Rafael Leonisio Mata.
Rafael Leonisio Mata.

El documento está fechado el 29 de diciembre de 1936 y es la citación para declarar ante un juez militar. La declarante tenía que presentarse a las tres de la tarde del día 3 de enero de 1937 en el Cuartel de las Milicias Cívicas de San Fernando. Se referían a Pepa La Mayito y la calificaban como mujer de vida airada que vivía en la calle Jardinillo número 20. El papel no decía nada más y me pareció que el asunto que se dirimía tendría que ver con la moralidad pública, puesto que las nuevas autoridades que mandaban —íntimamente imbricadas con misas y curas— eran muy miradas para las cuestiones de moral y comportamiento de los demás… mientras ellos sí podían torturar, dar palizas y asesinar a rojos, masones y maricones con total impunidad. En un principio no le encontré mucho interés al documento, pero tomé nota y lo guardé. En ese momento tampoco preste atención —porque no lo conocía— al capitán de infantería de Marina, don Manuel Fernández Fecho, en funciones de juez del Cuartel de Milicias Cívicas de San Fernando.

Así que el documento en cuestión durmió archivado cuatro años en algún rincón de la nube digital. Durante ese tiempo no encontré ocasión de usarlo en la elaboración de República, alzamiento y represión en San Fernando… hasta que confluyeron un par de asuntos sin relación entre sí y encajaron las cosas. Me lo contó Aída desde el fondo de la fosa común que Amede sigue excavando en el cementerio de San Fernando —ya llevan 109 cuerpos de represaliados exhumados—. Por un momento la joven arqueóloga dejo de limpiar los restos que estaban aflorando y se giró para decirme que su abuela por fin le había contado algunas cosas de Rafael Leonisio Mata, su padre, bisabuelo de Aída.

Leonisio era en 1936 un sindicalista significado. Frecuentaba la sede de su sindicato, ubicado en la calle Real, frente a la Iglesia de San Francisco de donde era párroco el ínclito don Recaredo García Sabater, un reconocido fascista —reconocido por él mismo, en sus propias palabras— y admirador del Duce Benito Mussolini. Don Recaredo era, además, un entusiasta colaborador con la sublevación iniciada el 18 de julio de 1936. Los compañeros de Leonisio le avisaron para que se escondiera o se marchara de la ciudad porque, después de asaltar los falangistas y militares las sedes de partidos de izquierda, sindicatos y logias masónicas, iban a por él. Por eso estuvo escondido varios meses en la casa de su madre, detrás de un armario como si de una trinchera infinita se tratara. Finalmente, un chivatazo sirvió para que los falangistas lo detuvieran, le hicieran tomar tres veces un vaso de aceite de ricino —no es la primera vez que tenemos constancia de ese tipo de tortura: tres detenciones; tres visitas al cuartel de Falange; tres vasos de purgante y tres puestas en libertad con los intestinos vaciándose de forma incontrolada mientras la víctima corre a su casa, humillada y señalada para los restos—. La cuarta vez que lo detuvieron fue la definitiva. Encerraron a Leonisio en la cárcel municipal o en el Penal de la Casería de Ossio, a esperar lo que tuviera que ser.

La única forma de sacarle de la cárcel, y de una probable saca y paseo camino del muro del cementerio, era conseguir avales a favor del detenido procedentes de personas de orden y recta moral, es decir, personas políticamente de derechas, que hubieran demostrado resistencia durante la II República, colaboración discreta en la preparación del golpe militar y/o adhesión inmediata al Glorioso Movimiento Nacional. Y en esa tarea puso todo su empeño la madre de don Rafael Leonisio, la vida de su hijo iba en ello. Y lo debió hacer muy bien porque gracias a los avales que consiguió, su hijo salió de la cárcel y evitó ser sometido a consejo de guerra como lo fueron muchos de sus compañeros sindicalistas (otros tantos fueron asesinados directamente). No era fácil conseguir esos avales porque el avalista se arriesgaba a verse señalado como amigo de rojos, y tal cosa no era nada conveniente en esos tiempos. Otras personas apresadas injustamente en San Fernando —como el concejal don Emilio Armengod Molina o el maestro y pastor evangélico don Miguel Blanco Ferrer— lo intentaron todo desesperadamente, sus familiares se movilizaron por toda la ciudad, suplicaron una y otra vez a sus supuestas amistades o conocidos de derechas y no consiguieron que nadie moviera un solo dedo por ellos: ambos acabaron asesinados sin saber qué habían hecho mal. 

