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En Andalucía, dentro del ámbito político, es muy popular la palabra “zorrocotroco”. Si usted la busca en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua (DRAE) no va a encontrar su significado pero, si algún día los académicos de la lengua se animan y la incluyen, podría significar algo así: “Dícese de una persona sectaria, llena de dogmas y con pocas luces para razonar que siempre pretende llevar la razón, aunque la evidencia le diga lo contrario”.

Habitualmente, “zorrocotroco” se ha usado para definir la postura de ciertos sectores de la izquierda purista que piensan que la verdad absoluta está en su poder y nada más que en su poder. Por ejemplo, zorrocotroco se le llama a un sector del Partido Comunista de España (PCE) que no quiere confluir con Podemos porque tienen sueños mojados con las siglas y la simbología de la hoz y el martillo.

Zorrocotra se le llama en Andalucía a esa izquierda enfadada, gritona, huraña y que siempre está riñéndole a la gente en lugar de tratar de entender por qué no le votan. Zorrocotrocos son, por ejemplo, los odiadores de Alberto Garzón que no le perdonan su huida del folclore identitario de la izquierda y que haya construido un sujeto político en confluencia con otras fuerzas políticas para pasar de resistir a pelear directamente por gobernar.

Zorrocotros son esos sindicalistas que van a una manifestación y, cuando le dices que vas a hacerles una foto para el periódico, te ponen la bandera del sindicato en el foco de la cámara para que se vea bien. En definitiva, zorrocotrocos son esos nacionalistas de siglas a los cuales les importa más la casa que la causa, quienes en lugar de tejer alianzas con sus cercanos ideológicos prefieren competir contra ellos porque se creen que la verdad absoluta reside en sus cataplines.

El zorrocotrismo no entiende de géneros, aunque es una actitud vinculada con una percepción patriarcal y machista de la vida. En el mundo zorrocotro no funciona la racionalidad, sino las bajas pasiones y la defensa de la identidad frente a la justicia. No importa lo que es mejor para la gente sino qué es mejor para el portador de la bandera zorrocotroca, que siempre, por supuesto, es la mejor, la más bonita, la única verdadera y las más estilizada.

El zorrocotrismo del sector del PCE que llegó a España en la Transición, y que se impuso al sector de interior que representaba mejor a la sociedad española del momento, fue una de las causas, aunque no solamente, de por qué el PSOE se erigió en el principal partido de la izquierda sin ni siquiera tener implatación y contar solamente con una veintena de cuadros, concentrados básicamente en Andalucía. El sector del exilio del PCE creyó que podría ganar con un relato en blanco y negro que no se parecía en nada a la sociedad española de 1977.

El zorrocotrismo no defiende ideas, sino golpes en el pecho, folclore, identidad y emociones sin razones. Para un buen zorrocotroco, el partido es un fin en sí mismo y no un objetivo para mejorar la vida de los ciudadanos. Si hay que cortar cabezas por la supervivencia del partido y sus símbolos, se machaca a quien haga falta. Ahí tenéis a Susana Díaz, que tiene un reguero de víctimas internas y externas por el control de un poder que finalmente ha perdido porque la gente lo perdona casi todo menos la soberbia. Para los zorrocotrocos, el partido es su nación, su religión y su todo. Sin partido se quedan huérfanos, sin identidad y sin modo de poder presentarse en sociedad.

En la entrevista de Ana Pastor a la vicepresidenta del Gobierno y líder de las negociaciones entre los socialistas y Unidas Podemos, en El Objetivo de La Sexta, hemos podido ver a una Carmen Calvo que sitúa al PSOE en el lado del zorrocotrismo frente a la izquierda que defiende acuerdos, pactos y alianzas para sacar adelante el país poniendo en el centro las causas y no las siglas.

La soberbia, la vanidad, las mentiras evidentes, que se niega a retirar a pesar de que la periodista le desmiente con datos empíricos, la arrogancia y la impostura de Carmen Calvo la sitúan en el bando del sectarismo y el dogma que convierten en inútil a cualquier líder y formación política.

Rosa Díez fue matada políticamente por no entender el momento político que vivía España y negarse a colaborar con Ciudadanos; del mismo modo que Cayo Lara, Gaspar Llamazares o Susana Díaz fueron fagocitados porque entendieron que los aires de cambio que trajo el nacimiento de Podemos eran una amenaza y no una oportunidad para el espacio político progresista.

Ese aire de chulería con el que Carmen Calvo habla de la “izquierda minoritaria”, refiriéndose a Podemos que tiene 42 escaños, no es fortaleza, sino debilidad, como la que expresan siempre los zorrocotrocos cuando ven amenazado su estatus.

Lo más triste de todo es que el PSOE, al que se le podrá criticar muchas cosas pero no que históricamente ha sido un partido abierto, ha conseguido que el zorrocotrismo cambie de bando y que ahora los sensatos, responsables, dialogantes y razonables sean quienes pertenecen al espacio político que hay a su izquierda y no a la izquierda socialdemócrata que anda como pollo sin cabeza y pensando que, en una repetición electoral, los ciudadanos premiarán su irresponsabilidad manifiesta, edulcorada con mentiras burdas, impropio de la alta dirigencia de un país serio.

El PSOE está dispuesto a llevar a España a elecciones. En su zorrocotrismo radical piensa que no puede pactar y colaborar con Unidas Podemos porque lo que subyace en el PSOE no es el bien de los ciudadanos, ni transformar la realidad, ni mejorar la vida de nuestro país, sino defender el partido y sus intereses como si fuera una trinchera. Los zorrocotrocos siempre defienden antes la casa que la causa, porque no están en política para cambiar la vida de la gente sino para mejorar la suya propia. En la próxima modificación que los académicos de la lengua hagan del Diccionario podían incluir "zorrocotroco/a" y en la definición incluir el nombre de Carmen Calvo. La mujer se lo merece, no para de hacer honores.

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