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¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Esta es la inquietante pregunta que se hacía el novelista Philip K. Dick en el libro que el encumbrado director Ridley Scott llevaría al cine en 1982. El título elegido por Scott se convirtió en emblema del olimpo de la ciencia ficción americana: Blade Runner. La adaptación del cineasta fue parcial pero la figura más destacable de la cinta provenía, aunque con matices, de la novela de Dick. Me refiero a los célebres “replicantes”. Mientras el libro los describe como criaturas mecánicas, solo distinguibles por la apariencia, el filme nos los presenta como creaciones biomecánicas y mucho más parecidos a los humanos tanto externa como internamente. Los replicantes del celuloide pueden caminar, sangrar, comer, dormir, pero también poseen características sobre-humanas, como resistencia extrema al frío y al calor o una fuerza y agilidad superiores a los del común de los mortales. Son, en cierto modo, seres mejorados, extraordinarios, sin alma que encarcelar ni proteger. Son más listos.

Febrero es especial. No solo porque las hordas de enamorados campan a sus anchas hacia mitad de mes buscando un regalito mono —y sobre todo equivalente al recíproco— con que agasajar al amado por mandato de El Corte Inglés. Tampoco porque el templo de ladrillo rojo gaditano se llene de papelillos, pitos y tangai. Ni siquiera porque se trate del mes más fugaz, capaz de dotarse a sí mismo de 24 horas extra cada cuatrienio. Es especial porque en él, en febrero, aflora esa peculiar y extraterrestre especie: los replicantes. Así es, no hay más que darse una vuelta por los despachos de los profesores universitarios a primeros de un febrero cualquiera. En esos días, unos extraños seres dotados de forma humana y atributos que aparentemente también lo son, deambulan de cubículo en cubículo con una sola misión, con un único propósito: replicar o morir.

Estas criaturas son capaces de cuestionar hasta el último de los argumentos que un docente pueda disparar hacia ellos. Los despejan con asombrosa maestría y una dejada que ni Rafa Nadal. Son abrumadoramente diestros en el arte de encontrar excusas para sus errores. Es más, su capacidad para hacer pasar por ajenos los fallos propios es digna de una inteligencia superior. Claramente artificial. Poco a poco, cuando estás en presencia de un replicante, acabas por cuestionártelo todo: si formulaste del todo bien el enunciado de la pregunta, si has sido demasiado dura al calificar con un 0.25 el mayor conjunto de obviedades que una mente haya podido pergeñar, si restar un punto por cada falta ortográfica es o no excesivo, si tu propia madre existe o es también una invención…

Los replicantes lo cuestionan todo. Hay muchas cosas del mundo humano que no comprenden. Entre ellas, no entienden que la academia sea un escenario para la excelencia. No dudan en verter lágrimas si hace falta, lamentos, promesas, excusas; incluso puede que improperios. El replicante es una raza extraña. Cada vez más y más frecuente. No existen filtros suficientemente potentes para frenar su capacidad invasora. Se apoderan del entorno que los rodea, contagian, contaminan. Aunque parezcan venir de una galaxia muy muy lejana, se encuentran muy cerca. Los vemos incordiando en la biblioteca, escuchando música en un aula, acechando con cara de pocos amigos a la puerta de cada despacho. Nos rodean y solo buscan una cosa: replicar como táctica en la agotadora búsqueda del cinco mediocre. Los replicantes dominarán el mundo, un mundo tan fútil como ellos. Y este año se estrena la nueva versión de Blade Runner. Que Dios nos coja confesados.

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