Aída en la fosa común del franquismo del cementerio de San Fernando, en unos trabajos desarrollados por Amede.

Sin embargo, la madre de don Rafael Leonisio Mata no cejó en el empeño consiguió tres avales para que soltaran a su hijo. Es decir, tres personas de orden y recta moral pusieron su firma en un papel para que el hijo de La Mayito saliera de la cárcel. Personas muy influyentes tuvieron que ser, y amigos directos de los que mandaban: los Ruiz Atauri, Olivera Manzorro e Isasi Ivison… dueños y señores de las vidas de los que podrían ser potenciales opositores al Glorioso Movimiento Nacional.

Aída, la joven arqueóloga, manchada de barro, desde el fondo de la fosa me lo contó: efectivamente, la madre de Rafael Leonisio, la mujer que se empeñó con valentía en rescatar a su hijo de los falangistas, era La Mayito… y entonces aquel documento que encontré hace cuatro años tuvo significado y la figura de la mujer cobró toda su grandeza. El juez Fernández Fecho —que, por cierto, también tiene una interesante historia que ha investigado y publicado Jesús Campelo Gainza— quería preguntar a la mujer de vida airada dónde estaba su hijo, ese peligroso sindicalista al que había que neutralizar. Tampoco es el primer caso que nos encontramos de una madre que protege a su hijo por encima de todo, y es acusada de encubridora por el aparato represor.

Sin embargo, las carambolas de la vida son sorprendentes y no terminan aquí. Rafael Leonisio Mata salió maltrecho y enfermo de la cárcel, pero vivo, gracias a los buenos contactos que su madre tenía entre las personas de orden y recta moral. Rehizo su vida como pudo. Tuvo hijos y nietos… y 83 años más tarde, uno de esos nietos, llamado don Rafael Muñoz Leonisio —aún conserva el apellido del abuelo—, teniente de Infantería de Marina y jefe de la Policía Local de El Puerto de Santa María, durante el confinamiento provocado por la enfermedad covid-19, fue tristemente famoso por su lamentable actividad en las redes sociales. Llamó a Fernando Simón borracho loco y majadero psicópata; llamó a la ministra María Jesús Montero hija de puta y al vicepresidente Pablo Iglesias chepafregona y comunista de mierda.

No solo eso, en sus perfiles de las redes sociales, el bisnieto de La Mayito, desde su posición de servidor público, difundió mensajes homófobos contra el ministro Fernando Grande-Marlaska y llamamientos para preparar un golpe de Estado contra el gobierno democrático de España al que califica como …un régimen totalitario acecha España —decía—, alcémonos y desempolvemos las hachas de guerra. Finalmente se dedicó a difundir ideas de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange… cuyos miembros fueron los criminales de camisa azul que sacaron al abuelo Leonisio de su escondite, lo torturaron repetidamente, lo humillaron y lo encarcelaron por haber sido sindicalista. La ejemplar lucha de La Mayito por salvar a su hijo, por un lado; y por otro, la podredumbre que nos muestra su bisnieto cierra un desgraciado bucle histórico.

No sé… parece que el tiempo ha pasado en balde y sin enseñanzas. Otra vez pululan sujetos como el nieto de Rafael Leonisio Mata. Gente que vuelve a admirar y a promover los valores fascistas, los mismos valores que sirvieron para justificar la tortura y asesinato de miles de españoles. Valores que ensalzan una patria única y excluyente, en la que solo caben ellos. Valores que utilizan los cauces democráticos para promover la intolerancia política, el insulto y el desprecio, la anulación del opositor, la desaparición del distinto… ni homosexuales, ni mujeres con derechos, ni emigrantes pobres. Y, sobre todo, imponiendo una moral única: la que ellos dictan.

El fascismo era y es un fracaso de la civilización cuando impregna y emponzoña la sociedad. No podemos olvidar la historia que nos ha pasado por encima por respeto a las víctimas silenciadas por el franquismo. Tampoco podemos olvidar la historia porque eso nos permitirá recordar a los criminales y a las ideologías que utilizaron para justificar sus crímenes. El fascismo del siglo XXI es heredero del anterior. Está aquí, entre la gente que camina por las aceras y en el parlamento. Vuelve a ser un ejemplo para ignorantes y para canallas.

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