios. Que le faltamos al respeto a quienes también han muerto este mes por la sinrazón en Afganistán, Camerún, Egipto, Filipinas, India o Iraq.

Pero, con las lágrimas aún corriendo por los pómulos de los familiares de las víctimas, no creo que sea el momento de sesudos análisis de política internacional que expliquen quiénes son los buenos y quiénes los malos. Con la sangre todavía caliente serpenteando por las Ramblas hay quien corrió a buscar tweets antiguos de quien defiende políticas más integradoras de los musulmanes, al igual que lo han hecho otros de quienes con su islamofobia siembran la semilla del odio. Hacer política cada segundo. Algunos pareciera que estuvieran ansiosos de que hubiera un atentado para lanzarle la mierda al rival ideológico. Por fortuna, no ha sido así con la mayoría, que simplemente ha sido lo que tenía que ser, humana, y ha llorado a quien muere o es herido. No parece tan difícil.

Igual que quien dijo que no era París, o no era Nueva York, alguien dirá ahora que no es Barcelona. Que Occidente lo merece. Como si se pudiera elegir. Como si hubiera una lógica que explica o una opción más justa y que te salva. ¿Quién puede asegurar que entre las víctimas de 24 nacionalidades no había un compañero yihadista  que hubiera aplaudido este atentado? Nada tiene sentido y por eso solo hay un mensaje estos días. Yo soy Barcelona. Yo soy víctima. No se elige. Te toca. Te matan sólo por estar ahí. Digas lo que digas, no importa lo que opines o de qué bando te sientas. Ésa no es la cuestión. Así que llora, condena, hazte sangre en los labios de mordértelos de rabia, pero no busques el sentido. Porque no lo hay. Y quieras o no, ¡Eres Barcelona, estúpido!

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