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A veces el ayer viene a ti de la forma más insospechada y, otras veces, lo persigues hasta que aflora. Hace unos días, paseando por las calles de mi ciudad, me topé con un establecimiento singular, de esos que llaman la atención por insólitos y te hacen detenerte frente al escaparate o bien salir huyendo. Entre franquicia y franquicia de moda —numerosas de indescifrable pronunciación—, franquicia y franquicia de comida rápida, y algún que otro poblador itinerante de acera y cajero automático… allí estaba. Se trataba de un local bien situado, céntrico aunque extrañamente sombrío, y de previsible elevada renta a pesar de los vaivenes del negocio inmobiliario.

Presidiendo el gran escaparate central, una amalgama tan dantesca como hilarante de objetos de todo corte: una mítica bicicleta BH, de esas de línea estilizada, rueda grande y ajada cesta de mimbre; varias piezas de una incompleta y desvaída vajilla cartujana; tiznados peluches de las mascotas de la Expo 92 y los Juegos Olímpicos de Barcelona; un arsenal de juguetes con inconfundible aire ochentero —con sus pertinentes desmembraciones fruto del paso del tiempo y de las batallas de merienda— y camisetas de fútbol que rememoraban a viejas glorias de la Liga española. Y por encima de todos estos bienes o males —ahora ya desvelados, júzguelo el lector—, dos solidas capas: una de polvo, y otra de tela, en la que podía leerse el nombre de la tienda en cuestión: “Nostalgia”. 

A pesar de que el grueso de viandantes pasaba sin detener la mirada, aquello me hizo pensar. Conocía bien las tiendas de recuerdos, pero en el argot turístico de una ciudad como la mía, no nos engañemos, eso no responde a otra cosa que a souvenirs frecuentemente ridículos en los que es vital que se den la mano el toro, el bochorno, y la flamenca con peineta. Esto era otra cosa. Se trataba de poner precio —normalmente negociable con la picardía apropiada— a los objetos que habían acompañado a una época pasada y que, de alguna manera, seguían formando parte de la vida de la gente. De ahí ese nombre tan poético.

En aquel establecimiento, se ponía en práctica literalmente aquello de “vender recuerdos”. Y es que, por alguna razón, el pasado nos atrae, nos atrapa y puede llegar incluso a obsesionarnos. Hoy en día, relacionamos la nostalgia con la remembranza cariñosa del ayer, pero en el siglo XVII y hasta 1910 el término designaba a una enfermedad reconocida. La palabra se deriva del griego nóstos (vuelta a la patria, regreso, camino) y álgos (dolor), y era común especialmente entre los mercenarios suizos que luchaban fuera de sus fronteras. Se pensaba entonces que los cánticos folclóricos podían provocar en las trincheras ataques de nostalgia y causar deserción, enfermedad o muerte.

Pero más allá de la patria, el filósofo Immanuel Kant nos alertaba de que el regreso más ansiado no tenía como meta un lugar sino más bien un momento: la juventud, y que en su imposibilidad residía su desilusión. Mucho se ha escrito sobre ese ansiado regreso a una época pasada, germen de frustraciones y desencanto. El bello Dorian Gray, que conseguía vencer al paso del tiempo mientras su retrato encanecía, no obtuvo sin embargo más que una sucesión de insatisfacciones por muy lustroso que siguiera su cuerpo serrano. Quizás sea una magistral prueba literaria de que el tiempo ha de pasar y nosotros por él, pero en las calles reales, entre franquicia y franquicia, cuesta dejarlo escapar. Ya sea porque hayamos aceptado que nos ha tocado deambular por la peor época —y por ende, que cualquier tiempo pasado fue mejor— o porque nos enamore la inocencia del yo que hemos perdido, nos aferramos a los recuerdos materiales igual que el polvo se hace fuerte en los estantes de Nostalgia. 

De algún modo, el universo de Nostalgia es como el reino de Fantasía de La historia interminable, que transcurre en paralelo al mundo real, siendo posible intercalar ambas vivencias al abrir el libro… o al cruzar la calle. El mal del ayer viviente quizás se haya convertido en una dimensión acechante o tal vez (en un todo circular) sea la Ítaca de permanente destino. Mientras lo averiguamos, si padecemos esta dolencia del alma, nutramos nuestro discurrir por este lado de la historia con las siempre recurrentes secuelas cinematográficas —adminístrense con cuidado—, con socorridas series y lecturas de ambientación pasada y ¿por qué no? con pura materia orgánica melancólica: aquella que compone los objetos que otrora nos hicieron sentir. De todas formas, siempre nos quedará Uruguay, probablemente la capital del reino de Nostalgia. No en vano, se trata del lugar del mundo en el que cada 24 de agosto se celebra la Noche de la Nostalgia. En la fiesta, las calles se llenan de música de décadas pasadas. Se baila, se vive y se recuerda. 

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