Y en esas que, recién llegados al festival flamenco de Nimes, se nos presenta en el restaurante español y para regalarnos una de esas viejas bienvenidas de celuloide y muro encalado, un viejo andaluz -de botijo y risa infinita- vestido de corto y con un sombrero cordobés que, a esas horas de la noche, sólo servía para arañarnos la frente cuando se tiraba a por uno de nosotros en uno de esos abrazos en los que entregaba toda su vida... No retengo su nombre aunque tampoco me hace falta para poder recordarlo.

Apuesto que seguirá viviendo en Francia -en la bella Nimes arrinconada por el tiempo- porque nos comentó que lo hacía desde que tenía nueve años, desde que sus padres tuvieron que emigrar a otro Sur menos cruel..., aunque esperanzado, con un torpe andaluz de vid y de media lengua, nos sentenció durante la cena de que, tarde o temprano, volvería a su Andalucía..., a su Ronda de sangre -y soñada por su alma- pá rematá la faena.

El anciano hablaba -entre tortillas congeladas, dudosas paellas y vinos del Languedoc- como si no lo hubiera hecho en años y atropelladamente como un buen tartamudo; cuando su lengua decía “basta” levantaba sus brazos como nuestra Lola Flores y todos quedábamos suspendidos en el tiempo bajo las lámparas hechas con botellas de vino francés y ristras de ajos falsos confeccionados con papeles morados y blancos; luego se agarraba a sus cintas rocieras, como un paracaidista a punto de tomar tierra, para soltar las palabras que aún faltaban...

Que si el camello en el desierto, que si el tranco del bicho, que si el camello era más viejo que el fuego..., así se tiró un buen rato hasta que, como por arte de magia, finiquitó su chiste; luego, sin apenas darle tiempo a saborear el triunfo, la joven Estelle, de padres manchegos pero ya de estricta educación francesa, se levantó de su silla y cantó La vie en rose... Pero ésta es otra historia..., una de tantas que podrá pasar de largo.

No..., no recuerdo el nombre de aquel andaluz de paso cambiado y sonrisa ancha que nos trajo, por unas horas, esa Andalucía en la que no pudo crecer pero la cuál todos anhelamos y apenas existe..., ya que vivimos sumidos en una tierra que todavía no es capaz de detener esta sangría crónica de emigración sin retorno y que ve como imposible acabar con esas tristes noches extranjeras de antenas parabólicas donde unos pálidos andaluces, en un milimetrado jolgorio y frente al televisor, beben lentamente la media botella de fino que compraron a precio de oro, un lunes por la tarde, en un Tesco Express a orillas del Támesis.

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