Personas recogiendo alimentos de la basura en una fotografía de archivo.
Personas recogiendo alimentos de la basura en una fotografía de archivo.

Vivo en un país en el que cinco personas al día se suicidan por causas asociadas a la exclusión social, la pobreza familiar y los desahucios. Vivo en un país violentamente machista.

Vivo en el país de la excelencia, el que recibe a millones de turistas que buscan el placer del sol, del vino, de la gastronomía y de la fiesta. El que presume de su historia, de sus monumentos, de su autenticidad. Vivo en un país verde, de bosques y montañas, y azul de cielos, de  mares, de océanos, de ríos y lagos… Vivo en el país al que vienen a morir de felicidad cientos de miles de alemanes, de nórdicos, de rusos ricachones… Vivo, por lo visto, en el paraíso.

Y también vivo en un país en el que los banqueros chorizos navegan en yates de lujo fumando Montecristo y bebiendo Moët Chandon después de trincarles sus ahorros a miles de modestos jubilados. Vivo en un país en el que el contable de la contabilidad “extracontable” del partido imputado del Gobierno esquía en nieves vírgenes, sobre la que se lanza en helicóptero, y viste Chesterfield de 900 euros, como el que llevaba Capone en Los Intocables de Eliot Ness.

Vivo en un país en el que el juez que investigó las tramas negras de la política y sus cañerías y los crímenes del franquismo, fue apartado de la judicatura mientras lo vitoreaban las Madres de la Plaza de Mayo y las víctimas de Pinochet, y lo nombraban asesor del Tribunal Penal Internacional de la Haya. Vivo en un país en cuyos cimientos hay más de 150.000 muertos sepultados bajo los escombros de la dictadura y en el que individuos como 'Billy el Niño', el gran torturador, se pasea en libertad.

Vivo en un país en el que se exalta impunemente el fascismo sin que la vara de la justicia golpee a los nostálgicos de la represión y la muerte. Vivo en un país en el que los curas pedófilos en vez de ir a la cárcel son trasladados de parroquia. Vivo en un país que dedica más recursos a financiar la Iglesia católica que a investigar el cáncer o el alzhéimer. Vivo en un país que ha visto morir a una anciana abrasada en su vivienda por alumbrarse con velas tras cortarle el suministro la compañía eléctrica. Vivo en un país en el que cinco personas al día se suicidan por causas asociadas a la exclusión social, la pobreza familiar y los desahucios. Vivo en un país violentamente machista, en el que miles de mujeres en riesgo siguen desprotegidas y mueren a manos de sus maltratadores en un goteo incesante y macabro. Vivo en un país en el que cientos de miles de niños y niñas no comen caliente tres veces al día y tienen graves problemas de desnutrición.

Vivo en un país precario en el que millones de “trabajadores" tienen que refugiarse en el hogar de sus padres, ya abuelos, y compartir sus míseras pensiones para poder sacar a su plebe adelante. Vivo en un país que sigue y sigue y sigue tragando con este Gobierno de brókeres de la política que trabajan para los operadores financieros, que negocian con la sanidad y la salud pública, desprecian la educación y la cultura, restringen las libertades y solo están para engordar las sacas de los poderosos. Vivo en un país de emigrantes en cuyas costas, ahora, naufragan cadáveres de niños, mujeres y hombres que perecen ahogados huyendo de la miseria, de la guerra o el hambre. Vivo en un país de muros de espinos y concertinas que ensartan -a jirones- la negra piel de la desesperación en su salto hacia la vida… hacia las playas de la libertad. Vivo en un país que me avergüenza.

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